La oración en san Agustín

Comentario sobre la Oración en la carta a 130 de san Agustín – 24 de mayo de 2016

Introducción

En la carta 130 encontramos una síntesis de la doctrina agustiniana acerca de la oración de súplica que el hombre ha de dirigir a Dios. Con motivo de una carta en la que una viuda escribe a san Agustín manifestando sus dudas acerca de la oración éste escribe como respuesta una serie de nociones que había venido cultivando en otros escritos y que ayudan a comprender mejor cómo el cristiano debe dirigirse a Dios cuando ora. Así se ven cuáles son las disposiciones que ve el santo necesarias por parte del orante para poder entrar en diálogo con el Señor, las principales dificultades que encontrará en el camino y explicará los fundamentos en los que habrá de basarse. Describirá qué es lo que hay que pedir en fin de cuentas, esto es la vida beata y como Jesucristo es el Maestro interior que le guiará a ella, siguiendo diversos medios desde la oración vocal hasta el ejercicio del deseo como oración continua. Finalmente se presenta la Oración Dominical como regla en la que se ha de medir toda súplica realiza al Padre y que ha de ser tomada en cuenta siempre por el Bautizado a la hora de entrar en ese diálogo vital con Aquel que es la Verdad Suprema y el Sumo Bien al que ha de aspirar.

1.   Disposiciones del orante

El texto de la carta a Proba tiene como punto de partida ciertamente una pequeña introducción en la que san Agustín comenta la razón de ser de su carta, en ella enumera una serie de características de su interlocutora, en la que elogia la voluntad manifestada en aprender orar como conviene a pesar de que, dada su realidad particular, podría haberse dedicado a otra cosa, sin embargo tomando en cuenta sus buenos deseos continúa a advertirle acerca de las disposiciones previas que ha de tener todo orante y las dificultades que podría encontrar en el camino.

1.1  La desolación como antesala de la oración

En un primer momento, valiéndose de la condición de viuda de Proba, la exhorta a tener su ánimo dispuesto a través de la desolación la cual no está ligada necesariamente a la abundancia de bienes materiales, de hecho por lo que se deja ver en la carta, su destinataria es una persona con muchas comodidades y gozante de un buen estatus social “siendo, según este siglo, noble, rica, madre de numerosa familia”[1] pero viuda, será de este último punto del se ayudará para explicarle en qué consiste la desolación.

Así en el primer párrafo dice “prudentemente entiendes que en este mundo y en esta vida no hay alma que pueda vivir segura”[2] es decir el cristiano busca una felicidad que va más allá de lo que los bienes terrenos le pueden ofrecer, se trata de vivir la desolación como una búsqueda constante del consuelo verdadero que da el Señor, auténtica causa de felicidad del hombre. La viuda en la antigüedad era una de las personas que se encontraban en una condición de extrema necesidad generalmente, pues no tenían quien velase por ellas, no es el caso de la destinataria de esta carta, ya que como se ha visto antes goza de abundantes bienes, pero el santo la invita a vivir la desolación no como consecuencia de la soledad en la que quedaba de ordinario una mujer que había perdido a su marido, sino como una disposición de ánimo, deliberadamente elegida, en atención a la esperanza en la verdadera felicidad, del verdadero consuelo, que sólo puede encontrarse en Dios.

Debes pues, por el amor de la vida verdadera, considérate desolada en el siglo, sea cualquiera la felicidad que te envuelva. En conformidad con aquella vida verdadera (en cuya comparación esta que tanto se ama, por muy alegre y larga que sea, no merece el nombre de vida) es también verdadero el consuelo que el Señor promete por el profeta, diciendo: Le daré un consuelo verdadero, paz sobre paz.[3]

La desolación es fruto de un alma humilde, que se reconoce como es en realidad y que se sabe en necesidad, este es el primer paso porque implica llegar indefensa, sin buscar imponer la propia voluntad, estando abierta al proyecto de Dios, a quien se quiere conocer, a quien se quiere amar y a quien se quiere servir. Esta humildad no es sino la pobreza de espíritu de la que habla Jesucristo en las bienaventuranzas.

¿Quiénes son los pobres de espíritu? No los pobres en recursos, sino en deseos. En efecto, el que es pobre en espíritu, es humilde; y Dios escucha los gemidos de los humildes y no desecha sus súplicas. El Señor nos confió el sermón de la montaña y comenzó por la humildad, es decir, por la pobreza. Hallas a un hombre piadoso con abundancia de bienes terrenos, pero no hinchado de orgullo. Hallas a otro hombre necesitado, que carece de todo pero se sostiene en cosas que son nada. No tiene éste más esperanza que aquél. Aquél es pobre de espíritu porque es humilde[4]

Este estado de desolación a la que le invita vivir siempre no es sino un continuo ejercicio de confianza en Dios, lo que algunos llamaran abandono, sea el futuro que el presente, todo viene de Dios y a Él a tiende, el cristiano en su status viatoris mientras no llega a su fin lo anhela constantemente, y este anhelo lo hace experimentar una continua aflicción ya que, mientras peregrino en el mundo, puede caer y renunciar a la salvación que le ha sido otorgada por Jesucristo al poner su corazón en la criatura en vez de ponerla en el Creador, situación que lo pone en constante tensión ya que no ha de ser el temor al castigo lo que mueva al cristiano a buscar esta desolación, sino la conciencia de que sólo en Dios puede encontrar la vida que tanto ansía, la felicidad que tanto desea. Esta continua aflicción es la desolación a la que se refiere Agustín, saberse en permanente necesidad de un protector, de alguien que le sostenga para no caer y que le proporcione todo lo que necesita para poder vivir la vida verdadera. Esto es fruto de la esperanza en un Dios dador de todas las gracias, ésa es la propia experiencia que ha vivido el santo, y lo deja entrever cuando escribe “nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”[5] es la traducción personal del anhelo definitivo del hombre que ve a Jesucristo como razón de su esperanza fundada en el amor. “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.” (1 Cor 2, 9)

1.2  Enemigos de la oración

Posteriormente san Agustín llama la atención acerca de los peligros o dificultades que puede encontrar en esta primera etapa, los cuales centra en las riquezas y en la búsqueda de los placeres. Por tanto es necesaria una continua purificación de los afectos de modo tal, que no se busque cosa alguna por sí misma sino todo por el Señor.

Sobre el primer punto se puede observar la concepción que tenía sobre la abundancia de bienes materiales en el comentario al salmo 136

Las riquezas engríen, y a los que se engríen, como ríos, los arrastran. ¿Qué se manda a éstos? Ante todo, no ensoberbecerse. Eviten en las riquezas lo que engendran las riquezas; eviten en las riquezas la soberbia. Lo que primeramente ocasionan las riquezas a los hombres incautos es este mal. Pues el oro, que Dios creó, no es malo; lo que es malo es el hombre avaro, que abandona al Creador, volviéndose a la criatura. Luego evite en las riquezas ser soberbio y se siente junto a los ríos de Babilonia. Pues se le dijo que no se ensoberbezca; luego siéntese; y que no ponga la esperanza en lo incierto de las riquezas; luego siéntese junto a los ríos de Babilonia. Si pone la esperanza en lo incierto de la riqueza, es arrastrado por el río de Babilonia; si se humilla y no se ensoberbece y no pone la esperanza en lo incierto de las riquezas, se halla sentado junto al río, suspira recordando a Sión por la eterna Jerusalén; y para llegar a Sión da sus bienes[6]

Se observa en primer lugar la distinción de las riquezas no como un mal en sí, ya que ellas son un medio, el peligro está en el corazón del hombre que herido por el pecado original tiende al mal, y por tanto al mal uso de la riqueza. Si la condición primordial para acercarse a la oración era la humildad que traduce en términos de desolación, el primer peligro a evitar será acercarse con un corazón soberbio fruto de la búsqueda del consuelo en algo diferente a Dios, esta condición es consecuencia de la avaricia del hombre, que busca poseer y llenarse de cosas, inflando su ego hasta no dejar espacio a nada ni nadie, ya que se olvida hasta de sí mismo por obtener los bienes. El hombre soberbio, por una parte, no da espacio a los planes de Dios y, por otra, cegado por las riquezas no es capaz de ver la vida verdadera que pierde. “¿Cómo te preocuparías tú de orar a Dios si no esperases en Él? ¿Y cómo esperaría en Él si esperases en lo incierto de las riquezas?”[7]

En cambio si hace un buen uso de ellas, puede sacar mucho provecho para sí y para los otros, se trata de dar un recto orden a las cosas, porque aunque en ocasiones puedan representar un peligro, no constituyen un mal absoluto al que sea preciso renunciar completamente “Cuando todavía estaba Jesús en la carne, envió al rico Zaqueo al reino de los cielos. Resucitado y glorificado, después de la Ascensión, hizo que muchos ricos desdeñasen este siglo, repartiéndoles el Espíritu Santo y aún  los hizo más ricos poniendo fin a su codicia de riquezas”[8] se trata entonces de transformar las riquezas terrenas en riquezas celestes, Zaqueo por ejemplo no sólo restituyó lo que había robado después de su conversión, sino que dio cuatro veces más, los Hechos de los Apóstoles narran como los primeros cristianos vendían sus bienes y lo ponían a los pies de los apóstoles para su mejor aprovechamiento en obras de caridad (cf. Hch 4, 34-35), dando testimonio así del recto uso de las cosas. De este modo los bienes no representarán un peligro para la oración en cuanto que la verdadera seguridad y confianza no estará en ellos, sino que se les usará para hacer el bien, y haciendo el bien estarán siendo usados para dirigir al cristiano a su verdadero fin último, termine de su oración. De hecho no se invita a Proba en ningún momento a renunciar a sus bienes, puesto que ellos le sirven para el sostenimiento de su familia, pero sí se le hace conciencia que no ha de apegar a ellos el corazón. De hecho san Agustín reconoce que existen otras consolaciones o alegrías que pueden venir por la posesión de algún bien, pero el punto está en que esos no son sino vana ilusión si se llegan absolutizar, porque aquel que pone en ellos su corazón los busca a toda costa y con gran ansiedad los quiere poseer. El hombre por la idolatría del dinero puede llegar a caer en grandes pecados que no harán sino separarlo del auténtico bien, porque si en ocasiones el cristiano con dificultad camina por la vía recta que conduce a Dios, al menos avanza sin prisa pero sin pausa, pero si se desvía de él, entre más camine más se aleja de su verdadera meta.

También se reconoce que existen buenas personas que pueden brindar grandes consolaciones, pero sólo en virtud de que “en ellos y por ellos obra el Espíritu santo”[9] el hombre bueno en tanto que participa del Sumo Bien lo comunica según el principio clásico de bonum diffusivum sui siendo que toda consolación que pudiera transmitir lo hace en virtud de Aquel que da el verdadero consuelo. Por su parte la persona que actúa el mal, por temor a perder la riqueza, el bien terreno o el placer al que se apega, vive en una continua angustia, inquieta, desesperada y, lejos de provocar consuelo es propagadora de aflicción por cosas que no dan aquella vida que brota de la Vida, y termina actuando no como cristiana sino como pagana, es todo lo contrario a la palabra evangélica

No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.  Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura (Mt 6, 31-33)

Por tanto la riqueza o la posesión de bienes materiales no es en sí un impedimento para que el cristiano desarrolle una auténtica vida espiritual, porque el peligro de la idolatría puede venir teniendo en abundancia como teniendo poco, lo verdaderamente importante para poder acercarse a Dios en la oración es el desapego a esas riquezas, valorándolas en su justa medida, de tal modo que humildemente el hombre sea capaz de reconocer que si bien se tengan o no, el Bien Supremo al que el hombre apunta como su fin último y del que espera todo consuelo es el mismo Dios.

El segundo peligro que apunta es el de los placeres, y toma nota del apóstol san Pablo que hablando de las viudas dice: “(la viuda) la que se da a los placeres, aunque viva, está muerta” (1 Tim 5,5) estos son falsos consuelos porque como las riquezas,  llevan a pensar que no hay necesidad de Dios, y por ello la invita a considerarlos poca cosa “Menosprécialos y desdéñalos en absoluto y nada busques en ellos sino la íntegra salud del cuerpo”[10] como en el caso de las riquezas el problema está en buscarlos por sí mismos, ciertamente san Agustín es consciente de que los deleites que provocan existen originalmente a causa de una necesidad que busca ser satisfecha

Los mismos deleites de la vida humana, ¿no los sacan los hombres de ciertas molestias, no impensadas y contra voluntad, sino buscadas y queridas? Ni en la comida ni en la bebida hay placer si no precede la molestia del hambre y de la sed. Y los mismos bebedores de vino, ¿no suelen comer antes alguna cosa salada que les cause cierto ardor molesto, el cual, al ser apagado con la bebida, produce deleite? Y cosa tradicional es entre nosotros que las desposadas no sean entregadas inmediatamente a sus esposos, para que, como marido, no tenga por cosa vil a la que se le da, sin haberla suspirado largo tiempo como novio[11]

Sin embargo hace siempre la salvedad que aquello que provoca placer debe ser administrado en la medida de lo necesario, porque si bien es cierto que son motivados en principio para cambiar una realidad negativa en positiva, puede caerse en su idolatría si se comienza a buscar su efecto sin la causante que le justifica, alterando así el orden debido en la armonía del hombre, y a ese desorden el hombre puede habituarse tratando como fin último algo que simplemente no lo es. De modo que no se pierda de vista que los placeres pueden ser considerados alegrías pasajeras que no necesariamente son malas, es más de hecho son buenas en cuanto que deriven de un acto causante bueno, pero el verdadero gozo viene de Dios porque sólo Él es la fuente de todo bien, y las cosas sólo otorgan esto en cuanto se refieren a Dios.

 Es de recalcar que el hecho que haga una advertencia acerca del uso de los placeres no significa que tenga una concepción pesimista de las realidades materiales, y en particular del cuerpo. A diferencia del platonismo que en cuanto material lo reconoce como una limitante, san Agustín lo ve como una realidad prefiguradora, es una antesala, es una realidad humana que ha de ser purificada para luego ser perfeccionada por la gracia en la resurrección, de hecho habla de dar al cuerpo aquello que requiera en atención a la salud, es decir estima su cuidado adecuado para esta vida “antes de que…se revista de inmortalidad, es decir, de una verdadera, perfecta y perpetua salud que no vaya decayendo con la terrena enfermedad”[12]

Así puede verse que el peligro del hombre frente a las riquezas y los placeres tiene a la base un constante deseo del hombre de satisfacer una necesidad, la conservación de su vida, y no solamente en el campo biológico, ya que busca satisfacer en el fondo ese anhelo de felicidad. En última instancia, los peligros , derivan de la misma causa que suscita en el hombre la oración, esta es su haber sido creado para el Bien, y sólo podrá encontrar plena satisfacción en Dios. Así para defenderse de los peligros y superar las dificultades no sólo antes de orar sino aún durante la misma oración se puede encontrar una pauta en el mismo pensamiento de Agustín sobre el orden del amor:

Vive justa y santamente el que estime en su valor todas las cosas. Éste será el que tenga el amor ordenado de suerte que ni ame lo que no deba amarse, ni deje de amar lo que debe ser amado, ni ame más lo que se debe amar menos, ni ame con igualdad lo que exige más o menos amor, ni ame, por fin, menos o más lo que por igual debe amarse. Ningún pecador debe ser amado en cuanto es pecador. A todo hombre, en cuanto hombre, se le debe amar por Dios y a Dios por sí mismo. Y como Dios debe ser amado más que todos los hombres, cada uno debe amar a Dios más que a sí mismo. También se debe amar a otro hombre más que a nuestro cuerpo; porque todas las cosas se han de amar por Dios y el hombre extraño a nosotros puede gozar de Dios con nosotros, lo que no es capaz nuestro cuerpo que vive del alma con la que gozaremos de Dios.[13]

En el fondo lo que san Agustín está combatiendo es el problema de la dispersión, ya que la excesiva atención a las realidades terrenas puede distorsionar el sentido que el hombre tiene de Dios y de la realidad creada por Él, esta es una tendencia a caer en vanas ilusiones provocadas por el embote que provocan en los sentidos la multiplicidad de perfecciones de las creaturas, que siempre deben ser referidas a Aquel que es la perfección última y del que derivan las demás,  permitiendo al hombre su recto uso y disfrute. Esta debilidad a la que el hombre debe de enfrentarse en su existencia es fruto del pecado original.

La observancia del recto orden del amor, en la cual el alma espera la consolación verdadera solamente de Dios, no obstante todas sus necesidades y a pesar de todos los bienes intermedios de los que goza, y que se traduce en la actitud de desolación, busca reintegrar la dispersión en el eternamente Uno, que constituye el Sumo Bien, que posee de toda perfección y con el cual se busca entrar en relación en el momento de la oración. Busca superar el desorden al que fue sometido el hombre por el pecado primero, y por el que el hombre dominado por sus pasiones y sentimientos rige su voluntad y adormece su intelecto, y por el cual ama desordenada y dispersamente.

Pues la variedad poliforme de las hermosuras temporales, filtrándose por los sentidos del cuerpo, arrancó al hombre caído de la unidad de Dios, con un tumulto de afectos efímeros: de aquí se ha originado una abundancia trabajosa y, por decirlo así, una copiosa penuria, mientras corre en pos de esto y lo otro y todo se le escabulle de las manos. Así, desde el tiempo de la cosecha del trigo, del vino y del aceite, se derramó en un tropel de cosas, separándose del que permanece eternamente, es decir, del Ser inmutable y único, en cuyo seguimiento no hay yerro y cuya posesión no acarrea amargura alguna. Antes bien, como resultado la redención del cuerpo, cuando será vestido de gloriosa inmortalidad. Mientras tanto, la materia corruptible apesga el alma, y la morada terrestre oprime la mente disipada, porque el mundo de las hermosuras materiales fluye con la arrebatada corriente del tiempo. Pues él ocupa la grada ínfima y no puede abarcarlo todo simultáneamente, sino que con el ir y venir de unas y otras se completa el número de las formas corporales, reduciéndolo a unidad de belleza[14].

El cristiano por el Bautismo es purificado y se le comunica la fe de tal modo que pueda vivir en el orden del amor. Amando a Dios en primer lugar, luego así mismo lo que llevará como consecuencia a que el cristiano busque gobernar con su intelecto a la voluntad y así experimentar adecuadamente las pasiones y sentimientos. Así el hombre, que se había alejado de su Creador, podrá reencontrarse con Él en la oración de modo especial, y ya no sólo como creatura sino como un hijo con su Padre, llegando a ser uno con el Uno, sin confusión, pero en comunión por el Amor.

1.3  Las virtudes teologales como fundamento

Una vez planteada la disposición de ánimo y habiendo advertido acerca de los peligros, el siguiente paso será el de encontrar cuál es el fundamento de la oración. Como punto de partida se encuentra que tal necesidad experimentada por el hombre, que se basa la desolación  y que busca ser satisfecha, es una manifestación de la llamada que Dios hace al hombre a volver a Él, de hecho dice Agustín a Proba  “… aquel para quien es fácil hacer entrar un rico en el reino de los cielos te inspiró esa piadosa solicitud sobre la cual te decidiste a preguntarme cómo has de orar”[15]  está concepción de la oración como signo de la vocación del hombre a Dios, es fruto de la propia experiencia del santo, no por nada escribe “nos creaste Señor para ti” [16] Por lo que se puede afirmar que hay una iniciativa divina en todo acto de oración, así la sed que experimenta el hombre de Dios es ya un don de Dios.

Por lo tanto, no se alabe el hombre ni pregone el mismo mérito de su oración, pues aunque al que ora se dé una ayuda para vencer las apetencias de bienes temporales, para amar los bienes eternos y a Dios, fuente de todos los bienes, la que ora es la fe que se dio al que aún no oraba, pues si no se le hubiese dado no hubiese podido orar[17]

Ahora, si es fruto de la vocación del hombre a Dios, en el cristiano asume un nuevo matiz porque surgirá propio de la fe. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la fe “es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma”[18] buscar el consuelo pasa por tanto por creer en Él en cuanto existente y revelado, y creer en su Palabra.

La imagen que san Agustín utilizará para hablar de esta virtud a Proba es la del pez[19], porque como él se enfrenta los embates y contrariedades de las olas, la fe del cristiano se mantiene firme frente a los vaivenes del mundo, y la figura opuesta a ésta es la de la serpiente, pues haciendo eco al Génesis la perfila como símbolo de toda falsa doctrina y, por tanto, de los falsos dioses que buscan seducir a los hombres, así buscará tergiversar toda verdad sembrando la división y la mentira. También hará corresponder a la fe la invitación de Jesucristo cuando dice “Pidan y se les dará” (Mt 7,7). Pues el que pide lo hace sabiendo a quién pide y confía en que su petición será escuchada y atendida.

Si la fe flaquea, la oración desaparece. Pues ¿quién suplica algo en lo que no cree? Por esto, el bienaventurado Apóstol, exhortando a orar, dice: Todo el que invoque el nombre del Señor, será salvo. Y para mostrar que la fe es la fuente de la oración y que no puede fluir el río cuando se seca el manantial del agua, añadió: ¿Cómo van a invocar a aquel en quien no han creído? Creamos, pues, para poder orar. Y para que no decaiga la fe mediante la cual oramos, oremos. De la fe fluye la oración; y la oración que fluye obtiene firmeza para la misma fe.[20]

De tal modo, fe y oración, se corresponden en modo tal que se nutren mutuamente, la fe sostiene la oración, en los momentos crisis, de sequedad, de hastío, de desánimo, de confusión, y la fundamenta en los momentos de crecimiento y progreso en la vida espiritual, por su parte la oración alimenta, nutre y robustece la fe, sea porque por ella el hombre entra en contacto y profundiza más en el conocimiento Dios o porque por ella se ejercita la confianza depositada en Él. De este modo encuentra sentido la disposición del desolado que entra en la humildad al buscar la consolación plena en Dios, porque sólo el humilde puede estar abierto a la fe porque realiza un examen de la realidad basado en la verdad, sólo el que experimenta y reconoce su necesidad es capaz de reconocer también su limitación, llegándose a fiar de uno más grande que pueda venir en su auxilio y concederle aquello que ansía.

Claro está que en cuanto don, la fe es recibida por mediación de la Iglesia, que según Agustín en línea con los Padres considera Madre, porque ella da a luz a los cristianos a la nueva vida de hijos de Dios por las aguas del bautismo y porque ella les transmite la fe en Cristo como una madre que amamanta a sus hijos pues “nuestra leche es Cristo humilde, nuestro alimento sólido, el mismo Cristo en cuanto igual al Padre. Te nutre con leche para alimentarte luego con pan. Pues tocar a Cristo espiritualmente con el corazón equivale a conocerlo como igual al Padre”[21] es decir que el cristiano ora pero no como un ente aislado, sino unido en y con la Iglesia, el bautizado se une en ella a Jesucristo que ora al Padre en el Espíritu Santo, la auténtica oración será entonces una plegaria que el hombre realiza en clave existencial uniéndose al Verbo de Dios encarnado que es cabeza del cuerpo, siendo así el Christus totus es el que ora. El consuelo que busca el cristiano desolado por la insatisfacción en la que le deja el mundo viene dado participando por la fe que le ha sido comunicada en el único Mediador entre Dios y los hombres, por lo tanto la sed infinita que experimenta el hombre y por la que dice “como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío” (Sal 42, 2) se sacia en la “fuente de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14)  y no en cisternas agrietadas que lejos de dar vida son foco de muerte para el cristiano.

La fe por tanto es un fundamento clave para la oración, porque lleva al hombre a descubrir en Dios su primer principio, da una dinámica personal y existencial a la relación que se busca establecer, porque es fruto de un encuentro con Cristo y su mensaje de salvación que sólo puede ser entendido en íntegramente en su Iglesia. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”[22]. No se trata de entrar en contacto con una realidad abstracta o la repetición de formulaciones carentes de sentido, antes bien la oración cristiana al ser fundada en la fe en el Hijo de Dios, es una experiencia con un carácter performativo, al encontrarse en ella con el Dios Uno y Trino no se puede quedar indiferente, la fe en un Dios que es Padre y que ha dado su Hijo Único para salvación del mundo implica un creer en su promesa de salvación, que el cristiano vive en la esperanza como el peregrino que se dirige a la patria celestial.

El mensaje cristiano no era sólo » informativo «, sino » performativo». Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva[23]

En sentido se dice también que la oración cristiana es una oración en esperanza, pues dice san Agustín “¿cómo te preocuparías tú de orar a Dios sino esperases en Él?”[24] El Catecismo de la Iglesia define esta virtud como aquella “por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo”[25] o en palabras de Agustín es aquella “por la que aguardamos con paciencia las cosas venideras, y la misma paciencia por la que soportamos todas las contrariedades hasta que lleguemos a donde queremos”[26]. De aquí se sigue el cristiano cuando ora no lo hace a ciegas sino que es consciente de que su oración no sólo será escuchada sino que tiene un fin que da un sentido a sus peticiones, que su consolación llegará a plenitud porque ya se le ha dado en promesa por Uno que no le defraudará, dice con el apóstol Pablo “sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para velar por mi depósito hasta aquel día” (2 Tim 1,12). El hombre que ha creído en Jesucristo pone su mirada en el futuro que le espera, y por él se olvida de todo aquello que le distraiga o le estorbe para lograr su meta, no vuelve su mirada atrás y lucha contra el hombre viejo que pudiera habitar en él para no añorar los “ajos y cebollas” (cfr. Ex 16, 3) cómo lo hicieron los Israelitas al ser liberados de la esclavitud de Egipto y que les ganó la ira divina por la desconfianza en el que había intervenido en su favor. Sino que se lanza como Abrahán, que al escuchar la voz y la promesa del Señor se puso en camino, según dice la Escritura “Abrán marchó, como le había dicho el Señor” (cfr. Gn 12, 4) o cómo también refiere el Evangelio sobre san José que luego que el ángel le habló en sueños obedeció inmediatamente pues “Cuando…se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer” (Mt 2, 24) y esto granjeó ser el custodio del Salvador. San Agustín utilizará la figura del huevo para hablar de la esperanza y se justificará diciendo:

porque la vida del pollo todavía no es, sino que será; no se ve todavía, sino que se espera, puesto que la esperanza que se ve ya no es esperanza; al huevo se opone el escorpión, porque quien espera la eterna vida se olvida de lo que atrás queda y tiende a lo que tiene por delante, y para él es ruinoso el mirar atrás; en cambio, al escorpión hay que evitarle por esa parte de la cola, que es venenosa en forma de aguijón[27]

Es el caminar de uno que ha visto su meta, que la anhela y que no sólo aligera su equipaje desechando aquello que lo frena, manteniendo un paso constante, que no busca solamente evitar aquello que no ha de ser hecho, como el hombre que se abstiene del pecado por temor al castigo, sino que se arma de todo aquello que necesita para llegar, porque en la vida de oración cristiana no sólo hay una pars destruens sino también una pars construens por la que el hombre, ejercita su deseo por las cosas que le acercan a Dios, y según el orden del amor, se prepara para recibir de Dios todo don que habrá de necesitar para el camino y del don que es Él mismo, hacia el cual se dirige. Entonces este peregrinaje en el que el bautizado se encuentra caminando y que lo realiza en el seno de la fe de la Iglesia esperanzado en la promesa del Salvador, es un peregrinaje que realiza unido en Cristo hacia el Padre en el Espíritu Santo, esto lo hace un peregrino en el amor.

Este amor es la caridad, aquella virtud teologal “por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios”[28].  Ella impulsará el dinamismo de la oración, estableciéndose así una relación que colma el deseo de consolación experimentado por el hombre, porque la unión a la que se aspira sólo podrá ser entendida gracias a esta virtud. Sólo ella le dará al hombre la clave de lectura para interpretar la realidad en la que se mueve, sólo en ella se verá como las criaturas conducen al creador, y sólo en ella se podrá asumir esa nueva relación entre el cristiano y Dios, por la cual ya no es una mera criatura sino que ha renacido en la Iglesia, pasando por las aguas del Bautismo, como un hijo de Dios, en virtud de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Que el cristiano realice su oración en la caridad quiere decir que lo hace según la nueva vida del Espíritu Santo, pues “el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8, 26) es decir que la cuando el cristiano ora, al hacerlo en comunión con la Iglesia, es el Espíritu el que ora en él, Por este amor de caridad es que el hombre renacido en las aguas del bautismo puede llamar a Dios Padre, ya que ha sido constituido hijo adoptivo en virtud del Espíritu Santo (cfr. Rm 8, 15).

Y es que esta ha sido la experiencia del Doctor de Hipona, que se sentía movido por el Espíritu Santo a las cosas superiores pero que como todo hombre también experimentaba la tentación de la dispersión por la naturaleza herida

¿A quién hablaré yo y cómo le hablaré del peso de la concupiscencia que nos arrastra hacia el abrupto abismo, y de la elevación de la caridad por tu Espíritu, que se cernía sobre las aguas? ¿A quién hablaré y cómo hablaré? Porque aquí no se trata de lugares donde somos sumergimos o emergidos. ¿Qué cosa más semejante y más desemejante a la vez? Se trata de afectos, se trata de amores. De un lado, la inmundicia de nuestro espíritu corriendo a lo más ínfimo por amor de los afanes; y de otro, tu santidad elevándonos a lo más alto por amor de la seguridad, para que tengamos nuestros corazones arriba hacia ti, allí donde tu Espíritu se cierne sobre las aguas, y de este modo vengamos al descanso sobreeminente, apenas haya pasado nuestra alma las aguas que son sin sustancias[29]

Esta caridad será, más adelante, llamada por santo Tomás de Aquino, amor de amistad y según el doctor angélico este tipo de amor tiene ciertas características que resultan importantes a la hora de entender la dimensión de esta virtud teologal en el ámbito de la oración, puesto que, toda amistad comporta benevolencia, reciprocidad y comunicación [30].

Pues bien, la amistad se da entre personas y aquello propio de toda persona es la relación, la revelación cristiana afirma el carácter personal de Dios, por lo que el hombre es capaz de entrar en relación con Él, este tipo de relación que se establece en la fe cristiana tiene la dimensión de la caridad por la que Dios quiere el bien para el hombre y ello tiene su máxima expresión en que envió a su Único Hijo para salvarlo (cfr. Jn 3, 16) pero también el hombre quiere el bien para Dios, pero ¿cómo podrá decirse que quiere el bien para Aquel que el Bien Supremo? Esto se entiende a partir del concepto de glorificación, que es el homenaje que el hombre tributa a Dios y por el cual busca agradarle, es un amor de carácter latréutico y que por ende sólo puede ser dado a Dios; así vemos que existe una reciprocidad en el amor entre Dios y los hombres, pero no bastando esto Dios comunica al hombre su gracia por la cual el hombre puede entrar en comunión con Él, el hombre entra en la comunión de la vida intratrinitaria en virtud de la filiación adoptiva que le ha ganado Jesucristo que le hace partícipe de su vida divina. De lo anterior podemos concluir con el Catecismo de la Iglesia que la oración es “la relación viviente y personal con Dios vivo y verdadero”[31] de lo que se sigue que la caridad o la amistad, como dice el doctor Angélico, es la nota distintiva de la oración cristiana, sólo en ella tienen sentido las otras virtudes teologales en atención a la oración, ya que por la manifestación del amor es que el hombre cree y por la confianza en el amor es que el hombre espera.

Gracias a la caridad es que el hombre podrá el hombre conocer aquello que ha de pedir en la oración, por ella es que esperará el verdadero consuelo que sólo puede venir de Dios, por ella hará uso de las creaturas en la medida que lo dirijan a la fuente de la vida, por ella despreciará todo aquello que lo lleve al reino del pecado que lo conduciría a la muerte. Por este amor es que el hombre vive como un desolado en el mundo, éste es un amor que reconoce el Amor, que busca unirse a Él, cree en Él, se fía de Él, y camina hacia Él. Así preparado el cristiano está bien dispuesto a entrar en la auténtica oración, poniéndose a la escucha humilde de aquel que le creo para estar con Él y que le ha hecho partícipe de la vida de Dios.

2.   La práctica de la oración

Una vez han sido establecidos los principios en los cuales encontrará fundamento la oración, advertidos los peligros o dificultades que podría entorpecerla y estableciendo la desolación como condición preliminar del orante, san Agustín, pasa a hablar sobre la oración en sí. En primer lugar se pregunta qué es lo que hay que orar, de hecho esa es la motivación de la carta escrita a Proba, pues esta le había escrito turbada ante las palabras del apóstol Pablo en la carta a los Romanos cuando dice “pues nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8, 26) el Doctor Gratiae le responderá que en fin de cuentas lo que el hombre pide es la vita beata.

Punto seguido irá analizando cual es el núcleo del diálogo que se establece en la oración, no se trata de un proceso meramente discursivo sino de una relación, puesto que con ella lo que se busca es el cómo vivir la vida nueva que ha comenzado con el Bautismo y que llegará su plenitud en el último día, para ello el hombre deberá entrar en sí y ponerse a la escucha de las enseñanzas del Maestro interior, él le mostrará la Verdad.

Luego, en la carta a Proba vemos que hace mención acerca de los diversos modos de orar, la teología espiritual habitualmente habla de un progreso ascendente que parte de la oración vocal hasta la contemplación, estos elementos se encuentran presentes en la doctrina agustiniana y él irá explicando la utilidad y características de diversos modos, que como es habitual parte de su propia experiencia, por ejemplo los cantos de la salmodia que se ejercita en momentos determinados de la jornada o el deseo como un ejercicio de oración continua.

2.1  El objeto de la oración: la vida beata, de lo bueno a lo mejor

De entrada aclara que lo que hay que pedir, es decir el objeto de la oración,  es la “vida bienaventurada”[32] y sigue un proceso de menos a más para explicar en que consiste aquello que pide. En primer lugar por vía negativa esclarece que no es vivir según los dominios de la propia voluntad pues alguien puede querer vivir de modo inicuo. Y es que la vida beata o vida feliz, es concebida de diferente modo por diferentes hombres pues, como dice en el De Trinitate, los hombres la concibieron según las cosas en las que experimentaron mayor deleite[33] pero esto lo único que muestra es que existe una variedad de concepciones porque todos los hombres buscan la felicidad, por ello tampoco es extraño que el cristiano la anhele y la haga objeto de su oración, porque lo que está deseando es aquello que constituye su fin último, por ello dirá el santo de Hipona:

Puesto que en verdad todos los hombres desean ser felices y lo ansían con un amor apasionado, y en la felicidad ponen el fin de sus apetencias, y nadie puede amar lo que en su esencia o en su cualidad ignora, y no es posible desconocer la esencia de lo que se ama, síguese que todos conocen la vida feliz. Todos los bienaventurados poseen lo que quieren, aunque no todos los que poseen lo que quieren son felices; al contrario, son unos pobretes todos los que no tienen lo que desean o poseen lo que no quieren rectamente. Sólo es feliz el que posee todo lo que desea y no desea nada malo[34]

Entonces establece una primera característica del hombre bienaventurado “Aquel que es bienaventurado que tiene cuanto quiere y no quiere nada malo”[35]  e irá especificando, en primer lugar, desea el bien propio sea para su cuerpo, sea para su alma, la persona entera. Luego para el prójimo. Pero no se quedará ahí sino que se preguntara acerca del querer como bien honores y dignidades, pues dice que “es decente desearlos si con ello se atiende al bien de los subordinados”[36] y el mismo principio aplica a las cosas en cuanto constituyan medios necesarios para la vida o para el servicio de los demás.

Dará un salto cuando hable que otro bien deseable es el del enemigo, por el amor de caridad, porque ya el Señor en el Evangelio dice “Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen” (Mt 5, 43-44) Así llegará a concluir que “nadie hay en el género humano a quien no se le deba la caridad”[37]. Con todo esto aún la vida bienaventurada no se puede identificar con todo lo anterior sin realizar un reduccionismo de aquello que verdaderamente es.

Entonces explicará otro principio “hay que anteponer lo eterno a aquello temporal”[38], es decir referir todo a Dios y a las promesas que ha hecho, porque Él es la razón en vista de la cual se procura todo bien temporal, pues como dice el Evangelio “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo” (Lc 10, 27) pues a Dios hay que amarlo por sí mismo y al prójimo por amor a Dios; y amando el hombre gozará de Aquel para el que fue creado que llegará a su plenitud al final de los tiempos. Así la vida beata en Agustín es retenida en la carta a Proba como el “contemplar el deleite del Señor para siempre, dotados de la inmortalidad e incorruptibilidad del cuerpo y del espíritu”[39] ése es el anhelo de la oración.

Contemplación, la entiende san Agustín, como la visión directa de Dios que de momento solamente podemos gozar en modo parcial, en promesa y fe, es decir gracias a la esperanza y confianza, pero que será felicidad plena un día “Pues nos dará lo que prometió. ¿Y qué es lo que nos prometió? A Sí mismo, para que nos gocemos en su presencia y de su contemplación. Y ninguna otra cosa nos deleitará, porque nada hay mejor que aquel que hizo todas las cosas que deleitan”[40].

Pero esta visión a la que el hombre tiene acceso sólo puede contemplarse luego de su redención y de su salvación, lo cual comparta un doble aspecto, por un lado el hombre debe ser readmitido a la amistad que perdió como fruto del pecado original, esto se lo hace a través del sacrificio de Jesucristo en la Cruz, y del cual es partícipe cuando es sepultado junto con Él en las aguas del bautismo; y por otro la salvación que operó Jesucristo no sólo es un poder volver a Dios, sino que es una elevación en virtud de todo el misterio pascual y que en el bautismo es simbolizado a través del salir de las aguas, es decir, el nacimiento a una vida nueva, en la que el hombre no recupera sólo aquello que había perdido, sino que, viene enaltecido en Cristo a la dignidad de hijo de Dios, se hace partícipe de su vida divina. Por tanto no sólo hay una purificación sino un perfeccionamiento que se obra en virtud de la obra del Hijo de Dios encarnado.

Esto implica que el cristiano, a través de una vida de ascesis procurará vivir según la santidad a la que ha sido llamado por la filiación divina, al punto de que viviendo rectamente en virtud de la gracia santificante, todo él, alma y cuerpo, pueda ser perfeccionado. Podemos hablar de un alma perfeccionada cuanto sea capaz de dominar sus pasiones; cuando su potencia intelectiva sea capaz no sólo de conocer la verdad sobre las realidades que le circundan sino que contemplará la Verdad misma, el conocimiento tiene como ápice la Verdad que es Cristo, sabiduría de Dios, la felicidad alcanza su plenitud cuando se alcanza a Dios, que es Verdad, que es Cristo y que a la vez es el Camino. El hombre es homo viator o peregrinantis ad Deum; cuando su potencia volitiva no sólo desee poseer y hacer el bien sino cuando goce de la “posesión” del Bien Supremo. De un cuerpo perfeccionado se pueda hablar sólo cuando este haya sido glorificado después de la resurrección. Por tanto podríamos afirmar que el primero en gozar de una vida beata en plenitud es Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, y por participación lo harán los cristianos, pues incluso los santos que han comenzado ya vivirla aún esperan su plenitud con la resurrección de sus cuerpos.

En la definición que san Agustín entonces existe otro elemente que necesario para que la felicidad sea plena y que está en sintonía con el destino último del hombre, este es la inmortalidad:

¿Cómo será verdadera aquella sentencia tan manifiesta, tan ponderada, tan evidente, tan cierta, de que todos los hombres quieren ser felices, si los que ya son dichosos ni lo quieren ni lo dejan de querer? Y si lo quieren, como la verdad lo proclama y la naturaleza lo exige, en la que el Hacedor sumamente bueno e inmutablemente feliz plantó esta exigencia; si desean, repito, ser dichosos, los que ya lo son no quieren ciertamente no ser felices. Y si quieren ser dichosos, sin duda no anhelan que su dicha se esfume y perezca. Sólo viviendo pueden ser felices; por consiguiente, no ansían que su vida fenezca. Luego todo el que es verdaderamente feliz o desea serlo, quiere ser inmortal. No vive en ventura quien no posee lo que desea. En conclusión, la vida no puede ser verdaderamente feliz si no es eterna.

Ahora bien, si el hombre lleva inscrito ese anhelo de inmortalidad es porque le ha sido dado por Dios, pero el cristiano retiene que para poder entender a qué se refiere esto es necesaria la fe, porque hubo muchos hombres, dirá san Agustín, que no lograron entender la inmortalidad a cabalidad, otros se habrían quedado en que el deseo de inmortalidad sería sólo en relación al alma y no al cuerpo, por lo que al máximo llegaron a afirmar solo la inmortalidad de uno de los elementos constitutivos de todo ser humano, pero al no poder encontrar la relación entre este fenómeno y la felicidad verdadera propiciaron las doctrinas de la transmigración de las almas que derivaron en el reencarnacionismo, pues “afirmaron que aun después de su ventura gustada tornaba el alma de nuevo a las miserias de esta vida”[41] o si acaso, se limitaron a afirmar que la felicidad sería solo la inmortalidad del alma, cuestión que iría contra la unidad de la persona en cuanto alma y cuerpo.

Pero el cristiano afirma que la inmortalidad del alma y cuerpo es deseada y posible gracias a la condescendencia divina en la Encarnación del Verbo, pues si cree en que

El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14), hombres-, ¿cuánto más creíble será que los que son por naturaleza hijos de hombre se hagan por gracia hijos de Dios y moren en Dios, en quien y por quien únicamente pueden ser dichosos y partícipes de su inmortalidad[42]

Por tanto el deseo de inmortalidad del hombre encontrará su fundamento en Cristo, pues el hombre fue creado para la vida, y por el gran amor del Hijo de Dios, el hombre puede no sólo retomar la vida sino una nueva vida en cuanto participación de la vida divina, que le es comunicada por la segunda persona de la Trinidad.

La oración cristiana tendrá sentido en cuanto venga referida al fin último del hombre, pues si constituye una relación existencial con Dios, lo es en razón de la comunicación que se establece con Él por el amor de amistad que los une, el hombre anhela entrar en contacto con Dios, anhela verlo, porque viéndolo lo conocerá al máximo de cuanto le es posible, y este conocimiento no sólo un proceso abstractivo-discursivo sino que es ante todo una contemplación de la Verdad que se traduce en el goce de ella como el Sumo Bien.

Este deseo que el hombre experimenta de Dios es testimonio que el hombre fue creado capaz de Él, homo capax Dei habrá dicho algún sabio, la contemplación es claramente un don que ha sido dado gracias a los méritos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, y comporta en última instancia no sólo una visión sino también la transformación operada en la naturaleza pecadora del hombre por la cual participando en la vida del resucitado será plenamente regenerado junto al mundo al final de los tiempos en la resurrección.

La oración por tanto es un continuamente pedir a Dios el tener una vida beata, en la cual Él es el objeto de nuestra oración, o mejor dicho el sujeto de la misma que por pura gracia nos colma de sus infinitos dones, y todo aquello que de bueno pueda pedir el cristiano en la oración tiene que estar ordenado a su fin último. Así la oración, por esta felicidad eterna, se hace en fe, creyendo en la promesa de la visión beatifica y de la vida sin fin, en esperanza, pues que es el modo en que el hombre participa ya de ese gozo anhelado, y en caridad, pues ella informa la oración amando a Dios por sobre todas las cosas por el mismo, a los demás hombres en sí mismos por amor a Dios y a las demás cosas en la medida en que le sirvan para poder amar a Dios con un ánimo más puro, coherente y ardiente. Y aunque si bien es cierto que “aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2)

Entonces podemos afirmar que el modelo de aquello que se espera en la vida beata es Cristo y por tanto lo que el hombre está pidiendo en la oración con la vida beata es el comenzar a conocer como conoce Cristo, es decir pedirá poder ver la verdad de las cosas, de las situaciones, de las personas, etc. en la Verdad. Pedirá querer como quiere Cristo, es decir buscará hacer el bien y poseer bienes no como fin en sí mismo sino en cuanto lo acerquen a Aquel que es el Bien Supremo del que anhela gozar, y viviendo como esta tierra como Cristo vivió, confiará en que un día habrá de resucitar como lo hizo Cristo con un cuerpo glorioso, para gozar plenamente de la Vida sin la cual no hay vida, y de una vida que no acaba. Sólo en Cristo puede el hombre llegar a amar, conocer y servir a Dios, razón de su creación, sólo en Él puede llegar a entender y responder a aquella llamada que resuena en lo más profundo de su ser, bien lo dijeron los padres del Concilio Vaticano II

…el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.[43]

2.2  El diálogo: el Maestro interior y el cristiano

Ocurre todo de tal modo que el hombre puede aprender cómo orar y qué ha de orar de Jesucristo, es él quien revela al Padre y su plan de salvación, y por ende es Él quien se ha de convertir no sólo en modelo sino también en el Maestro.

La oración es un modo de relacionarse del hombre con Dios, en ella se establece una comunicación mutua que es un diálogo entre ambos, pero no al modo en que se dialoga con otros hombres porque lo que se comunican no son meras ideas a través de símbolos, sino que aquello que se comunican es el amor en términos de la Verdad acerca del Bien anhelado. ¿Dónde descubrirá a este divino Maestro que no sólo se limitará a enseñarle sino que, se manifestará como el Camino adecuado para poder entrar en esa comunión de vida con aquel que todo lo Trasciende y que es la meta última del hombre? Responderá Agustín, en el hombre interior pues dice la Escritura: “Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.” (Mt 6, 6)

…ignoras que se nos ha mandado orar con los recintos cerrados, con cuyo nombre se significa lo interior del corazón, porque Dios no busca que se le recuerde o enseñe con nuestra locución que nos conceda lo que nosotros deseamos. En efecto, el que habla muestra exteriormente el signo de su voluntad por la articulación del sonido; y a Dios se le ha de buscar y suplicar en lo íntimo del alma racional, que es lo que se llama «hombre interior», pues ha querido que éste fuese su templo. ¿No has leído en el Apóstol: «Ignoráis que sois templo de Dios, y que el espíritu de Dios habita en vosotros», y «que Cristo habita en el hombre interior»…[44]

Realizará un interpretación de 1 Cor 3, 16 explicando la simbología del Templo, éste es el lugar de los sacrificios, así como en la antigua alianza los israelitas acudían ahí para ofrecer holocaustos, sacrificio de comunión, de expiación o de alabanza como atestan los primeros capítulos del Levítico, así el cristiano debe buscar a Dios dentro de sí porque “en el lugar del sacrificio, allí se ha de orar”[45]. Y es que si el hombre es Templo del Espíritu Santo es ahí donde debe realizarse en primer lugar la comunión con Dios, pues ésta es una de las funciones de los sacrificios, establecer ese vínculo entre Dios y los hombres, por el cual se manifiesta la alianza en la que el Todopoderoso hace partícipe de su vida divina al hombre, y ¿cuál es la víctima que se ofrece en sacrificio y ante la cual se ora? pues será Aquel que estableció la Nueva Alianza, Cristo, cuya sangre es la “sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26, 28). Por tanto Él es aquel a quien se ha de buscar dentro de sí, y orar será esta comunicación con Él por la que se entra en comunión con el Padre en el Espíritu Santo.

Así la interioridad es una nota distintiva de la oración Agustiniana, ésta comporta también un grado altísimo de humildad pues la dispersión por la que el hombre cae en la superficialidad (es decir el dejarse absorber por lo meramente externo) y que le impide llegar a este estado de intimidad con el Señor es fruto de la soberbia pues “el amor de la acción, que aparta de Dios, tiene su punto de partida en la soberbia, por cuyo vicio el alma prefirió imitar a Dios antes que servir a Dios”[46] con la cual el hombre no busca más dentro de sí a Aquel que le da la vida, sino que se aleja de él andando fuera buscando la vida, donde no está.

Y no pudo encontrarse mejor demostración de lo que es la soberbia que aquella expresada en este otro pasaje: ¿Por qué se ensoberbece la tierra y la ceniza, cuando en su vida externa disipa su intimidad? Porque el alma nada es por sí misma, pues de no ser así, tampoco sería cambiante ni podría sufrir merma en su esencia. Y, lógicamente, como nada es ella por sí misma, y cuanto ella tiene en su ser le viene de Dios, cuando se mantiene en su propio rango es fortalecida, en su espíritu y conciencia, por la presencia de Dios mismo. Así, pues, ella tiene habitualmente este bien interior. Por lo cual hincharse de soberbia es para ella echarse al exterior y, por así decirlo, vaciarse, que vale tanto como ir en su ser de menos a menos. ¿Y qué otra cosa significa echarse al exterior sino echar afuera la intimidad, es decir, alejar de sí a Dios, no por un espacio de lugar, sino por afecto del corazón?[47]

El hombre que se habitúa a entrar en sí, para buscar en sí a Dios será fortalecido por el mismo, porque estará ante su presencia, y esto por supuesto no quiere decir que san Agustín esté recomendando vivir ensimismado y despreocupado por el mundo que le rodea, sino que el hombre para poder descubrir quién es, qué hace, porqué ocurren las cosas, etc. Para poder conocer y conocerse debe saber entrar en sí y entrar en diálogo con Jesucristo, y en Él descubrir la voluntad del Padre para sí y aprovechar los dones del Espíritu Santo para conocer lo realidad que le circunda, profundizar sobre las verdades reveladas por Jesucristo, etc. Es decir entrando en esta divina morada encontrará en su Principio a Aquel que es su fin. Y es que la vida interior lleva al hombre poner en perspectiva su vida, ya que la referencia no es el Yo del hombre, sino el Yo de Cristo, es decir por lo interno llegar al Trascendente, porque se tratará en fin de cuentas conocer y amar como el Hijo de Dios conoció y amó, en la luz del Espíritu Santo que conoce la profundidades del hombre y de Dios conforme dice el Apóstol Pablo “pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. Pues, ¿quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Del mismo modo, lo íntimo de Dios lo conoce solo el Espíritu de Dios” (1 Cor 2, 10). Por ello el santo de Hipona advierte contra la soberbia, y de hecho al inicio había realizado un llamado a la humildad, pues si el hombre se antepone a Dios queriendo conocer por sus solas fuerzas, queriendo dominar el mundo por su propio poder, y poseer aquello que percibe como bien por su sola voluntad, estará en un engaño porque el intelecto se nubla, el hombre se aleja de Dios, no hay oración, es más no hay nada de comunicación y se desgaja de la vid olvidándose de lo que el Verbo de Dios dijo por boca del Evangelista “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5) Porque todo aquello que el hombre alcanza por sí y sin Dios, realmente lo deja insatisfecho mientras que el gozo experimentado fruto de la oración, es decir del descubrir en sí la fuente de toda Verdad  y de todo Bien, se prolonga en la vida del hombre, puesto que ya no está frente al pozo sino a la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (cfr. Jn 4, 14)

Confiesa que tú no eres la Verdad, pues ella no se busca a sí misma, mientras tú le diste alcance por la investigación, no recorriendo espacios, sino con el afecto espiritual, a fin de que el hombre interior concuerde con su huésped, no con la fruición carnal y baja, sino con subidísimo deleite espiritual[48]

Explicando el Sermón de la Montaña el Doctor Gratiae mostrará una ulterior dimensión acerca de la oración como interioridad, el Señor en ese momento no manda de modo particular a hacer oración sino que se refiere al modo de hacerla y con qué intención “En efecto, nos manda purificar el corazón y no lo purifica sino la única y simple intención dirigida únicamente a la vida eterna por el puro y solo amor a la sabiduría”[49] Porque el cristiano como se ha hablado antes, realiza su oración en la esperanza, es decir en la expectativa de aquello que habrá de llegar, es un modo de dirigirse a Dios y de entrar en comunión con Él en modo tal de hacer presente por la fe aquello que espera, la vida eterna que le ha sido prometida, así entrando en sí descubre a Cristo y busca permanecer con Él, el Maestro interior, que le enseña no sólo el camino, sino que es Él mismo el camino que lleva al objeto de la oración, aquello que san Agustín había dicho a Proba que debía ser su petición, la vida beata, pues el mismo lo dijo “Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará” (Jn 15, 7).

Así que quien aspira a la vida feliz, tiene que entrar en sí por la oración, el mismo santo habría experimentado este vacío de la exterioridad, cómo no había sido capaz de reconocer en las perfecciones del creado la grandeza del Creador, y como en una ilusión vivía en disperso en medio de la multiplicidad de atracciones que le producía todo aquello, sin llegar nunca a saciar el ansia de verdad que buscaba en el fondo de su corazón, pero por una iniciativa divina, característica del cristianismo, por la que el Amor divino llama a Sí al hombre, fue movido a entrar en sí, en aquella búsqueda, en su interior encontró aquella verdad, y dejándose llevar por sus sentidos espirituales, por decir de algún modo, fue capaz de experimentar el gozo auténtico  por encontrar no las cosas que otorgan la felicidad sino a la fuente misma que es la Felicidad plena, que si bien comenzó a disfrutarla sólo en esperanza, le concedió la fe hasta que llegue al último día.

Así en su interior encontró a Aquel que lo llevaría a dar el salto de la autorreferencialidad a la contemplación de una realidad mucho más grande para la cual había sido creado, llegó a encontrar en el Yo interior al Totalmente Otro, se encontró con aquel que técnicamente “inhabitaba” en él, y por quien se debía buscar todo lo demás según el orden del amor, fue el encuentro entre el hombre Agustín y el Hijo de Dios encarnado, Jesucristo. Este encuentro es al que esta llamado todo cristiano en la oración.

¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! (sero te amavi…). Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando; y deforme como era, me lanzaba sobre las bellezas de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían alejado de ti aquellas realidades que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz[50]

2.3  Modos: de la oración vocal al deseo como oración continua

Una vez explicado qué es lo que se ha de buscar en la oración, la vida feliz, y qué es lo que ha de caracterizar la oración cristiana, la interioridad, se puede ver cómo el santo de Hipona, habla sobre diversos tipos o modalidades en que se puede realizar esta oración.

En primer lugar según el tiempo que tarde en hacerse se puede distinguir por un lado una oración de larga duración en la que hay que estar atento a no caer en la necedad de un discurso largo sino el procurar un afecto sostenido, una dedicación larga a la oración cuando hay tiempo puede ser muy útil pero dirá un principio que debería ser rector ante este tipo de oración “la atención no se ha de forzar cuando no puede sostenerse; pero tampoco se ha de retirar si puede continuar”[51] es decir que la importancia no es la prolijidad de palabras que se tengan o la manera en que se articule una intervención sino el fervor del corazón, ya que se trata de realizar una súplica sostenida que es un “llamar con una sostenida y piadosa excitación del corazón a la puerta de aquel a quien oramos”[52]. Pero de igual modo reconoce la bondad de oraciones cortas pero frecuentes como las que hacían los monjes en el desierto, y cómo estas ejercitan el amor por el fervor, de hecho afirma “se dice que los hermanos de Egipto se ejercitan en oraciones frecuentes, pero muy breves y como lanzadas en un abrir y cerrar de ojos, para que la atención se mantenga siempre vigilante y alerta y no se fatigue ni embote con la prolijidad”[53].

Así como ve conveniente que haya momentos especiales para orar dirá que de hecho “hemos de orar siempre con el deseo”[54]. Es decir también debe de existir una oración continua, pues el cristiano tiene presente la enseñanza de Jesús por la que “es necesario orar siempre, sin desfallecer” (Lc 18,1) y de la que hará eco san Pablo cuando dice “Sed constantes en orar”. Así pues san Agustín se pregunta el porqué de este mandato del Señor, si Él mismo dice en el Sermón de la Montaña “No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo es” (Mt 6, 31-32). Responderá “nuestro Dios y Señor no pretende que le mostremos nuestra voluntad, pues no puede desconocerla; pretende ejercitar con la oración nuestro deseo, y así prepara la capacidad para recibir lo que nos ha de dar”[55] Así aunque si bien Dios ya sabe de qué tiene necesidad el hombre busca que éste lo manifieste para preparar su corazón a la bendición que habrá de recibir, porque su don siempre será generoso y “tanto mayor capacidad tendremos, cuanto más fielmente lo creamos, más firmemente lo esperemos y más ardientemente lo deseemos”, por tanto la oración continua como deseo es necesaria para el hombre porque al final el hombre no sólo recibe de Dios bienes o el conocimiento de verdades sino que lo recibe a Él mismo, como el Sumo Bien y la Verdad Suprema.

Pero el corazón del hombre debe ser rectamente custodiado, porque experimenta múltiples deseos, y de estos sólo aquel de Dios en cuanto Dios y de las cosas en cuanto vayan referidas a Él, constituirán una auténtica preparación a los dones a recibir. Así comentando el Salmo 62 dirá Agustín:

Todo el que desea conseguir alguna cosa, arde en deseos de ella: este deseo es la sed del alma. Y fijaos cuántos deseos hay en el corazón de los hombres: uno desea oro, otro plata; éste desea propiedades, aquél otro herencias; uno dinero en abundancia, el otro abundantes ganados; éste desea una casa grande, el otro tener una esposa; uno honores, el otro hijos. Ya veis cómo todos estos deseos están en el corazón del hombre. Todos los hombres arden en estos deseos; y apenas se encuentra uno que diga: Mi alma tiene sed de ti. Tienen los hombres sed del mundo, sin darse cuenta de que se encuentran en el desierto de Idumea, donde su alma debe sentir sed de Dios. Al menos digamos nosotros: Mi alma tiene sed de ti;[56]

El Cristiano como peregrino en este mundo, como aquel que atraviesa el desierto luego de haber dejado el Egipto del pecado, camina, y en su caminar anhela el agua, anhela aquello que los satisfará plenamente, anhela aquello que encontrará en la tierra prometida, anhela no sólo lo que se promete sino al que hace la promesa, este anhelo es el deseo de Dios, y este deseo es el ejercicio de su corazón que le prepara para ese encuentro, ese deseo es su continua oración, es su continuo retorno a Dios, al que espera, y ese deseo de Dios es natural al hombre, pero se intensifica por la Palabra revelada  y por la constante acción del Espíritu Santo en su corazón, los siete sagrados dones obran buscando amar a Dios con ese amor de hijo en el Hijo, con esa caridad que suscita la piedad. La fe mueve el intelecto a la esperanza y esa esperanza se hace oración, a veces vocal o mental, a veces de deseo, porque si bien el anhelo de Aquel que es la vida beata es el primero en intención no siempre es el primero en su consecución, pues aunque no siempre se manifieste explícitamente en el obrar del hombre éste debe subyacer de modo implícito para poder llamar a ese deseo oración si se hace modo continuo. El ejercicio de este deseo el bautizado asume una característica particular porque es participación en el amor intratrinatario del Hijo al Padre, y por tanto es acción del Espíritu Santo.

Dios llega a constituirse como el propio deseo cuando se convierte en objeto de la propia dilectio, la lucha contra el pecado en la que se experimenta la contrariedad que san Pablo decía existir entre el hombre viejo y el hombre nuevo, es contrariedad por el hecho que el objeto del amor aún no es Dios, sino que hay otros objetos de dilectio que se hacen competencia, por ello es necesaria la purificación del corazón del hombre para que el objeto de su amor sea Dios, y siendo tal se sienta atraído por Él, lo desee.

La vida entera del buen cristiano es un santo deseo. Lo que deseas aún no lo ves, pero deseándolo te capacitas para que, cuando llegue lo que has de ver, te llenes de él…Pero el deseo santo nos ejercita en la medida en que apartemos nuestros deseos del amor mundano. Ya he dicho con anterioridad: vacía el recipiente que has de llenar con otra cosa. Tienes que llenarte del bien, derrama el mal. Imagínate que Dios quiere llenarte de miel; si estás lleno de vinagre, ¿dónde depositas la miel? Hay que derramar el contenido del vaso; hay que limpiar el vaso mismo; hay que limpiarlo, aunque sea con fatiga, a fuerza de frotar, para hacerlo apto para determinada realidad[57]

Ahora bien, si el deseo es una modalidad de la oración, significa que el deseo está vinculado entonces con la esperanza, pero ¿en qué modo? El punto de partida es comprender que el deseo se ejercita en la esperanza, porque quien desea aún no obtiene aquello por lo que suspira, se dice que aún no lo tiene en plenitud, porque el mismo hecho de desearlo implica de algún modo una posesión, porque no se puede desear aquello que se desconoce totalmente, y lo que se conoce se posee al menos en parte, como idea, y porque si tiene una idea de aquello que se busca, se desea, y el deseo estimula la voluntad, la ensancha, la prepara.

En el bautizado la esperanza juega un papel muy importante porque muestra que el deseo del cristiano no parte de una iniciativa propia, sino que es algo que le viene al encuentro, porque el camino que hace  deseando no es sino una preparación para la recepción de la promesa que le ha hecho uno que lo ha amado primero, de no ser así en vez de estar a la espera estaría conquistando por sus propios medios, y la vida beata no es prerrogativa del hombre sino don de Dios, a la  que el hombre con su vida virtuosa se dispone.

A este punto se pueden mencionar otros aspectos relativos a las diversas modalidades de oración contempladas por Agustín, entre ellas tenemos la oración vocal, por nuestra necesidad no por la de Dios, en efecto dice: “para nosotros son necesarias las palabras: ellas nos amonestan y nos permiten ver lo que pedimos, sin que se nos ocurra pensar que con ellas vamos a enseñar o a forzar al Señor”[58] así la pronunciación de palabras  lleva al hombre a tomar conciencia de aquello que ha pedido y a disponerse mejor no sólo para dirigirse a Dios sino para recibir de Él aquello que pide, pues debe tener presente que nos es la el vaso el que le dirá al alfarero como debe ser moldeado sino al contrario como dice el profeta Isaías “¿Es acaso el alfarero igual que el barro, para que la obra diga a su artífice: «No me ha hecho», y la vasija diga al alfarero: «Este no entiende nada?” (Is 29, 16) así el hombre es el que ha de buscar adecuarse a la voluntad de Dios por medio de la oración. Pero también hablará de la oración mental en términos de meditación, pues la defiende diciendo que aunque no se pronuncien las palabras están

Creo también que has advertido al mismo tiempo, aunque alguno defienda lo contrario, que nosotros, por el hecho de meditar las palabras, bien que no emitamos sonido alguno, hablamos en nuestro interior, y que por medio de la locución lo que hacemos es recordar, cuando la memoria, en la que las palabras están grabadas, trae, dándoles vueltas, al espíritu las cosas mismas de las cuales son signos las palabras[59]

Es decir en el ejercicio de la memoria las palabras adquieren una nueva función si bien no se pronuncien, pero siguen haciendo presente aquello que simbolizan en modo tal que el fervor del hombre continua ejercitándose porque al rumiarlas bajo los auspicios del Maestro Interior el hombre puede ir profundizando no sólo en el sentido de su oración sino en los afectos que provoca en sí, en modo tal que conociéndose conoce a Aquel que le inspira tantas y tan buenas luces, en el conocimiento de la Verdad y en la consecución del Bien. La oración no sólo se realiza con palabras sino también con gemidos, bien dice san Agustín al hablar acerca de dirigirse a Dios por el don de la castidad “Lo cual ciertamente tú me lo darías si llamase a tus oídos con gemidos interiores y con toda confianza arrojase en ti mi cuidado”[60]. Pero también se hace cantando sobre todo en la liturgia, pues es “útil para mover piadosamente el ánimo y para encender el afecto del amor divino”[61] Y que de ella tenemos ya ejemplo en el Señor y los apóstoles, de hecho en sus Confesiones dirá:

¡Cuánto lloré con tus himnos y tus cánticos, fuertemente conmovido con las voces de tu Iglesia, que dulcemente cantaba! Penetraban aquellas voces mis oídos y tu verdad se derretía en mi corazón, con lo cual se encendía el afecto de mi piedad y corrían mis lágrimas, y me iba bien con ellas.[62]

Así la oración puede ser considerada desde su aspecto individual como desde el comunitario, de este último hay que recalcar que no se pude desligar nunca el cristiano, puesto que ya que no se ha dado la fe a sí mismo, sino que le ha sido comunicada por la Iglesia, de igual modo cuando ora, lo hace en el seno de ella, porque no es sólo es su hijo sino también miembro suyo, de ahí que el cristiano no deba de orar sin consciencia de lo que dice, sino con todo fervor y devoción porque cuando lo hace también se produce ese encuentro interior con el Maestro. Todo esto queda de modo más patente cuando se reúnen los bautizados en la oración para salmodiar o cantar himnos, pues quien ora no es sólo un individuo, no es sólo un grupo, no es sólo la Iglesia como si estuviera separada de Aquel que es su cabeza, sino que el que ora es el Christus Totus.

Ningún don mayor podía Dios haber dado a los hombres, que ponerles como cabeza su Palabra, por la cual creó todas las cosas, y que ellos fueran los miembros de su cuerpo, siendo así Hijo de Dios e hijo del hombre, un solo Dios con el Padre, y un solo hombre con los hombres. De modo que cuando hablamos a Dios, suplicando, no separemos al Hijo de la plegaria, y cuando ruega el cuerpo del Hijo, no separe su propia cabeza, siendo él mismo el único Salvador de su propio cuerpo, nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, quien ora por nosotros, quien ora en nosotros, y quien es rogado por nosotros. Ora por nosotros como nuestro Sacerdote; ora en nosotros como nuestra cabeza, y nosotros le oramos a él como nuestro Dios. Reconozcamos en él nuestra voz, y sepamos reconocer su voz en nosotros[63]

3.   El Padre Nuestro como regla de la oración

Finalmente en la carta a Proba encontramos como san Agustín recoge sus inspiraciones respecto a la importancia de la oración dominical en la vida del cristiano pues ésta, en primer lugar, contiene el modo de orar de Jesús al referirse a Dios como Padre, y en segundo lugar, refleja las peticiones que todo cristiano ha de realizar y que son conformes a la voluntad de Dios, es decir en ellas pide aquello que debe buscar todo aquel que ora, la vida beata. Por tanto para él será la regla – la medida- de toda oración pues “Todas las demás palabras que digamos, ya las que formula el fervor precedente hasta adquirir conciencia clara, ya las que considera luego para crecer, no dicen otra cosa sino lo que se contiene en la oración dominical, si es que rezamos bien y apropiadamente”[64]

3.1  “Pater noster…”

En primer lugar, todo bautizado habrá que tener en cuenta que su oración es hecha en unión a Cristo, de ahí se comprende porque en la oración dominical se comience por decir Padre, pues se dirige a Él en cuanto que es hijos en el Hijo, y por tanto en Él se pide aquello que es objeto de búsqueda, esto es la vida beata y todo aquello que coadyuve a su consecución. Por lo que aquello que el cristiano ha de pedir en su oración lo ha de hacer siempre en nombre de Jesucristo, conforme a su mandato, no ha de pedir, por ende,  aquello que es contrario a su salvación, porque sería contradecir a Aquel que quiere salvarlo, y con justa razón su oración  no sería escuchada.

Por eso, no sólo el Salvador, sino también el Maestro bueno, para hacer cualquier cosa que hayamos pedido, en esa oración misma que nos ha dado ha enseñado qué pidamos, para que así entendamos también que no pedimos en el nombre del Maestro lo que pedimos fuera de la regla de ese magisterio suyo[65]

Al explicar la oración sacerdotal del Evangelio de Juan, san Agustín también enseña que Cristo al decir a sus discípulos que Dios es Padre, también enseña cómo se ha de orar, es decir con una actitud humilde, pues el cristiano al llamarle de tal modo, reconoce por un lado que su vida viene de Él, y por otro, que es gracias a Cristo que el Padre escucha la oración, porque es por virtud de la filiación divina que el hombre es capaz de hacer tal cosa. También como Maestro que es, muestra que la oración puede ser hecha a alta voz y en público, porque la advertencia que se encuentra en otros pasajes de la Escritura es ante el orar para ser visto y alabado por los hombres, lo cual no es verdadera oración porque el fervor que motiva el deseo no está en alcanzar la salvación sino la gloria terrena.

Esa oración que ha hecho por nosotros nos la ha dado también a conocer, porque edificación de los discípulos —y si de esos que estaban presentes para oír estos dichos, en realidad también nuestra, que íbamos a leerlos escritos— es no sólo la conversación de tan gran Maestro con esos mismos, sino también la oración por esos mismos al Padre[66]

Asimismo a la hora de llama a Dios con el nombre de Padre, el cristiano está disponiendo ya de una prerrogativa concedida por el amor gratuito de Dios pues, éste no sólo es un título en boca de un bautizado sino que expresa identidad, de Dios en primer lugar, y en segundo, del hombre que se reconoce como hijo, y de este modo elogia a Dios pues le reconoce su Ser Supremo y Misericordioso y hace un acto de humildad pues se reconoce a sí mismo como dependiente de Dios, en este modo se reclama la benevolencia divina y se dispone el propio ánimo del hombre a ella.

La razón de nuestra vocación a la herencia eterna para ser coherederos de Cristo y recibir la adopción de los hijos, no se funda en nuestros méritos, sino en la gracia de Dios, la misma gracia mencionamos al principio de la oración cuando decimos: Padre nuestro. Con este nombre se inflama la caridad…se aviva el afecto y cierta presunción de obtener lo que debemos pedir[67]

3.2  “…qui es in cælis”

El lugar de la morada divina no se entiende en un sentido espacial, sino personal, pues según la más auténtica espiritualidad agustiniana Dios inhabita en el hombre, y es en su interior que ha de buscarlo, volviendo en sí, siendo uno, el hombre se aleja de la dispersión y se concentra en Aquel que habita en él, pero para tal fin el hombre debe de ser justo, coherente en su vida cristiana, pues el pecador en vez de acercarse a Dios se aleja, el hombre es Templum Dei cuando vive según la fe, la esperanza y al caridad, pues por la fe cree y vive lo que cree, por la esperanza anhela la bienaventuranza divina y por la caridad rige sus actos por la ley del amor.

Padre nuestro que estás en los cielos significa en el corazón de los justos, como en su templo santo. Al mismo tiempo, quien ora, quiere que también habite en él aquel a quien ora; y mientras aspira a esto, practique la justicia, ya que con esta finalidad es invitado Dios a habitar en el alma.[68]

3.3  “Sanctificétur nomen tuum”

La santificación del nombre de Dios ocurre no porque el hombre agregue algo a Dios, sino en cuanto que le reconoce por quién es Él en realidad, dándole el lugar que le corresponde en la propia vida. “No se pide como si no fuera santo el nombre de Dios, sino para que sea tenido por los hombres como santo, es decir, que de tal manera se reconozca a Dios, que no se juzgue ninguna otra cosa como más santa y a quien se tema más ofender.”[69]

3.4  “Advéniat regnum tuum”

La venida del Reino, se ha de interpretar como la manifestación del mismo a los hombres, pues no es que este se encuentre ausente de este mundo, sino que el hombre no siempre reconoce el gobierno de Dios en el mismo, en tal sentido esta petición busca que el hombre reconozca a Dios como el Rey de todo cuanto es, pues por el existen todas las cosas, sólo cuando esto se cumpla de modo definitivo el hombre podrá ser feliz en plenitud. “A ninguno le será lícito ignorar el reino de Dios, porque su Unigénito, no solo en el campo del pensamiento, sino también en la experiencia, ha venido del cielo en la persona del Señor para juzgar a vivos y muertos”[70]. Jesucristo que se ha revelado a sí mismo y al Padre y que nos ha dejado el Espíritu Santo ha inaugurado ya el Reino.

3.5  “Fiat volúntas tua, sicut in cælo et in terra”

Se habla de hacer la voluntad del Señor en cuanto que los hombres obren según los mandamientos del Señor, o en tanto que los pecadores se conviertan y obren como los justos, o que se ore por los enemigos o que se dé a cada uno lo suyo. A pesar de los múltiples modos de entender esta afirmación, lo que en fin de cuentas se pide es de gozar de la vida feliz así como lo hacen los ángeles en el cielo cuando hacen la voluntad de Dios, o mejor aún, ya que Jesucristo, Dios y hombre verdadero, es primicia de la humanidad resucitada, los demás hombres puedan vivir de acuerdo a la comunión de voluntad humana y divina que existe en el Verbo de Dios encarnado en virtud de la cual el hombre está en pleno acuerdo en su obrar a la voluntad de Dios y de la cual  en la Pasión nos dio ejemplo el Señor cuando dijo: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú.” (Mt 26, 39)  de este modo se recupera el orden en el interno del hombre por el cual el espíritu gobierna el cuerpo, el entendimiento a la voluntad, pero todo porque en su fundamento se restablece el recto orden de la voluntad humana a la divina, orden que será restablecido del todo con la resurrección al final de los tiempos por la que el hombre quedará completamente sano de las heridas del pecado original, Joseph Ratzinger explica esto comentando al Máximo el Confesor del siguiente modo:

El drama del Monte de los Olivos consiste en que Jesús restaura la voluntad natural del hombre de la oposición a la sinergia, y restablece así al hombre en su grandeza. En la voluntad natural humana de Jesús está, por decirlo así, toda la resistencia de la naturaleza humana contra Dios. La obstinación de todos nosotros, toda la oposición contra Dios está presente, y Jesús, luchando, arrastra a la naturaleza recalcitrante hacia su verdadera esencia. Christoph Schönborn dice que «la transición de la oposición a la comunión de ambas voluntades pasa por la cruz de la obediencia. En la agonía de Getsemaní se cumple este paso» (El icono de Cristo, p. 114). Así, la petición: «No se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22, 42), es realmente una oración del Hijo al Padre, en la que la voluntad natural humana ha sido llevada por entero dentro del Yo del Hijo, cuya esencia se expresa precisamente en el «no yo, sino tú», en el abandono total del Yo al Tú de Dios Padre. Pero este «Yo» ha acogido en sí la oposición de la humanidad y la ha transformado, de modo que, ahora, todos nosotros estamos presentes en la obediencia del Hijo, hemos sido incluidos dentro de la condición de hijos.[71]

3.6  “Panem nostrum quotidiánum da nobis hódie”

En primer lugar el “hoy” al que se refiere es la vida temporal del hombre. En segundo, esta petición san Agustín la entiende en tres sentidos, en primer lugar, el del alimento material es decir aquello que es útil para la vida, en segundo lugar, el sentido sacramental, en cuanto el pan consagrado visible que según la tradición Africana se recibía todos los días, y tercer lugar en sentido espiritual como el pan invisible de la palabra de Dios, ya que el alma se nutre y encuentra su reposo en obrar según los mandamientos del Señor. Según este último modo es que el comprende la interpretación más auténtica sin embargo dirá que los otros dos son válidos si se tienen en cuenta los tres juntos, de forma unida, y esta será según él una interpretación de conveniencia.

Si alguno… quiere entender esta frase en relación con el alimento necesario del cuerpo o el sacramento del Señor, es conveniente que los tres significados se entiendan de forma unida, es decir, que se pida al mismo tiempo el pan cotidiano, tanto el necesario para el cuerpo como el pan consagrado visible y el pan invisible de la Palabra de Dios.[72]

3.7  “Et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris”

Al comentar esta sección Agustín hace alusión en primer lugar al sentido monetario de la palabra “deuda” pero dirá que el perdón se entiende en primer lugar como aquel de los pecados que otros han cometido contra uno, sea que el agresor haya o no haya pedido perdón directamente, y si es cuestión de dinero lo que hay que perdonar pues éste se ha de otorgar sea porque el ofensor o está necesitado materialmente o sufre de un espíritu pobre a causa del pecado. El perdón también es necesario porque de otro modo no es posible orar por los enemigos según nos ha sido mandado “Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen” (Mt 5, 43-44). En fin de cuentas se está hablando de un perdón liberador, porque que libera al que lo otorga como a aquel al que le es otorgado.

Sin duda no se debe omitir por descuido que, de todas estas sentencias con las cuales el Señor nos ha ordenado orar, ha juzgado deber recomendar sobre todo aquella que se refiere al perdón de los pecados, en la cual ha querido que fuésemos misericordiosos, que es el único consejo para evitar las miserias de la vida. En ninguna otra sentencia oramos así como si pactáramos con Dios; pues decimos: perdónanos, como nosotros perdonamos. Si mentimos en este acuerdo, no sacamos provecho alguno de la oración[73]

3.8 Et ne nos indúcas in tentatiónem”

No se trata de pedir no tener tentaciones sino de no caer en ellas, las tentaciones son útiles para que otro conozca o para conocerse a sí mismo, respecto a la primera se puede decir que Dios ya conoce todo por su omnisciencia, por tanto las tentaciones sirven sobre todo para que otros conozcan la verdad sobre el hombre y aún más para que este conozca quien es en realidad. Las tentaciones son fruto de un permiso de Dios, que conoce a sus hijos y no permitirá nada que sepa que sea mayor a su capacidad, pueden ser o tentaciones de Satanás que sirven según Agustín para castigar a los hombres o para probarlos ejercitándolos en la misericordia de Dios que ha permitido tal tentación; pero también las hay humanas, fruto de la misma debilidad humana, pero ambas son pruebas que revelan el corazón del hombre.

Suceden, pues, las tentaciones de Satanás, no por su poder, sino con permiso del Señor para castigar a los hombres por sus pecados o para probarlos y ejercitarlos en referencia a la misericordia de Dios. Importa mucho distinguir en qué tipo de tentación incurre cada uno. Pues no es lo mismo el tipo de tentación en que cayó Judas, que vendió al Señor, que en la que cayó Pedro, que negó, atemorizado, a su Señor. Hay, pues, tentaciones humanas, creo, como sucede cuando uno con buena intención, según los límites de la humana debilidad, se equivoca en algún proyecto o se irrita contra algún hermano con la intención de corregirlo, pero un poco más allá de lo que pide la serenidad cristiana.[74]

3.9  “Sed líbera nos a malo”

Por último el verse libre del mal es ser liberado del mal que se hubiese cometido en el pasado o del mal que no se ha cometido pero que pudiera llegarse a cometer, con la esperanza de que, a pesar de la debilidad propia del hombre en el status viatoris, un día no tema ya caer en el ningún mal. Mientras tantos el verse libre del mal se consigue en esta vida gracias a la sabiduría divina huyendo de aquello que Dios ha pedido evitar y procurando aquello que ha pedido ser amado.

No se debe desesperar de la sabiduría que también en esta vida ha sido concedida a los creyentes hijos de Dios. Consiste esta sabiduría en huir con especial diligencia de todo aquello que por revelación de Dios entendamos que debe evitarse; y apetezcamos con ardentísima caridad todo aquello que por revelación de Dios entendamos que se ha de amar. Porque, cuando la muerte despoje al hombre del restante peso de mortalidad, de parte de todo componente del hombre, en el tiempo oportuno, será realizada como fin la felicidad que ha comenzado ya en esta vida y que, para conseguirla definitivamente después, se pone ahora todo el esfuerzo posible.[75]

Dirá Agustín que se debe distinguir entre las primeras 3 peticiones y las otras cuatro en razón de su duración, pues las primeras tres si bien comienzan en esta vida temporal se prolongarán por toda la eternidad, mientras que las otras son peticiones realizadas en vistas de aquella eternidad pero que pasarán una vez la historia llegue a su fin.

La oración del Padre Nuestro reúne en sí todo aquello que el hombre debe tener en cuenta para alcanzar la vida beata que le ha sido ofrecida por el Padre en Cristo, pues en ella el cristiano descubre en primer lugar el gran don Dios que le ha unido así por la filiación divina, es decir se da cuenta de la identidad de Aquel que le creo para la felicidad eterna y del llamado que le ha hecho para hacerle partícipe a través de la nueva vida de bautizado, así también descubre su propia identidad pues para poder dirigirse al Padre también ha de reconocerse como hijo, y esto no es posible sin haber conocido a Jesucristo que por su sacrificio en el Calvario le ha redimido y por su resurrección le ha elevado a una nueva dignidad, en la que el Espíritu Santo le hace capaz de decir “Abbá” (cfr. Rm 5, 5). En esta oración el Maestro interior muestra a los hombres aquello que han de pedir, aquello a lo que han anhelar, sea que dure sólo en esta vida (las últimas cuatro peticiones) o que se prolongue hasta la eternidad (las primeras tres peticiones), por eso dice el Doctor Gratiae a Proba “el cristiano sometido a cualquiera tribulación gime con esa fórmula, con ella llora, por ella comienza, en ella se para y por ella termina la oración”[76]

Conclusión

La carta a Proba vista en el conjunto de otros documentos del mismo Agustín revela la concepción particular que éste logró desarrollar para responder a una viuda partiendo de su experiencia y reflexión personal, así en la carta se recogen diversos elementos que en otras oportunidades ha tratado, traduciendo por ejemplo la humildad como disposición previa a la oración en términos de “desolación” de fácil comprensión para su interlocutora, o el desarrollo del Padre Nuestro en pocas líneas en las que resuena un discurso más elaborado que había preparado con motivo de una explicación acerca del Sermón de la montaña. Dibuja un mapa en el cual da a conocer cuáles son los principales enemigos de la oración como son la falsa seguridad de las riquezas o la vana ilusión de felicidad que se puede obtener por la satisfacción efímera que provocan los placeres, llevando al hombre fuera de sí a la dispersión.

Se expresan los fundamentos de la oración en términos de fe, esperanza y caridad, dones de Dios a los cuales el hombre en su libertad debe corresponder para poder conseguir aquello que anhela y que es objeto de su súplica a Dios, esto es, la vida beata, la felicidad que viene no por la posesión de un objeto cualquiera sino por la contemplación de la Verdad Suprema y la posesión del Bien Sumo a la que el hombre está llamado y hacia el cual deberá estar dispuesto como última intención cualquier otra cosa que el hombre pueda querer según el orden del amor .

Para ello deberá entrar dentro de sí y entrar en un diálogo de vida y amor con el Maestro interior que le revelará el modo en que habrá de orar para poder alcanzar la Vida que de momento por la fe ha comenzado a gozar en la dulce espera de que llegue a su plenitud por la caridad, destacando el deseo como un ejercicio continuo del alma que prepara al hombre para recibir toda aquella bendición que el Señor quiera derramar en su corazón para satisfacer la sed de Amor infinito que el hombre lleva inscrito en su ser. Este dirigirse a Dios el cristiano nunca lo hace aislado sino que lo hace siempre en la Iglesia de la que es miembro y que unida a su cabeza que es Cristo entra en un continuo diálogo de amor con el Padre.

La principal enseñanza de tan gran Bienhechor la encontrará el cristiano en la oración Dominical, que le fue transmitida en el bautismo, y en la que encontrará no sólo el mejor modelo de oración sino también la regla en la que habría de medir toda súplica que dirija a Dios de modo que si se aleja de ella, no está pidiendo lo que es conveniente. La gran obediencia que se debe a esta oración es el hecho que el Señor mismo la dejó a los cristianos cuando dijo: “Vosotros orad así” (Mt 6, 9)

Considerando todo esto y cualquiera otra cosa que el Señor te sugiera y a mí no se me ocurra, o fuere muy larga de contar, esfuérzate para vencer al siglo en la oración. Ora con esperanza, ora con fidelidad y amor, ora con perseverancia y paciencia, ora como viuda de Cristo. Aunque como Él enseñó, el orar corresponde a todos sus miembros, es decir, de todos los que creen en El y están unidos a su cuerpo…[77]

IMG: Tiffany Window of St Augustine -Lightner Museum


[1] Epistulae 130, 1,1

[2] Epistulae 130, 1,1

[3] Epistulae 130, 2, 3

[4] Sermones. 53A, 2

[5] Confess. 1,1

[6] Enarr. in ps. 136, 13

[7] Epistulae 130, 1, 2

[8] Epistulae 130, 1, 2

[9] Epistulae 130, 2, 4

[10] Epistulae 130, 3.7

[11] Confess. 8, 3, 7

[12] Epistulae 130, 3, 7

[13] De doctrina christiana 1, 28

[14] De vera religione 21,41

[15] Epistulae 130, 1.2

[16] Confess. 1,1

[17] Epistulae 194. 10

[18] Catecismo de la Iglesia Católica 1814

[19] Cfr. Epistulae 130, 16

[20] Sermone 115,1

[21] In Io. Ep. tr. 3,1. .

[22] Benedicto XVI, Deus Caritas Est, 2005,  1

[23] Benedicto XVI, Spes Salvi, 2007 2

[24] Epistulae 130, 2

[25] Catecismo de la Iglesia Católica 1817

[26] De Gen. ad litt. 12, 59 

[27] Epistulae 130, 16

[28] Catecismo de la Iglesia Católica 1822

[29] Confess. 3, 10

[30] Cfr. STh II-II, q.23, a. 1

[31] Catecismo de la Iglesia Católica 2558

[32] Cfr. Epistulae 130, 9

[33] Cfr. De Trinitate. 13,4.7

[34] De Trinitate 13,4.8

[35] Epistulae 130 5, 11

[36] Epistulae 130 6, 12

[37] Epistulae 130 6, 13

[38] Epistulae 130, 7,14

[39] Epistulae 130, 14, 27

[40] Enarr. in ps. 75,5

[41] De Trinitate 13, 4, 12

[42] De Trinitate 13, 4, 12

[43] Concilio Vaticano II, Const. Apost. Gaudium et Spes, 1965,  22

[44] De magister 1, 2

[45] De magister 1, 2

[46] De musica 6, 13, 40 

[47] De musica 6, 13, 40

[48] De serm. Dom. in m. 2, 3, 14

[49] De serm. Dom. in m. 2, 3, 11 

[50] Confess. 10, 27, 38

[51] Epistulae 130, 10, 20

[52] Epistulae 130, 10, 20

[53] Epistulae 130, 10, 20

[54] Epistulae 130, 10, 19

[55] Epistulae 130, 8, 17

[56] Enarr. in ps. 62, 5

[57]  In Io. Ep. tr. 4, 6

[58] Epistulae 130, 11, 21

[59] De Magister 1, 2

[60] Confess. 6, 11, 20

[61] Epistulae 55, 18, 34

[62] Confess. 9, 6, 14

[63] Enarr. in ps. 85, 1

[64] Epistulae 130, 12, 22

[65]  In Io. Ev. tr. 73, 3 

[66] In Io. Ev. tr. 104, 2

[67] De serm. Dom. in m. 2, 4, 16

[68] De serm. Dom. in m. 2, 5, 18

[69] De serm. Dom. in m. 2, 5, 19

[70] De serm. Dom. in m. 2, 5, 20

[71] Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, Segunda Parte, Encuentro, Madrid 2011,  190-191

[72] De serm. Dom. in m. 2, 7, 27

[73] De serm. Dom. in m. 2, 11, 39

[74] De serm. Dom. in m. 2, 9, 34

[75] De serm. Dom. in m. 2, 9, 35

[76] Epistulae 130, 11, 21

[77] Epistulae 130, 16, 29