Los primeros filósofos de quienes se tiene noticia surgieron en Mileto, ciudad jónica del Asia Menor, a comienzos del siglo VI a.C. Tales, Anaximandro y Anaxímenes comparten el propósito de encontrar el principio (arjé) de todas las cosas, aunque difieren en su determinación concreta. A ellos se añade el contexto cultural del trasfondo religioso de las religiones de salvación, que contribuyeron a forjar el ambiente espiritual en que nació la filosofía. Entender a los milesios es entender el primer esfuerzo sistemático de la humanidad por explicar racionalmente el universo.
Tales y el agua como principio
Tales de Mileto es considerado desde antiguo el primer filósofo y el prototipo del hombre sabio. Sobre su vida abundan testimonios que lo presentan como eminente matemático, astrónomo y político. Sobre su pensamiento filosófico las fuentes son más discretas, en parte porque él mismo no escribió nada, y se reducen principalmente a las informaciones que transmite Aristóteles. Según este testimonio, el pensamiento de Tales puede compendiarse en dos doctrinas fundamentales: el agua como primer principio y el alma como principio motor.
El agua como principio significa que de ella procede todo —»primer origen de su generación»— y a ella todo se reconduce —»término de su corrupción». Es, desde la perspectiva aristotélica, el constitutivo material originario de todas las cosas, lo que en ellas persiste como sustrato. Las razones que Aristóteles atribuye a Tales para esta elección son sencillas pero no irracionales: el alimento es siempre húmedo, el calor nace de la humedad, las semillas tienen naturaleza húmeda. Son observaciones elementales, pero son razones y no imaginaciones fantásticas. Que haya un rastro mitológico en el pensamiento de Tales es probable; lo importante es el carácter racional de la afirmación, que lo distingue netamente de cualquier proposición mitológica.
Junto al agua, Tales reconoció en el alma el principio del movimiento. De la piedra magnética que mueve el hierro dedujo que el alma es principio motor. Y de ahí que toda la naturaleza estuviese penetrada de vida: «Todas las cosas están llenas de dioses». Esta afirmación, que parece cercana al mito, expresa en realidad la convicción filosófica de que hay una fuerza vital y ordenadora en el fondo de todo lo real. Con Tales no se tiene todavía la distinción entre material e inmaterial, pero sí la intuición de que el principio de todo debe ser uno, divino y omnipresente.
Anaximandro y Anaxímenes
Anaximandro, discípulo de Tales, señala como primer principio el ápeiron —lo ilimitado, lo indefinido—, siendo el primero en introducir este término para la causa material. El ápeiron es un principio que todo lo abarca y todo lo gobierna; es inmortal e indestructible y, como tal, tiene carácter divino. Su indeterminación cualitativa constituye un avance respecto al principio de Tales: como nada de lo que existe puede reducirse a algo tan concreto como el agua, el principio debe ser algo anterior a todos los elementos, sin determinación propia. Del ápeiron se separan los contrarios —lo caliente y lo frío, lo húmedo y lo seco— y de ellos se genera el mundo. La ley que rige esta génesis es la de la mutua reparación por injusticia «según la disposición del tiempo»: los contrarios que se generan al separarse del ápeiron deben pagar su deuda retornando a él.
Anaximandro contribuyó también con una cosmología notable: la tierra tiene forma cilíndrica, está en el centro del cosmos en equilibrio sin necesidad de soporte material, y los seres vivientes procederían del elemento líquido por acción del sol, transformándose progresivamente. Sus reflexiones sobre el origen de los seres vivos anticipan, en forma especulativa, la pregunta por la evolución natural.
Anaxímenes, tercero de los milesios, retorna a un principio de naturaleza determinada pero diferente al agua: el aire. El aire es infinito, en continuo movimiento y de carácter divino. La razón de esta elección parece estar en la observación de los seres vivos: «así como nuestra alma, que es aire, nos mantiene unidos, de la misma manera el hálito y el aire envuelve todo el cosmos». El proceso por el que el aire se convierte en todas las cosas es el de condensación y rarefacción: por rarefacción se convierte en fuego, por condensación en nube, agua, tierra y piedra. Aunque pueda parecer un retroceso respecto a Anaximandro, en realidad Anaxímenes ofrece una explicación más coherente del proceso físico de generación de las sustancias particulares, razón por la que Aristóteles hace depender de él a todos los que posteriormente pusieron como principio una materia determinada.
El trasfondo religioso y las religiones de salvación
El surgimiento de la filosofía no puede comprenderse sin tener en cuenta el trasfondo religioso de la Grecia arcaica. La religión olímpica, con sus dioses antropomórficos, convivía con tradiciones más antiguas de carácter mistérico y soteriológico. Las religiones de salvación —el orfismo, los misterios eleusinos— ofrecían al individuo un camino de purificación y un destino favorable tras la muerte. Esta preocupación por el destino del alma, que parece alejada de las especulaciones cosmológicas de los milesios, reaparecerá con fuerza en el pitagorismo y en Platón.
Las religiones de salvación compartían con los primeros filósofos la convicción de que existe un orden oculto detrás de las apariencias. Donde las religiones ofrecían rituales y mitos, los filósofos ofrecían argumentos y principios. Sin embargo, la distinción no es tan nítida como podría parecer: en los jonios está presente la divinización del principio, la convicción de que el arjé es inmortal e indestructible, cualidades divinas. La filosofía griega nació en un ambiente impregnado de religiosidad, aunque desde el inicio tendió a sustituir la narración mítica por la explicación racional.
Esta tensión entre logos y mito, entre razón y religión, atravesará toda la filosofía antigua. En los presocráticos aparece de modo incipiente: los milesios divinan el principio pero lo explican racionalmente; Pitágoras elabora una visión científica del mundo al servicio de un ideal de vida religioso; los pluralistas intentan explicar la generación sin recurrir a fuerzas sobrenaturales. El neoplatonismo, en el otro extremo cronológico, acabará reintegrando la filosofía en un marco decididamente religioso. La historia de la filosofía antigua es, entre otras cosas, la historia de esta tensión irresuelta.
Conclusión
Los tres milesios formularon el problema central de toda la filosofía presocrática: ¿cuál es el principio de todas las cosas? Sus respuestas —el agua, el ápeiron, el aire— difieren en los contenidos pero coinciden en la estructura: hay un primer principio uno, eterno y divino, del que todo procede y al que todo retorna. El trasfondo religioso de las religiones de salvación confirma que la filosofía surgió en un ambiente de preguntas radicales sobre el origen y el destino. El siguiente capítulo amplía el horizonte presocrático con dos figuras de gran originalidad: Pitágoras, que buscó el principio en los números, y Heráclito, que lo encontró en el logos que gobierna el cambio permanente de todas las cosas.
Apuntes de Historia de la Filosofía en base a los Manuales de EUNSA y Herder, formateados con asistencia de IA