La Espiritualidad del Lector

Introducción

Hermanos, nos hemos dado cita en este encuentro para renovar nuestro amor por el ministerio en el cual servimos. Es una alegría servirle al Señor, y por eso, de cuando en cuando, es oportuno que nos detengamos a reflexionar en lo que significa esta gracia que hemos recibido al proclamar su Palabra.

Y quiero decirles, para empezar, en qué vamos a poner la mirada esta hora: en algo más profundo que la técnica de leer, que ustedes ya dominan. Vamos a considerar juntos quiénes somos cuando subimos al ambón.

Existe una diferencia enorme entre leer un texto y proclamar la Palabra de Dios. Leer un texto es repetir en voz alta lo que está impreso en una página. Proclamar la Palabra es prestarle la voz a Dios delante de su pueblo. Dios está hablando ahora, aquí, y se sirve de nuestra garganta para hacerlo.

El Concilio Vaticano II lo afirma con toda claridad: Cristo «está presente en su palabra, pues es Él mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura» (Sacrosanctum Concilium, 7; 4 de diciembre de 1963). Y llama a los lectores «un auténtico ministerio litúrgico», pidiéndoles que lo ejerzan «con la sincera piedad y orden que convienen a tan gran ministerio» (Sacrosanctum Concilium, 29).

El mismo Concilio añade algo hermoso: ese ministerio es tan grande que el Pueblo de Dios lo aguarda con razón. Pensemos en los hermanos que se sientan cada domingo en las bancas: para muchos de ellos, la voz de ustedes será, esa semana, el único momento en que alguien les hable de Dios con calma. Servirles bien es un honor que vale la pena preparar.

Tres preguntas nos acompañarán esta hora: ¿qué me sucede a mí cuando proclamo la Palabra? ¿Qué le sucede al pueblo cuando me escucha? ¿Cómo puedo servir mejor lo que Dios quiere hacer?

San Agustín y la Palabra que transforma

Quisiera contarles una historia verdadera, ocurrida hace mil seiscientos años.

Vivía en el norte de África un profesor joven, brillante, célebre. Se llamaba Agustín. Su retórica era elocuente y en Cartago se había dejado ganar por el teatro, por el amor desordenado y por el gusto de la fama. Durante nueve años siguió una doctrina errada, la de los maniqueos, convencido de haber encontrado la verdad. Vivía, además, con una mujer sin haberse casado con ella, y de esa unión había nacido un hijo, Adeodato. No era, hermanos, la vida de un santo: era la vida de un hombre inquieto, brillante y perdido a la vez. Él mismo, ya convertido, recordaría con vergüenza aquella oración que tantas veces había repetido a Dios: «Dame la castidad y la continencia, pero todavía no» (Confesiones, VIII, 7).

Y por dentro llevaba una lucha larga: deseaba una vida nueva y no encontraba la fuerza para dar el paso. Su madre, Mónica, rezaba por él sin descanso.

Una tarde del año 386, en Milán, Agustín se dejó caer al pie de una higuera. Él mismo cuenta que soltó las riendas a sus lágrimas, con la contrición más amarga de su corazón, y que repetía a Dios una y otra vez: «¿Hasta cuándo, hasta cuándo? ¿Mañana, siempre mañana? ¿Por qué no ahora mismo?» (Confesiones, VIII, 12). Llevaba años prometiéndose el cambio para el día siguiente, y el día siguiente nunca llegaba.

En ese instante oyó, de la casa vecina, la voz de un niño que cantaba una tonadita de juego, repitiendo: «toma y lee, toma y lee». Agustín entendió aquello como una orden del cielo. Corrió adonde había dejado un libro con las cartas de san Pablo, lo abrió y leyó la primera línea que encontró: «Nada de comilonas y borracheras… revestíos más bien del Señor Jesucristo» (Rm 13,13-14). Él mismo relata que no hizo falta leer más: en ese momento sintió que una luz de paz inundaba su corazón y que se disipaba toda sombra de duda.

Aquel hombre llegó a ser san Agustín: obispo, doctor de la Iglesia, uno de los mayores maestros que ha tenido el cristianismo.

Pero la historia no termina ahí, hermanos, y esto es lo que quisiera que se llevaran hoy. Agustín se convirtió aquella tarde, pero aún debía prepararse para el Bautismo, y pasó meses en Milán como catecúmeno, yendo cada día a la iglesia del obispo Ambrosio. Allí, por primera vez en Occidente, el pueblo cantaba los salmos y los himnos en voz alta, todos juntos. Y Agustín, años después, escribió estas palabras a Dios: «¡Cuánto lloré con tus himnos y tus cánticos, profundamente conmovido por las voces de tu Iglesia, que tan dulcemente cantaba! Aquellas voces se derramaban en mis oídos, y tu verdad se destilaba en mi corazón» (Confesiones, IX, 6).

Adviertan la belleza de esto, hermanos: la misma Palabra que un día lo alcanzó a solas, bajo una higuera, seguía alcanzándolo cada domingo en la voz de la asamblea que la cantaba. La conversión no terminó en el jardín. Siguió sucediendo, semana tras semana, por medio de una voz que proclamaba.

Eso mismo ocurre en nuestras parroquias. Ustedes suben al ambón, abren el leccionario y leen. Y en las bancas hay un hombre que anoche discutió con su esposa. Hay una muchacha que no sabe qué hacer con su vida. Hay una viuda que no ha logrado dormir. Y por medio de la voz de ustedes, Dios va a decirles algo hoy. Nunca sabremos a quién. Por eso conviene leer siempre como si en aquella banca estuviera sentado Agustín.

Algunas consideraciones sobre la espiritualidad del Lector

1. El lector colabora en la distribución del pan de la Palabra

Recordemos aquella tarde junto al lago, cuando la multitud tenía hambre y no había con qué alimentarla. El Señor tomó los panes, los bendijo, los partió, «y los dio a los discípulos, y los discípulos a la gente» (Mt 14,19). Fíjense en ese detalle: Jesús multiplica, pero son las manos de los apóstoles las que llevan el pan hasta cada persona sentada en la hierba.

Con la Palabra sucede algo semejante. El Concilio enseña que la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras igual que el Cuerpo del Señor, «tomando de la mesa y distribuyendo a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo» (Dei Verbum, 21) El Papa León XIV recordó estas mismas palabras el 11 de febrero de 2026, al explicar que la Biblia nació del pueblo de Dios y está destinada al pueblo de Dios.

Ustedes, hermanos, son esas manos. No multiplican la Palabra —eso lo hace Dios—, pero la llevan hasta la última banca. Ese es su servicio, y es un servicio hermoso.

2. La alegría de anunciar nace de haber sido antes alcanzado por ella

Permítanme una imagen sencilla, tomada de la vida de cualquier familia.

Piensen en una pareja de novios que ha decidido casarse y va a comunicárselo a sus padres. ¿Cómo preparan ese momento? Cuidan el lugar, cuidan las palabras, cuidan hasta el tono de voz con que lo van a anunciar, porque es una noticia que aman y quieren que se reciba bien. Y noten algo importante: esa entrega tan cuidadosa nace de algo anterior. Antes de anunciar su amor a los demás, esos novios ya se han amado el uno al otro. Han sido, primero, buena noticia el uno para el otro. Solo después de haberlo vivido, salen a contarlo.

Con la Palabra de Dios ocurre exactamente igual. El primero en ser alcanzado por la Palabra es el lector. Antes de que llegue a la asamblea por su voz, tiene que haber pasado por su corazón. La preparación de una buena noticia empieza mucho antes de anunciarla: empieza en el gozo silencioso de haberla recibido.

Por eso la Iglesia, cuando habla de la preparación del lector, comienza siempre por el mismo lugar. La Ordenación de las lecturas de la Misa enseña que esta preparación es «antes que nada espiritual», y junto a ella, también necesaria, la preparación técnica (n. 55). Primero el corazón. Después la voz.

El Papa Benedicto XVI, recogiendo el sentir de los obispos reunidos en Sínodo, pidió que los lectores «sean realmente idóneos y estén seriamente preparados» (Verbum Domini, 58).

Esa palabra, preparados, lo reúne todo: la piedad de quien ora con la Palabra, el estudio de quien la entiende, y el cuidado técnico de quien la pronuncia bien. Las tres cosas juntas forman la preparación completa. Y precisamente para crecer en esas tres cosas nos hemos reunido esta mañana.

Recordemos, entonces, que el ministerio de ustedes no empieza el domingo a las diez. Empieza el martes, cuando abren la Biblia en casa, a solas, y dejan que esa lectura les hable primero a ellos. El Papa León XIV lo llamó, en su catequesis del 11 de febrero de 2026, familiaridad con las Escrituras: trato de familia, costumbre de estar juntos, como con un pariente al que se visita seguido.

⏸ PRIMER CUCHICHEO: ¿Recuerda usted alguna frase de la Biblia que en algún momento de su vida le haya tocado el corazón? ¿Cuál fue?

3. Las tres atenciones: la voz, el sentido y el corazón

Santo Tomás de Aquino, al hablar de la oración hecha en voz alta, distingue tres clases de atención: la atención a las palabras, para pronunciarlas bien; la atención al sentido de las palabras; y la atención al fin, es decir, a Dios mismo y a aquello por lo que se ora. Añade que esta tercera es la más necesaria de todas, y que pueden alcanzarla incluso los más sencillos

“Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que la atención que puede prestarse a la oración es de tres clases. Una es la atención a las palabras, para que no se deslicen errores; la segunda es la atención al sentido de las palabras; la tercera es la atención al fin de la oración, o sea, a Dios y a aquello por lo que se ora: ésta es, sin duda, la más necesaria, y pueden tenerla incluso los más ignorantes. Y a veces esta intención que eleva el alma olvida todo lo demás, como dice Hugo de San Víctor.” (Suma Teológica, II-II, cuestión 83, artículo 13).

Llamémoslas, para recordarlas mejor, la voz, el sentido y el corazón.

La voz. Que la palabra llegue completa hasta la última banca: hablar más despacio de lo que creemos necesario, respetar los puntos y las comas, colocarse a un palmo del micrófono. Los nombres difíciles se consultan antes; preguntar cómo se pronuncia Habacuc o Nabucodonosor es de humildes, no de torpes. (No olvidar el ejemplo Jonatán – no “yónatan”- o Jesé -no “yesi”, Ejercicio del Ja-Je-Ji-Jo-Ju)

El sentido. Leer bien exige haber comprendido antes. La Ordenación de las lecturas de la Misa pide leer «con conocimiento de lo que leen» (n. 14). Cuatro preguntas bastan: ¿quién habla?, ¿a quién le habla?, ¿qué ocurre antes y después de estos versículos?, ¿cuál es la frase que sostiene todo lo demás?

El corazón. Es la más profunda de las tres, y la única que nadie ve: tener presente que quien habla es Dios, y que le habla a este pueblo concreto, a doña Carmen en la tercera banca, al muchacho de la puerta. El Papa Francisco, en su carta Desiderio desideravi, se preguntaba precisamente qué arte estamos llamados a aprender «al proclamar la Palabra» (n. 53; 29 de junio de 2022). Ese arte no es técnica de oratoria: es la atención del corazón que sabe a quién le está hablando.

⏸ SEGUNDO CUCHICHEO: De las tres —la voz, el sentido y el corazón—, ¿cuál me cuesta más a mí?

4. Cinco virtudes que hacen fecundo este ministerio

Sencillez: dirige toda la mirada del pueblo hacia la Palabra, sin adornos ni afectación en la voz.

Humildad: recibe la Palabra como un don confiado, y por eso acoge con gusto cada corrección que la mejora.

Docilidad: se deja enseñar con gozo, tanto por la Palabra misma como por quienes acompañan este ministerio.

Reverencia: trata con cariño y con cuidado cada gesto —tomar el leccionario, inclinarse ante el altar— porque sabe que está tocando algo sagrado.

Fidelidad: se sostiene en los detalles pequeños y constantes: llegar antes, avisar con tiempo, preparar la lectura aunque nadie la revise. Un ministerio florece con gente fiel más que con gente entusiasta: el entusiasmo dura una temporada; la fidelidad dura una vida.

5. Toda mi vida también proclama

Hermanos, la Palabra que anunciamos con la boca y la vida que llevamos son una sola proclamación. El cuerpo habla antes que la voz: el modo de caminar hacia el ambón, la inclinación ante el altar, la sencillez y el cuidado con que nos presentamos. Sobre esto último, seamos claros para que nadie se sienta incómodo: no hace falta ropa cara, sino ropa limpia y digna, la que uno se pone para un compromiso importante. El hermano más pobre de la comunidad puede presentarse con la mayor dignidad del mundo, y muchas veces así ocurre.

Y también nuestra vida entera acompaña la proclamación: participar de la Eucaristía, acercarnos con regularidad al sacramento de la Reconciliación, cuidar cómo tratamos a los nuestros. Nadie sube al ambón porque haya llegado a la perfección; todos vamos de camino. Lo que la Iglesia pide es precisamente eso: que seamos peregrinos en camino de conversión, coherentes con lo que proclamamos, sostenidos por la misma gracia que anunciamos a los demás.

⏸ TERCER CUCHICHEO: Si alguien que nunca ha entrado a una iglesia nos viera subir al ambón el próximo domingo, ¿qué pensaría que estamos haciendo?

Algunos compromisos

Al salir recibirán un cuadernillo con todo el detalle: la semana del lector día por día, las reglas del ministerio y las recomendaciones de pronunciación. Aquí les dejo solamente cinco compromisos para llevarse en la memoria.

Primero: la lectura del domingo se prepara desde el martes.

Segundo: la lectura no solo se estudia; también se ora con ella. Un día de la semana, a solas, le pregunto al Señor: ¿qué me estás diciendo a mí con esto?

Tercero: se lee en voz alta antes de venir, de pie, varias veces.

Cuarto: se llega quince minutos antes de la Misa, se revisa el leccionario y el micrófono, y se hace una oración breve.

Quinto: se permanece en la Misa completa y se comulga, procurando llegar siempre bien preparados a la Comunión. Si alguna vez hay una razón que lo impide, lo sabio es repararla con prontitud, acercándose pronto al sacramento de la Reconciliación: quien sirve a la Palabra está llamado también a tratar santamente lo santo.

Y tres reglas propias del ministerio: se lee siempre del leccionario, nunca de una hoja suelta o del teléfono; se lee siempre desde el ambón; y no se añade ni se quita nada al texto —ni saludos, ni comentarios personales.

Si de todo esto solo pudieran llevarse una cosa, que sea esta: oren con la lectura antes de proclamarla. De ahí nace todo lo demás.

Conclusión

Queridos hermanos, el Papa Francisco pidió, al instituir el Domingo de la Palabra de Dios, que no faltara esfuerzo alguno para que algunos fieles se prepararan como verdaderos anunciadores de la Palabra (cf. Aperuit illis, 3). Verdaderos anunciadores. Eso son ustedes.

Como los apóstoles junto al lago, no fabrican el pan: lo llevan hasta las manos de quien tiene hambre. Y como Agustín bajo la higuera, y como Agustín cantando los salmos en Milán, alguien en nuestras parroquias va a ser alcanzado este domingo por una Palabra que no sabíamos que necesitaba. Ninguna palabra de Dios vuelve vacía.

Que la Virgen Santísima, que guardaba la Palabra en su corazón antes de pronunciarla, nos enseñe ese mismo camino.

Señor Jesús, Palabra eterna del Padre: danos sencillez, humildad, docilidad, reverencia y fidelidad para este servicio. Que la Palabra que anunciamos con la boca la vivamos con la vida, y que por nuestra voz alguien encuentre hoy el camino de vuelta a casa. Amén.

¡Alabado sea Jesucristo!

*Formación para lectores en la Vicaría san Juan Bautista – Arquidiócesis de San Salvador
12/09/2026