Fecha: 17/09/2026
Frase: “El objetivo de esta parábola de los trabajadores de la viña, refleja la crisis del primer cristianismo: eran los fariseos, los judíos que se convertían al cristianismo, que se sentían dueños del cristianismo, porque era la Biblia, era Cristo. Y decían que ellos habían venido a adorar al Dios desde las primeras horas del día, se sentían con derechos, en cambio a estos gentiles que San Pablo iba encontrando y dándoles a conocer el mismo Cristo los consideraban como cristianos de segundo orden. Y San Pablo y la primitiva comunidad decían que sólo en Cristo hay salvación. Y el judío no se salva por guardar la ley de Moisés, sino por creer en Cristo. Y el gentil, el pagano, se salva por Cristo. Uno y otro no tienen derechos, más que agradecimiento al Cristo. Y esto lo resolvió la primera comunidad, así como se resuelve la parábola de hoy: pagando igual a todos, es decir, dándoles a conocer el Dios que les acabo de presentar; un Dios que no reconoce privilegios, más que la santidad de cada hombre, venga de donde viniere. Para Dios, pues, no hay clases sociales; para Dios no hay categorías humanas. La única categoría es creer en Cristo v vivir conforme a esa fe” (24/09/1978)
1. Celebración de la Palabra (Ver)
• Is 55, 6-9. Mis planes no son vuestros planes.
• Sal 144. Cerca está el Señor de los que lo invocan.
• Flp 1, 20C-24. 27a. Para mí la vida es Cristo.
• Mt 20, 1-16. ¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?
¿Cómo se ven las heridas que provocan las envidias en nuestro mundo hoy en día?
2. Catequesis (Juzgar)
El domingo pasado cerramos el discurso sobre la vida de la Iglesia con la parábola del siervo que, perdonado de una deuda imposible, no supo perdonar a su compañero. Hoy Jesús nos cuenta una historia hermana de aquella. Si allí el problema era no dar la misericordia recibida, aquí es no soportar la misericordia que Dios da a otros. La parábola de los obreros de la viña toca una fibra muy honda del corazón humano: la manía de compararnos y de llevar la cuenta.
I. Una viña, un jornal y cinco llamadas
Pedro acaba de preguntarle a Jesús: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos?» (Mt 19,27). Es una pregunta honesta, casi de contador. Jesús responde con una frase que suena a enigma, «muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros» (Mt 19,30), y la explica con esta parábola.
Un dueño sale al amanecer a contratar trabajadores para su viña. En la Biblia la viña es el pueblo de Dios (Is 5,1-7), pero también es algo muy personal: está plantada dentro de cada uno, y cada virtud que cultivamos es una de sus vides. Lo llamativo es que el dueño no manda a nadie; sale él mismo, y no una vez, sino cinco, hasta que casi oscurece. Con los primeros pacta un denario, el jornal justo de un día. A los siguientes les promete «lo que sea justo» (Mt 20,4). A los últimos no les promete nada: solo les abre la puerta. La confianza va creciendo a medida que pasan las horas, y los contratos se vuelven cada vez más sencillos, hasta que al final ya no hay contrato, sino pura invitación.
A las cinco de la tarde, el dueño pregunta a unos hombres por qué siguen en la plaza. La respuesta es de las más tristes del Evangelio: «Porque nadie nos ha contratado» (Mt 20,7). No eran flojos; eran los que nadie quiso. Es una escena muy nuestra: en tantas esquinas de América Latina hay hombres esperando que alguien los lleve a trabajar, viendo caer la tarde con las manos vacías. Jesús no inventa una escena abstracta; habla de la vida real, y precisamente allí coloca a un Dios que sale a buscar a los que nadie buscó.
¿Por qué algunos llegan tan tarde? No es que Dios llame tarde. El Señor llama a todos desde temprano; somos nosotros los que tardamos en responder, como explica san Juan Crisóstomo:
«En cuanto del amo dependía, a todos los contrató; pero si no todos le obedecieron al mismo tiempo, la diferencia dependió de la distinta disposición de los que fueron llamados.» (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 64,3) Así fue con el buen ladrón, que respondió en la última hora de su vida. El dueño no reprocha la tardanza; abre la puerta cuando el corazón está listo.
Llegada la noche, el dueño manda pagar «comenzando por los últimos» (Mt 20,8). Quiere que los primeros vean. Estos, al ver que los de una sola hora reciben un denario, suponen que ellos recibirán más. Cuando cobran lo pactado, murmuran: «los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor» (Mt 20,12). No dicen que se les pagó mal; lo que no toleran es que al otro se le haya pagado bien. El dueño responde: «¿O vas a tener tú un ojo malo porque yo soy bueno?» (Mt 20,15). En la Biblia, el «ojo malo» es la envidia.
II. El ojo que no soporta la bondad
El verbo «murmurar» tiene historia. Es el de Israel quejándose en el desierto a pesar del maná (Ex 16,7-8), y el de los fariseos que criticaban a Jesús porque «recibe a los pecadores y come con ellos» (Lc 15,2). Los obreros del alba se parecen al hermano mayor del hijo pródigo y a Jonás, enojado porque Dios perdonó a Nínive. Han cumplido, pero su problema está en la mirada. Han servido toda la jornada sin descubrir que estar en la viña desde temprano ya era un regalo. Y la murmuración es incompatible con el Reino: donde el Reino entra de verdad, la queja se acaba.
Cuando el dueño dice «yo soy bueno», habla como Dios. Poco antes, Jesús había dicho: «Uno solo es bueno» (Mt 19,17). Después de que Israel adoró el becerro de oro, Dios no lo abandonó, sino que se reveló a Moisés como «Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Ex 34,6). Frente a la infidelidad, responde con una fidelidad mayor. Tampoco destruye la justicia: nadie fue defraudado. Su generosidad se levanta sobre ella.
Jesús contó esta parábola porque Él mismo era criticado por comer con publicanos y pecadores. Y la Iglesia enseña dónde estaba el verdadero escándalo:
«Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos.» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 589)
La parábola es un autorretrato. El dueño que sale una y otra vez a la plaza es Cristo, que no se cansa de buscar. Quien no soporta esa búsqueda termina, sin darse cuenta, discutiendo con el mismo Dios.
III. El talento que la envidia no ve
Este resentimiento aparece en cualquier ambiente. Basta que alguien lleve años en un trabajo, un grupo o una amistad para que, cuando llega alguien nuevo y es valorado o querido con la misma intensidad, algo se remueva por dentro. No hace falta que a uno le quiten nada; basta con que al otro le den. Así lo describió san Juan Crisóstomo hablando de los obreros del alba:
«[…] sin que su paga disminuyera un ápice, se enfadan y apenan por el bien de los otros, lo que constituye la esencia misma de la envidia y malquerencia.» (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 64,3)
Ese malestar casi nunca se llama envidia; se disfraza de justicia o de experiencia. Y cuanto más íntimo es el ambiente, más duele, porque toca el miedo a no ser suficiente y a que otro ocupe el lugar ganado con años.
Muchas veces esta es la experiencia de la vida de familia. El hijo mayor que siente que se le exigió más, los hermanos que comparan quién cuidó más a los padres, los esposos que llevan la cuenta silenciosa de quién cede más. Ni siquiera los discípulos se libraron: justo después de esta parábola, la madre de los hijos de Zebedeo pide para ellos los primeros puestos (Mt 20,20-21). Pero el amor familiar verdadero no se rige por el mérito, sino por la pertenencia. Un padre no ama más al hijo que más trabaja. En casa no se cobra: se pertenece. Alguien quiso hacer algo bonito por otro, y enseguida aparece quien compara: «a mí nunca me hizo eso», «yo llevo más tiempo y recibo menos». La comparación convierte un gesto de amor en reclamo y nos roba la alegría de lo que sí tenemos. Y nos hace olvidar lo esencial: lo más importante no es lo que el otro me dio, sino haber estado con él. Un regalo se puede medir; una presencia, no.
Los obreros de la primera hora tuvieron algo que los últimos no alcanzaron a tener: toda la jornada junto al dueño, bajo su mirada. Obsesionados con el denario, olvidaron que la verdadera paga había sido el día compartido con él. Lo mismo nos pasa con Dios cuando medimos la vida espiritual por consuelos o resultados, y comparamos nuestra sequedad con la aparente cercanía que Dios tiene con otro. Sin darnos cuenta, nos volvemos como los obreros que murmuran, calculando lo que Dios nos debe. Él no necesita nuestras obras; nos las confía para nuestro bien. Lo que de verdad cuenta es que Dios quiso pasar el día con nosotros. Ese es el talento que la envidia jamás alcanza a ver.
IV. Un corazón agradecido
El denario que el dueño entrega a todos no es una moneda cualquiera: es la gracia del Espíritu, es Dios mismo dándose. Por eso nadie recibe menos. Al atardecer de la vida seremos examinados en el amor, no en las horas trabajadas. Santa Teresa del Niño Jesús lo entendió así y oraba:
«En la tarde de esta vida compareceré delante de ti con las manos vacías, pues no te pido, Señor, que lleves cuenta de mis obras.» (Santa Teresa del Niño Jesús, Acto de ofrenda al Amor misericordioso) Esa es la sabiduría del Evangelio de hoy: dejar de medir, dejar de comparar y dejar que nos sorprenda la bondad de un Dios que no lleva cuentas.
La gratitud es la virtud que desarma por dentro a los obreros de la primera hora. Mientras la envidia mira lo que recibe el otro, la gratitud mira lo que uno mismo ya tiene, y por eso nunca se siente disminuida por el bien ajeno. El agradecido sabe que todo lo recibido —el trabajo, la salud, el tiempo compartido con el dueño de la viña— fue un don antes que un mérito, así que no lleva cuentas ni las exige. Santo Tomás enseña que la gratitud responde al beneficio recibido con un amor que quiere corresponder, no con un cálculo que compara; por eso quien es agradecido se alegra con quien recibe, en vez de dolerse por ello. La murmuración nace de creer que el bien es limitado y que lo que gana el otro me lo quita a mí; la gratitud, en cambio, sabe que el amor de Dios no se reparte por porciones, sino que se da entero a cada uno.
Por eso la gratitud es el remedio exacto para el «ojo malo» del que habla la parábola. El agradecido no pregunta «¿por qué él recibió lo mismo que yo?», sino «¿por qué yo recibí tanto?», y esa sola pregunta cambia el corazón. Vivir agradecidos es reconocer que ya estar en la viña, ya haber pasado el día con el Señor, es la verdadera paga, y que todo lo demás es añadidura. Así se entiende por qué santa Teresita quería presentarse ante Dios con las manos vacías: no porque no hubiera trabajado, sino porque hasta su trabajo lo reconocía como gracia. La gratitud, entonces, no es un sentimiento pasajero, sino una manera estable de mirar la vida que convierte cada don recibido —propio o ajeno— en motivo de alabanza y no de comparación.
Practicar la gratitud empieza por un gesto sencillo y diario: antes de dormir, nombrar en voz alta o por escrito tres cosas concretas recibidas ese día, sin dejar que se pierdan en la rutina.
Conviene también convertir la oración de la mañana en acción de gracias antes que en petición, empezando el día reconociendo lo que ya se tiene en vez de pedir lo que falta. Ayuda igualmente frenar el impulso de comparar: cuando surja la queja por lo que otro recibió, sustituirla por un «gracias» concreto por lo propio, porque la gratitud se entrena contrarrestando directamente a la envidia en el mismo instante en que aparece. Y conviene expresarla hacia afuera, no solo sentirla por dentro: decirle a la persona —o a Dios en la oración— exactamente qué se agradece y por qué, porque la gratitud que se calla se debilita, y la que se dice en voz alta se hace costumbre del corazón.
3. Edificación espiritual (Actuar)
- ¿En qué momentos de mi vida me he comparado con otros y he sentido que Dios o las personas fueron injustos conmigo?
- ¿Vivo mi fe como una carga que Dios debe recompensar o como un regalo que agradezco?
- ¿Me alegro sinceramente cuando alguien que llegó después que yo recibe reconocimiento, cariño o una responsabilidad?
- ¿Cómo puedo cultivar la gratitud hoy?