Los pluralistas constituyen el último grupo de filósofos presocráticos. Su denominación hace referencia al rasgo que los une: el principio primero no es uno sino múltiple. Esta pluralidad no es caprichosa sino que responde a una necesidad filosófica: frente a la aporía parmenídea, que dejaba sin explicación la multiplicidad del mundo sensible con un principio único, los pluralistas buscan una salida manteniendo la inmutabilidad eleática de los principios pero multiplicándolos. Empédocles, Anaxágoras, Leucipo y Demócrito representan los principales intentos de esta solución.
Empédocles: los cuatro elementos y el amor y el odio
Empédocles de Agrigento, nacido en Sicilia en los primeros años del siglo V a.C., es el primer filósofo que busca conciliar la aporía parmenídea con el testimonio de los sentidos. Acoge el principio eleático de la inmutabilidad de lo real: nada nace ni perece en sentido absoluto, sino que las cosas se componen y se disuelven. Pero no rechaza la existencia del mundo tal como los sentidos lo presentan. Su solución consiste en introducir no uno sino cuatro principios materiales inmutables y eternos: fuego, agua, aire y tierra, que él denomina «raíces» de todas las cosas. Todos los seres del universo —árboles, hombres, animales, dioses— están compuestos de estos cuatro elementos en proporciones variables.
Los cuatro elementos solos no bastan para explicar el movimiento: son inertes y no se mueven por sí mismos. Empédocles añade dos principios causales opuestos: el Amor, que une y congrega los elementos produciendo la generación de las cosas, y el Odio o Discordia, que los separa produciendo la corrupción. Estos dos principios actúan cíclicamente: en un período domina el Amor y los elementos se unen formando una esfera perfecta; en otro domina el Odio y los elementos se separan absolutamente. El mundo conocido surge en las fases de transición, cuando Amor y Odio compiten y los elementos se mezclan en proporciones intermedias.
La teoría del conocimiento de Empédocles descansa en el principio de que lo semejante es conocido por lo semejante: «con la tierra vemos la tierra, con el agua el agua, con el aire el aire y con el fuego el fuego destructor». El conocimiento sensible se explica por un contacto entre los elementos de las cosas y los elementos de los órganos sensoriales. Este principio de asimilación, despojado de su materialismo, será recogido y transformado por Aristóteles en su explicación del conocimiento como posesión intencional de la forma del objeto conocido.
Anaxágoras y la Inteligencia ordenadora
Anaxágoras de Clazomene, nacido hacia el año 500 a.C., fue quizá el primer pensador que trasladó la filosofía a Atenas, donde enseñó durante treinta años antes de ser procesado por impiedad y exiliado a Lámpsaco, donde murió hacia el 428. Su punto de partida es el mismo que el de Empédocles: los griegos no juzgan rectamente cuando admiten el nacimiento y la destrucción, pues ninguna cosa nace ni perece, sino que se compone y se disuelve a partir de las existentes. Pero a diferencia de los cuatro elementos de Empédocles, Anaxágoras postula un primer principio que es una mezcla confusa de infinitas sustancias —llamadas por Aristóteles homeomerías— cualitativa y cuantitativamente diferentes entre sí.
Las homeomerías son entidades ilimitadamente pequeñas, invariables y eternas. Del mismo modo que los alimentos que tomamos se convierten en pelo, venas, carne y huesos, debe haber en ellos partículas de pelo, venas, carne y huesos en proporciones infinitesimales. «Todo está en todo», afirma Anaxágoras: en cada cosa hay partes de todas las demás, aunque la naturaleza de cada cosa viene determinada por el ingrediente predominante. La generación de las cosas se explica así como un proceso de diferenciación a partir de la mezcla originaria.
El elemento más original y filosóficamente más significativo del pensamiento de Anaxágoras es el Nous o Inteligencia. «La Inteligencia es infinita, autónoma y no está mezclada con ninguna, sino que ella sola es por sí misma. Es la más sutil y la más pura de todas; tiene el conocimiento todo sobre cada cosa y el máximo poder». El Nous es el único principio separado de la materia, lo que le otorga una naturaleza cualitativamente diferente de todo lo demás. Su función consiste en dar inicio al movimiento rotatorio del cosmos que produce la diferenciación de las cosas. La crítica de Aristóteles fue que Anaxágoras solo utiliza el Nous como «recurso» cuando no encuentra otra explicación, sin extraer todas sus consecuencias. Pero la intuición de un principio ordenador y cognoscente, separado de la materia, fue un paso de gran importancia hacia la metafísica.
Los atomistas: Leucipo y Demócrito
Leucipo y su principal discípulo Demócrito, nacido en Abdera hacia el 460 a.C., fundaron la escuela atomista, que representó el intento más coherente de superar la paradoja eleática desde dentro del materialismo. Los atomistas aceptan de Parménides que el ser es uno, lleno, compacto e indivisible; pero multiplican el ser hasta el infinito: los átomos —del griego a-tomos, indivisible— son unidades llenas y compactas, cualitativamente idénticas entre sí y que solo se diferencian por su figura, tamaño, posición y orden. Junto a los átomos existe el vacío, que para los eléatas era el no-ser absoluto, pero que para los atomistas tiene realidad: sin él no habría movimiento ni multiplicidad.
Los átomos están en continuo movimiento en el vacío infinito, originario y eterno. Cuando se juntan, producen la generación de los cuerpos; cuando se separan, producen la corrupción. La diversidad cualitativa de las cosas se explica por las diferencias puramente geométricas de los átomos: su figura, orden y posición determinan las propiedades de los compuestos. La causa de este movimiento no es, como en Empédocles o Anaxágoras, un principio externo, sino la misma naturaleza inestable de los átomos. Por eso Aristóteles caracteriza la filosofía atomista como una filosofía del azar: sin causa final, sin finalidad, las cosas se originan por la confluencia fortuita de los átomos. Esto no significa que los atomistas nieguen la causalidad, sino que desconocen la causa final.
La explicación atomista del conocimiento es coherente con su materialismo: también el alma consta de átomos —los más finos y esfáricos, semejantes al fuego—, y el conocimiento sensible e intelectual se explica por el contacto entre átomos. Demócrito distinguía, sin embargo, entre el conocimiento oscuro —el sensible— y el conocimiento legítimo —el intelectual—, reconociendo implícitamente que la razón capta algo que los sentidos no pueden. Esta tensión interna entre el materialismo atomista y las exigencias de la razón prefigura los problemas que Platón y Aristóteles tendrán que resolver.
Conclusión
Los pluralistas lograron salvar la multiplicidad y el movimiento del mundo sensible que el eleatismo parecía comprometer, pero a costa de no resolver el problema más profundo: la ausencia de causa final y la incapacidad de explicar el conocimiento racional desde principios puramente materiales. La solución atomista es la más coherente desde un punto de vista materialista, pero también la que deja más preguntas abiertas. De este caos atómico y movimiento caótico no podía nacer un cosmos si no se admitía también lo inteligible y la inteligencia. El siguiente capítulo estudia el giro que la filosofía da con los sofistas y Sócrates: del cosmos al hombre, de la cosmología a la ética.
Apuntes de Historia de la Filosofía en base a los Manuales de EUNSA y Herder, formateados con asistencia de IA