Entre sueños y persecuciones

Martes – XXXIV semana del tiempo ordinario – Año impar

Dn 2, 31-45; Salmo: Dn 3, 57-61; †Lc 21, 5-11.

En el pasaje de este día vemos como Daniel busca conducir al rey hasta el conocimiento de Dios, deja claro el profeta como la gracia de interpretar el sueño no es mérito propio sino que viene del Altísimo, asimismo insiste en que el origen del poder que tiene el rey es Dios, pues Él se lo ha concedido.

La interpretación que realiza Daniel contrapone la estatua hecha por diversos materiales del más fuerte al más debil a la firmeza de la montaña y la roca, claramente ve el profeta diversos reinos que se siguen el uno al otro, pero cada vez más débiles, al final serán derrotados por la roca que se desprende la montaña, símbolo de un reino más poderoso.

Los primeros cristianos vieron en esta roca una imagen de Jesús, la roca de nuestra salvación, y como al final de los tiempos será Él a triunfar sobre todos los otros reinos, ¿no se por eso que decimos que “sentado a la derecha del Padre de venir de nuevo con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”? ¿no es lo que decimos en la misa luego de la consagración “anunciamos tu muerte y proclamos tu resurrección, ven Señor Jesús? ¿no es esto lo que pedimos en el Padre Nuestro cuando decimos “venga tu Reino”?

El Reinado del Señor comienza a manifestarse ya en este mundo cuando entramos en su voluntad y su majestad resplandece en el testimonio de una vida coherente a la fe y un día llegará a su plenitud con la Parusía, la segunda venida del Señor.

«Él nacido del Padre antes de todos los siglos, Verbo Dios, Hijo unigénito, permanece siendo el mismo por siempre. En efecto, “su reino no tendrá fin”, como dijo el profeta Daniel. Por lo tanto, todos debemos amarnos unos a otros en armonía, y nadie debe considerar a su prójimo según la carne, sino conforme a Cristo Jesús. Que no haya nada en vosotros que pueda separaros, sino que estéis unidos al obispo sometidos por él a Dios en Cristo»

Ignacio de Antioquía, Carta a los magnesios, 6

Los acontecimientos narrados por Daniel parecen encontrar un eco en las palabras de Jesús, pues ante la maravilla que representaba la belleza del Templo anuncia su destrucción, pero es más anuncia la caída de Jerusalén y el juicio universal. Y aunque no dice cuándo sucederá, si dice que por ese entonces los cristianos serán perseguidos por lo cual les dice la actitud que deben de mantener en esa ocasión.

La primera de todas es la serenidad para no dejarse gobernar por el temor ni el engaño. En todo nuestro camino de fe, a lo largo de todo el desarrollo de toda nuestra vida espiritual, la serenidad es un elemento clave, pues nos mantiene alejados de las tinieblas de la desesperación y del error. Para nosotros no se trata del cuando llega sino de cómo nos preparamos al encuentro definitivo con el Señor. Lo que se nos pide es fidelidad y perseverancia.

«El Señor dice los males que habrán de ocurrir antes del fin del mundo para que, anunciados así, se inquieten menos los hombres en lo futuro. Hieren menos las flechas que se previenen. Por esto dice: «Y cuando oyereis guerras y sediciones», etc. Las guerras son propias de los enemigos, y las sediciones de los ciudadanos, para que sepamos, pues, que seremos turbados exterior e interiormente, dice que tendremos que sufrir de nuestros enemigos y de nuestros hermanos.»

San Gregorio, in evang. hom. 35

 Nota: la imagen representa la reconstrucción del Templo de Jerusalén del Maestro de l’Échevinage (siglo XV)