IV- De las raíces y causas de las tristezas, y de sus remedios

Tomado de “Ejercicios de perfección y virtudes cristianas” del P. Alfonso Rodríguez – De la Tristeza y la alegría – Cap. IV

Pero veamos las raíces y causas de donde suele nacer la tristeza, para que así apliquemos los remedios necesarios. Casiano y San Buenaventura dicen[1] que la tristeza puede nacer d emuchas raíces. Algunas veces nace de enfermedad natural de humor melancólico que predomina en el cuerpo, y entonces el remedio más pertenece a los médicos que a los teologos; per hase de advertir que ese humor melancólico se engendra y aumenta con los pensamientos melancólicos que uno tiene.

Y así dice Casiano[2] que no menor cuidado habemos de poner en que no entren ni nos lleven tras sí estos pensamientos tristes y melancólicos, que en los pensamientos que nos vienen contra la castidad o contra la fe, por los daños grandes que dijimos nos pueden de eso venir.

Otras veces, dice que sin haber precedido causa alguna particular que provoque a ello, de repente se suele hallar uno tan triste y melacólico, que no gusta de nada, ni aún de los amigos y conversaciones que antes solía gustar; sino todo le enfada y le da en rostros, y no querría tratar ni conversar con nadie: y si trata y habla, no es con aquella suavidad y afabilidad que solía, sino con sacudimiento y desgracia.

De donde podemos colegir, dice Casiano, que nuestras impaciencias y palabras ásperas y desabridas no nacen siempre de ocasión que nos den nuestros hermanos para ellos, sino de acá dentro; en nosotros está la causa: el no tener mortificadas nuestras pasiones es la raíz de donde nace todo eso.

Y así, no es el remedio para tener paz, el huir el trato y conversación de los hombres, ni nos manda Dios eso, sino el tener paciencia y mortificar muy bien nuestras pasiones; porque si estas no mortificamos, dondequiera que vamos y a donde quiere que huyamos, llevamos con nosotros la causa de las tentaciones y turbaciones.

Bien sabido es aquel ejemplo que cuenta Surio[3], de un monje, el cual, por razón de su cólera e ira poco mortificada, era pesado a sí y a los otros; determinose de salir del monasterio del santo abad Eutimio, en el cual vivía, pareciéndole que estando quitado de tratar con otros y viviendo solo, cesaría la ira, pues no tendría ocasiones con que airarse.

Hácelo así, y encerrándose en una celda, llevó consigo un cántaro de agua, y por arte del demonio se le derramó; levantole y volviole a llenar de agua, y segunda vez se derramo cayendo en el suelo; volvió tercera vez a llenarle y ponerle bien, y tercera vez se le derramó; entonces, con más cólera que solía, coge el cántaro y da con él en el suelo haciéndole pedazos.

Acabando de hacer esto, cayó en la cuenta y echó de ver que no era la compañía de los monjes y la comunicación con ellos la causa de su caída en impaciencias e iras, sino su poca mortificación, y al fin se volvió a su monasterio. De manera, que en vos está la causa de vuestra inquietud e impaciencia y no en vuestros hermanos: moritificad vos vuestras pasiones, y de esa manera, dice Casiano, aún con las bestias fieras tendréis paz, conforme a aquello de Job *Las bestias fieras mansas para ti[4], cuanto más con vuestros hermanos.

Otras veces, dice san Buenaventura, que suele nacer la tristeza de algún trabajo que sobreviene, o de no haber alcanzado alguna cosa deseada. Y san Gregorio y san Agustín y otros santos ponen también esta raíz, y dice[5] que la tristeza del mundo nace de estar uno aficionado a las cosas mundanas; porque claro está que se ha de entristecer el que se viere privado de lo que ama.

Pero el que estuviere desasido y desaficionado de todas las cosas del mundo, y pusiere todo su deseo y contento en Dios, estará libre de la tristeza del mundo. Dice muy bien el Padre Maestro Ávila: no hay duda, sino que el penar viene del desear, y así a más desear, más penar; a menos desear, menos penar; a ningún desear, descansar. De manera, que nuestros deseos son nuestros sayones; esos son lso verdugos que nos artomentan y dan garrote.

Descendiendo en esto más en particular y aplicándolo a nosotros, digo que muchas veces la causa de la tristeza del religioso es no estar indiferente para todo aquello en que le puede poner la obediencia; eso es lo que le suele traer muchas veces triste y melancólico, y lo que le hace ande con pena y sobresalto: si me quitaran esto, en que me hallo bien; si me mandaran aquello, a que tengo repugnancia.

Así lo dice san Gregorio: Porque desea uno tener lo que no tiene, o teme perder lo que tiene, por eso anda con pena y con sobresalto[6]. Pero el religioso que está indiferente para cualquier cosa que le ordenare la obediencia, y tiene puesto todo su contento en hacer la voluntad de Dios, siempre anda contento y alegre, y nadie le podrá quitar su contento; bien podrá el superior quitarle de este oficio y de este colegio; pero no podrá quitarle el contento que en eso tiene; porque no le ha él puesto en estar aquí o allí, ni en hacer este oficio o aquel, sino en hacer la voluntad de Dios.

Y así consigo lleva siempre su contento, donde quiera que fuere y en cualquiera cosa que le ocuparen. Pues si quereis andar siempre alegre y contento, poned vuestro contento en hacer la voluntad de Dios en todas las cosas, y no le pongais en esto o aquello, ni en hacer vuestra voluntad, porque ese no es medio para tener contento, sino para tener mil descontentos y sinsabores.

Declarando esto más, lo que suele ser muy comunmente causa y raíz de nuestras melancolías y tristezas, es, no el humor de melancolías y tristezas, sino el humor de soberbia que reina mucho en nuestro corazón, como dijimos tratando de la humildad[7]; y mientras ese humor reinare en vuestro corazón, tened por cierto que nunca os faltarán tristezas y melancolías, porque nunca faltarán ocasiones; y así, siempre vivireis con pena y con tormento.

Y a esto podemos reducir lo que acabamos de decir, de no estar uno indiferente para cualquier cosa que la obediencia le quisiere mandar; porque muchas veces no es el trabajo, ni la dificultad del oficio, lo que se nos pone delante, que mayor trabajo y mayores dificultades suele haber en los oficios y puestos altos que nosotros apetecemos y deseamos; sino la soberbia y el deseo de honra Eso es lo que nos hace fácil lo trabajoso, y pesado lo que es más fácil y ligero, y lo que nos trae tristes y melancólicos en ellos; y aún sólo el pensamiento y temor si nos han de mandar aquello, basta para eso.

El remedio para esta tristeza bien se ve que será ser uno humildad y contestarse con el lugar bajo. Ese tal estará libre de todas las tristezas y desasosiegos, y gozará de mucha paz y descanso. *Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas[8]*. De esta manera declara san Agustín estas palabras: dice que si imitamos a Cristo en la humildad no sentiremos trabajo ni dificultad en el ejercicio de las virtudes, sino mucha facilidad y suavidad[9].

Porque lo que hace eso dificultoso, es el amor propio, la voluntad y juicio propio, el deseo de la honra y estimación y del deleite y comodidad; y todos estos impedimentos quita y allana la humildad, porque ella hace que el hombre se tenga en poco a sí mismo, y niegue su voluntad y juicio, y desprecie las honras y estimación, y todos los bienes y contentos temproales; y quitando esto, no se siente trabajo, ni dificultad en el ejercicio de las virtudes, sino grande paz y descanso.

Capítulo anterior: III-Que no han de bastar las culpas ordinarias en que caemos para quitarnos esta alegría

Notas:

*La imagen es un dibujo de Carlos Saenz de Tejada que muestra a san Ignacio convaleciente y leyendo

*Las negritas y los espacios entre párrafos son ajustes míos para facilitar la lectura.

 

[1] Cas lib. 9 de instit. Renunt. – Bonav. Tract. De reform. Mentis, cap 12

[2] Cap. I

[3] Surius, in vita Sancti Eutimii, mensa Januarii

[4] Bestiae terrae pacificae erunt tibi. Job, V, 23

[5] Greg. Lib. 22 Mor., cap. 14-Aug. sup.illud Ps. 7 «concepit dolorem, et peperit iniquitatem;» el tract. 14 super Joan.

[6] Quia aut non habita concupiscit, ut habeat; aut adepta metuit, ne amittat ; et dum in adversis sperat propsera, in prosperis formidat adversa, huc illucque, quasi quibusdam fluctibus volvitur, ac per modos varios rerum alternantium mutabilitate versatur. Greg. Lib. 22 Mor., c. 14

[7] Trat. 3, c.22

[8] Discite a me, quia mitis sum et humilis corde, et invenientis requiem animabus vestris. Matth., XI, 29

[9] Aug. Super Ps. 93.