Nuestra herencia

XIII Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C

“El Señor es la parte que me ha tocado en herencia: mi vida está en sus manos” (Sal 15, 2)

Nuestra madre la Iglesia nos enseña que todo bautizado, ha sido consagrado por el Señor para llevar una vida de santidad, ha sido separado del reino del pecado y de la muerte para comenzar una nueva vida de hijo de la luz y lleva inscrito en su corazón un deseo de llevar plenitud esa vida divina que recibió aquel día en el que el Señor lo llamó a formar parte de su Santa Iglesia, de su Pueblo elegido.

Conforme crece en edad y en la fe, todo hombre descubre en su interior que el Señor le llama a seguirlo de algún modo en particular, según el Espíritu Santo le va indicando, así hay hermanos que se consagran al servicio de Dios y de sus hermanos a través de la vida religiosa, según la diversidad de carismas, encontramos hombre y mujeres que entregan su vida a la atención de los enfermos, la educación de niños y jóvenes, el cuidado de los ancianos, entre otros; existen otros cristianos que son llamado a abandonar el mundo para vivir en la clausura una vida de combate espiritual más intenso, una vida de oración, de trabajo, de comunidad, de estabilidad y de obediencia, intercediendo por todo el Cuerpo de Cristo.

Otros hermanos nuestros, se experimentarán llamados a vivir su fe en la comunidad de vida y amor a la que llamamos matrimonio, en la cual un hombre y una mujer unen sus vidas, entregándose el uno al otro por amor para ayudarse en este camino de peregrinaje hacia la patria eterna, a la vez que hacen crecer la comunidad cristiana con la procreación y educación de la hijos; habrá quienes de nuestros hermanos que sin dejar de ser laicos consagraran su vida en la profesión de los consejos evangélicos, viviendo muchas veces en comunidad, buscando colaborar en la transformación del mundo desde dentro.

Habrán otros hermanos nuestros que poniéndose al servicio de los fieles abrazaran el sacramento de la misión apostólica y serán consagrados como sacerdotes de Cristo, colaborando con los obispos, buscarán apacentar el Pueblo santo de Dios con su guía, lo instruirán con el anuncio del Evangelio, y lo fortalecerán con la vida de la gracia a través de los Sacramentos, de modo particular, ofreciendo por ellos y por todos los hombres el santo Sacrificio de la Misa.

Independientemente cual ha sido nuestra vocación , todos estamos llamados a vivir nuestro seguimiento de Cristo de modo radical, es decir, con toda su profundidad, afincando nuestras raíces en el amor de Jesús, un amor que nos abre a nuestros hermanos, a servirles con alegría y gozo, para que todo el mundo experimente el amor con Cristo nos ha amado. Por eso aquí no caben medias tintas, no hay espacio ni tiempo para la mediocridad, el cristiano o busca vivir en santidad o niega su propia naturaleza. Para nosotros, queridos hermanos, no puede haber otra herencia que abrazar a Cristo y la vida nueva para la cual nos creó y nos llamó “El Señor es nuestra herencia”.

A veces pudiera ser que nos sintamos desanimados en el camino de la fe al contemplar tantos escándalos que hay el mundo, dicho de un modo sencillo y comprensible a todos desde el más pequeño al más grande aquí, a veces nos entristecemos ya que no entendemos por qué hemos de “portarnos bien” cuando vemos que tantos se “portan mal”, es más a veces parece que es más fácil y gratificante ser malo que ser bueno, y eso nos confunde, nos dan ganas de rendirnos y tirar la toalla, o al menos de “no esforzarnos tanto”.

Frente a esas ocasiones querido hermano, recuerda que el mal no vence, el mal no tiene la última palabra, que el pecado conduce a la muerte y a una muerte eterna, es el bien el que triunfa, es más por la Pasión, Muerte y Resurreción de Jesús podemos afirmar que el bien ya ha triunfado, a ti Dios te ha creado para la vida, y vida en abundancia, para la felicidad eterna en la amistad viva que sólo encuentras con Él, te ha llamado a formar parte de su Iglesia para que comiences a pregustar de esa herencia de felicidad eterna. San Juan XXIII se planteaba esta verdad todos los días diciendo: “Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en éste también.”

Es movido por esta verdad que el salmista decía “Por eso se alegra el corazón y el alma y mi cuerpo vivirá tranquilo, porque Tú no me abandonarás a la muerte, ni dejarás que sufra yo la corrupción. Enséñame el camino de la vida, sáciame de gozo en tu presencia y de alegría perpetua junto a ti”

Frente al mal en el mundo nosotros no deberíamos sentirnos desanimados, sino interpelados, cuestionados, y exhortados a llevar una auténtica vida de santidad, a vivir de modo radical nuestra fe. Aunque no todos nos obligamos por votos a vivir los consejos evangélicos, todos estamos llamados a vivir su espíritu, puesto que el Evangelio es para todos, cada uno según su vocación particular, así anunciando la Buena Nueva con el testimonio de una vida virtuosa, anunciaremos el triunfo del bien sobre el mal, comenzando por la victoria de Cristo en nuestras vidas.

Concluyo, hermanos, diciéndoles que esto no es nada nuevo, los cristianos desde hace mucho tiempo lo han pregonado, lo recoge ya una antigua carta que data del año 158 aproximadamente y dirigida a alguien que pregunta por el modo de vida de los bautizados:

“Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña…

Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo.El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo…el alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar.» (Carta a Diogneto)

Alabado sea Jesucristo.

IMG: Mosaico de la Basílica de san Apolinar en Ravenna, que refleja el triunfo de los mártires