“Ejercicios espirituales. Venid descansad un poco. Siento, después de unos días abrumadores de trabajo y cansancio, la dulzura y la intimidad con Jesús. Cómo quisiera ganar en este necesario trato íntimo. Siento que Jesús me llama como un jefe, a planear una nueva fase, a confiarme un cargo. Será delicado. Le entrego todo. El mes del Corazón de Jesús me inspira el deseo de una consagración más a fondo. Quisiera distinguirme por eso: por ser el obispo del Corazón de Jesús y he sentido la riqueza y la trascendencia de estos ejercicios: la misericordia, la gracia, la paz, ¡un perdón tan necesario! Un renacer, ¡Una nueva fecundidad de mi bautismo y de mi ordenación! ¡Un resucitar la gracia que en mí está por mi ordenación!!” (San Óscar Romero, Cuadernos Espirituales 1, p. 39)
Una palabra previa sobre la espiritualidad del Corazón de Jesús
Antes de adentrarnos en el testimonio de san Óscar Romero, conviene recordar brevemente en qué consiste esta espiritualidad, para quienes se asoman a ella por primera vez. Cuando se habla del Sagrado Corazón muchos piensan rápidamente en su imagen, las experiencias de santa Margarita María Alacoque y la profunda devoción de los primeros viernes de mes, y aunque esto es totalmente válido tenemos que recordar que estamos ante una realidad más profunda. Recordemos al hablar del Corazón de Jesús estamos hablando de su amor con todo lo que ello implica, de cómo en su Corazón santísimo el amor de Dios y el amor del hombre han latido al unísono. Esta espiritualidad no consiste primariamente en una serie de prácticas determinadas – por buenas y nobles que sean y que pueden variar según el contexto histórico, social o geográfico- sino que, teniendo como base el acto de amor, acto esencial de la vida interior, busca disponer al hombre a corresponder con amor al Amor que el Señor le ha tenido, esto es el ejercicio de la virtud de la caridad en su más profunda expresión.
De ahí brotan sus dos actos característicos: la consagración, por la cual el hombre se entrega generosamente al Señor renovando sus promesas bautismales, y la reparación, por la cual busca devolver amor por amor, satisfaciendo por aquellos que no le aman. Es, además, una espiritualidad eminentemente eucarística, pues en la Santa Misa se actualiza el sacrificio de la Cruz, donde aquel Corazón fue traspasado, y de modo eminente misionera, porque quien se deja amar por Cristo no puede sino salir a compartir ese amor con los hermanos. Pues bien, todos estos elementos los encontramos vividos con notable intensidad en la vida y los escritos de san Óscar Romero.
Una aclaración necesaria
Conviene advertir desde el inicio que san Óscar Romero no desarrolló la espiritualidad del Corazón de Jesús como un tratado sistemático, ni nos ha dejado una gran cantidad de reflexiones predicadas sobre el tema de modo expreso. Lo que mueve estas líneas es otra cosa: el hecho de que Romero quiso ser “el obispo del Corazón de Jesús”, y esa expresión no es casual. Quienes le conocieron sabían de su honda devoción a este misterio, y ella aflora con naturalidad en las notas espirituales que aquí retomamos.
Por ello, aunque él no haya escrito propiamente nada sobre esta espiritualidad, quiero reflexionar brevemente sobre cómo de hecho vivió ese ideal al que aspiraba. Y este vivir queda confirmado de dos modos elocuentes: por la ofrenda que él mismo dejó escrita en sus Cuadernos Espirituales, y por su martirio, que vino a sellar aquella ofrenda. No busco, pues, atribuirle una doctrina que no formuló, sino contemplar en su vida la realización de un anhelo que él mismo confesó como propio.
El obispo del Corazón de Jesús
La devoción al Sagrado Corazón de Jesús es una constante en diversas meditaciones que san Óscar Romero nos ha dejado a través de diferentes apuntes espirituales. Lejos de ser un sentimiento pasajero, atraviesa toda su vida interior desde sus años de seminarista, como joven sacerdote hasta los últimos ejercicios espirituales que precedieron a su martirio. En sus escritos descubrimos a un hombre que hizo del Corazón de Cristo el centro de su consagración, el motivo de su esperanza y la fuente de su caridad pastoral. Contemplar su itinerario espiritual es, por ello, asomarnos a un testimonio luminoso de cómo se vive auténticamente esta espiritualidad en medio de las exigencias del ministerio y aun en la hora de la prueba.
La Consagración: confianza y santo abandono
El primer rasgo que encontramos en Romero es el de la confianza y el santo abandono en la voluntad de Dios, elemento característico de los grandes apóstoles del Sagrado Corazón. Él nos presenta el recurso al Corazón de Cristo en esta línea: la razón de su esperanza es siempre el amor del Señor que no defrauda, que en su Divina Providencia sabe por dónde nos lleva, y a quien se encomienda personalmente. Esto es propiamente lo que se encuentra en el fondo de cualquier consagración al Corazón de Jesús: un separarse de toda preocupación malsana, desterrar de sí todo afán desordenado de dominio para entregarse por completo al amor de Cristo, haciendo caso a sus palabras: “Vengan a mí todos los fatigados y agobiados, y yo los aliviaré… porque mi yugo es suave y mi carga es ligera” (Mt 11, 28-30).
Este abandono lo expresa el santo con notable audacia ya en su juventud sacerdotal, oponiendo la pequeñez de los cálculos humanos a la omnipotencia del amor de Dios:
“¡Confiad el Sagrado Corazón quiere que en su amor omnipotente ARROJES TODAS TUS POBRES SOLICITUDES…Él no tiene fin porque es eterno, Él no tiene miedo porque es omnipotente; unido a Él seré también eterno y omnipotente, sereno, impávido. Porque queremos hacer a Dios pequeño como nosotros, ciertas cosas no se las confiamos; porque nos parecen demasiado grandes, utópicas… ¿por qué? ¡Dios es tan pequeño como tus cálculos! ¡Blasfemo! Precisamente está allí el motivo de nuestra confianza: porque ignoramos humanamente cuál será la solución de tal o cual problema que nos preocupa. Ser la providencia de Dios incompresible a nuestros humanos cálculos, es el principal argumento que refuta nuestros temores mezquinos (14 de febrero de 1943)
La consagración constituye uno de los actos esenciales de esta devoción. En el fondo se trata de una donación generosa al Señor que busca reafirmar las promesas bautismales: en el sacramento por el cual se entra a la vida cristiana, el hombre ha sido marcado por el carácter como perteneciente a Dios, y en este acto busca manifestar su plena confianza y abandono en Aquel que le amó primero. Obedece de alguna manera al deseo que tiene el hombre de tener un punto firme en su vida, a partir del cual pueda interpretar la realidad y hacer frente a los vaivenes de la cotidianidad; necesita sentir en el fondo de sí “el pulso de una presencia fiable, perceptible con los sentidos de la fe… la presencia de Cristo, corazón del mundo” (Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 36).
Este ardor que renueva el acto de consagración denota también el matiz pasional y sentimental que tiene la espiritualidad del Sagrado Corazón; pero éste obedece en primer lugar a un acto de la voluntad libre, movida por el intelecto que en la fe ha conocido el amor redentor de Jesucristo. En Romero este acto fue tempranísimo y total, hecho con la entrega de quien sabe que ofrece la vida entera:
“Promitto (Prometo) Si, Cristo, por tu Sagrado Corazón yo prometo darme todo por tu gloria y por las almas. Quiero morir así en medio del trabajo; fatigado del camino, rendido, cansado, me acordaré de tus fatigas y hasta ellas serán precio de redención. Desde hoy te las ofrezco Señor Jesús, por tu Corazón y por las almas: ¡prometo!” (4 de abril de 1942)
La consagración al Corazón de Jesús resplandece además por su talante misionero, puesto que aquel que se entrega al amor del Señor buscará compartirlo con los demás. San Juan Pablo II, en el marco del centenario de la consagración del género humano al Corazón de Jesús, decía que “frente a la tarea de la nueva evangelización, el cristiano que, contemplando el Corazón de Cristo, Señor del tiempo y de la historia, se consagra a él y a la vez consagra a sus hermanos, se redescubre portador de su luz; y animado por su espíritu de servicio, contribuye a abrir a todos los seres humanos la perspectiva de ser elevados hacia su plenitud personal y comunitaria” (Mensaje con motivo del centenario de la consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús, 11 de junio de 1999, n. 3). Esto, que en otros queda en doctrina, en Romero lo vemos operante: el sacerdote que se ha consagrado se sabe enviado a hacer presente ese amor en medio de su pueblo.
La reparación
El otro acto por el cual se caracteriza la devoción al Sagrado Corazón es la reparación, y también esto lo vemos en san Óscar Romero. Satisfacer por aquellos que han faltado contra el amor del Señor está presente sobre todo en relación a la Eucaristía; podríamos decir que reparar es amar por aquellos que no le aman. El acto de reparación es una satisfacción a la justicia divina, pero en el Corazón de Jesús se encuentra más que eso: el hombre busca participar en el amor redentor de Cristo para consolarle auténticamente. La reparación no es sólo arrepentirse por el pecado cometido, sino dar el amor debido que no ha sido correspondido. No se vive solo en razón de los propios pecados sino también como un impulso de querer satisfacer por los pecados ajenos. Como Arzobispo de San Salvador lo expresaría con claridad al hablar de la presencia Jesús en la eucaristía:
“En el mensaje eucarístico les hablé de la presencia de Cristo entre nosotros, en las diversas formas que Él lo ha revelado: en la comunidad Iglesia, en sus ministros, en la proclamación de su Palabra, y sobre todo, en la Eucaristía, y cómo a esa presencia cariñosa del Señor le respondemos muchas veces con indiferencias, con persecuciones, con calumnias, y cómo, por tanto es necesario el desagravio.” (Jueves 4 de enero de 1979)
Es significativo que esta conciencia reparadora brote en él, como en santa Margarita María, de un profundo sentido de haber sido perdonado. Sólo un misericordiado puede ser un verdadero apóstol de la misericordia. Sus escritos espirituales están perfumados por la conciencia de haberse sabido perdonado por Jesús, y de ahí nace su deseo de reparar uniéndose al Corazón de Cristo:
“El Señor me ha inspirado estos días fuerza, después de leer en la Curia algo del Padre Fuentes, principalmente la vida del Padre Álvarez, un gran deseo de santidad. He pensado hasta donde puede subir un alma si se deja poseer enteramente de Dios; y que es una lástima perder tiempo tan precioso y dones tan ricos. Demás, he visto que esto corresponde a un motivo de solidaridad para reparar el Sagrado Corazón las apostasías de todos los hombres, sus tibiezas, nuestros pecados. He conocido que un nuevo orden debe ser ante todo fundado en principio sobrenatural: ante todo debemos los escogidos de Dios llenarnos de su espíritu y lanzaremos con santa AUDACIA, venciendo la natural timidez” (4 de febrero de 1943)
“Misericordias Domini in eterno cantabo. Vino el padre Saénz a oír mi confesión general. ¡Qué negro abismo de mi parte! Qué abismo de perdón, de misericordia, de parte del Señor. Vivamos de reparación. Unión con el Corazón de Cristo, pues es Él que paga mi deuda. Es en mi dónde se realiza concretamente por Cristo lo que escribió san Pablo ¡Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” Mi compromiso con Cristo se hace más exigente! La sucesión apostólica me coloca como uno de los Doce frente a Cristo!” (Cuadernos Espirituales 1, p. 43)
La caridad pastoral, fruto del Corazón de Cristo
De cara a su predicación profética y a su martirio, la devoción al Corazón de Jesús sin duda le dio un fuerte impulso para contemplar en Él lo que tanto defendió con sus palabras: los hombres por los que Jesús dio la vida. Hay aquí una lógica propia del amor que conviene explicitar: el que ama llega a amar aquello que su amado ama, pues la caridad configura el corazón del que ama con el del amado hasta hacerle compartir sus mismos afectos e intereses. Por eso, quien se adentra en el Corazón de Cristo encuentra en él a los hombres, y de manera particular a los más pequeños con quienes Él mismo se identifica (cf. Mt 25). La predilección de Romero por los pobres brotó precisamente de esta fuente: fue el fruto maduro de quien, contemplando largamente el amor del Señor, terminó por amar con el mismo amor con que es amado, de modo que su compromiso por los más vulnerables hundía sus raíces en su relación con el Señor.
Como pastor de su pueblo, san Óscar amó con verdadera caridad pastoral al rebaño que le fue encomendado, puesto que bebía de la fuente de donde ésta brota: el amor de Cristo por los hombres, particularmente por los más pobres, por aquellos por los que el mundo no se interesa y que sufren en silencio. Y los amó hasta el plano de los hechos y de la propia condición de vida, abrazando él mismo la sencillez evangélica al vivir en la modesta sacristía de la capilla de un hospital, entre los enfermos y los más frágiles. Aun la casa que más tarde habitó —construida para él sin que la pidiera— testimonia esa misma pobreza voluntaria, ese desasimiento de quien ha hallado su tesoro en el Señor. En esto Romero imita de cerca al Corazón de Aquel que, «siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza» (2 Co 8, 9): el amor verdadero compadece desde dentro, desciende y se hace solidario con la suerte del amado.
Para comprender lo que aquí acontece conviene recurrir a una expresión que sintetiza la meta de toda esta espiritualidad: la cristificación cordial (cordis, corazón). Con ella designamos el proceso por el cual el corazón del hombre, en contacto asiduo con el Corazón de Cristo, va siendo poco a poco transformado a su semejanza, hasta llegar a conocer, amar y sentir como Él. San Juan de la Cruz hablando del alma que se une con Jesús dice poéticamente “amada en el Amado transformada”, esta es otra manera de expresar “la perfección de la caridad” de la que habla santo Tomás de Aquino y que el Concilio Vaticano II retoma como definición de santidad (cf. LG 39). Este camino se realiza en virtud de la gracia de Dios que ilumina la mente del hombre por la luz de la fe sobre los misterios de la vida del Señor, le anima a unirse a Cristo en la imitación de sus pensamientos, palabras, obras y afectos; y culmina en una configuración honda del propio corazón con el suyo, de modo que el cristiano pueda decir con san Pablo: «ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). El calificativo «cordial» subraya que esta transformación alcanza precisamente al corazón, centro de la persona donde residen los afectos, la conciencia, donde se fraguan las decisiones y donde se cultiva el amor; por eso reordena desde dentro todas las potencias del hombre en torno al amor.
Cristificarse cordialmente es, en definitiva, llegar a tener «los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2, 5), recordemos que san Pablo aquí hace uso de la palabra phroneite, que no solo es un aspecto emotivo, sino que implica una orientación profunda de la persona: su modo de pensar, sentir, valorar, decidir y vivir. Podríamos decir que es dejar que la gracia configure nuestro juicio, nuestros afectos y nuestras decisiones según Cristo hasta que su Corazón y el nuestro latan al unísono.
Esta cristificación encuentra en el sacerdocio un cauce privilegiado. Habitualmente, al hablar de la celebración de los sacramentos, decimos que en ellos el sacerdote actúa in persona Christi capitis, es decir, en la persona de Cristo Cabeza. Pues bien, desde la espiritualidad del Corazón de Jesús podemos valorar todo el ejercicio del triple ministerio de Cristo —enseñar, santificar y regir— como un auténtico acto de amor. Si el sacerdote obra en la persona de Cristo Cabeza, está llamado a pensar, amar y sentir como Él lo hizo: la cristificación cordial es, precisamente, lo que da verdad y hondura a aquel actuar in persona Christi. Lo que le hace un verdadero amoris officium. Desde su corazón sacerdotal, el ministro ama con el amor del Buen Pastor a aquellos que le han sido confiados, hasta dar la vida por las ovejas (cf. Jn 10, 11). El sacerdocio se revela entonces como una prolongación visible de la caridad del Corazón de Jesús: el ministro presta al Señor sus manos para bendecir y absolver, sus pies para buscar a la oveja perdida, su voz para anunciar la Buena Nueva del amor, su propio corazón para que a través de él lata el amor del Redentor.
Jesucristo ama incondicionalmente a todos y tiene una particular preferencia por aquellos que se encuentran en mayor situación de vulnerabilidad; en su infinita misericordia busca salir a su rescate, y para ello se sirve principalmente de aquellos que le aman intensamente: los santos. En Romero vemos cumplido este designio: un corazón sacerdotal de tal modo cristificado que se convirtió en cauce vivo del amor de Cristo por los más pobres.
Esta conexión entre el amor del Corazón de Cristo y la predilección por los pobres ha sido recientemente reafirmada por el Magisterio. El Papa Francisco, en su encíclica Dilexit nos, recordaba que en el llamado a reconocer a Cristo en los pobres y sufrientes se revela el mismo Corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse (cf. Dilexit nos, n. 199). Y el Papa León XIV, recogiendo esa herencia en su exhortación Dilexi te, menciona explícitamente a nuestro santo al hablar de cómo en el postconcilio en América Latina «fue el corazón mismo de la Iglesia el que se conmovió ante tanta gente pobre que sufría», presentando el martirio de san Óscar Arnulfo Romero en esa época como «testimonio y exhortación viva para la Iglesia» (Dilexi te, n. 89). Resulta así providencial que sea precisamente esta línea —la del amor del Corazón de Jesús que se vuelca sobre los pobres— la que la Iglesia reconoce hoy en Romero, confirmando lo que sus propios escritos espirituales ya manifestaban.
Esa misma caridad la volcaba el santo en una evangelización sencilla y cercana, accesible a todo cristiano, como lo muestra una visita pastoral al mercado:
«Les hablé del Sagrado Corazón de Jesús que continúa su amor en la Iglesia, y que todos nosotros somos Iglesia y tenemos que hacer presente el corazón de Cristo por nuestra santidad, por nuestra justicia, por todo aquello que haga más amable y fraternal la vida de nosotros.» (7 de julio de 1979, visita al mercado de Santa Tecla)
Tanta fue la intensidad de su amor que le llevó incluso a arriesgar la propia vida; su fe obró por la fuerza del amor en el sentido más puro de la palabra, procurando el bien para todos, pues incluso en su denuncia lo que buscaba era la conversión de quienes se prestaban al mal.
El martirio: amor hasta el extremo
En Romero, este proceso de cristificación cordial va llegando a su plenitud hasta ser sellado con el martirio en el altar. Podríamos ver en sus apuntes ante las amenazas que recibía un acto de ofrecimiento total Señor, un ejercicio de su santo abandono en el Corazón de Jesús, citando la oblación de san Ignacio, confía a Cristo incluso su propia muerte:
“«Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación con vuestro favor y ayuda, delante vuestra infinita bondad, y delante vuestra Madre gloriosa y de todos los santos y santas de la corte celestial, que yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, solo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza, así actual como espiritual, queriéndome vuestra santísima majestad elegir y recibir en tal vida y estado. » (San Ignacio). Así comento mi consagración al Corazón de Jesús que fue siempre fuente de inspiración y alegría cristiana en mi vida. Así también pongo bajo su providencia amorosa toda mi vida y acepto con fe en Él mi muerte por más difícil que sea. Ni quiero darle una intención como lo quisiera por la paz de mi país; y por el florecimiento de nuestra Iglesia…porque el Corazón de Cristo sabrá darle el destino que quiera. Me basta para estar feliz y confiado que saber con seguridad que en Él está mi vida y mi muerte, que, a pesar de mis pecados, en Él he puesto mi confianza y no quedaré confundido y otros proseguirán con más sabiduría y santidad los trabajos de la Iglesia y de la patria.” (Cuadernos Espirituales 3, pp. 310-311)
Hay un detalle de la muerte de san Óscar Romero que la fe no puede dejar de contemplar con asombro. Fue asesinado el 24 de marzo de 1980, mientras celebraba la Santa Misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia, precisamente en el momento del ofertorio, cuando acababa de pronunciar la homilía y se disponía a ofrecer sobre el altar el pan y el vino. La bala atravesó su pecho y alcanzó su corazón. Quien conoce la espiritualidad del Sagrado Corazón no puede sino estremecerse ante la elocuencia de este signo.
En efecto, recordemos que la espiritualidad del Corazón de Jesús es esencialmente eucarística, porque en cada Misa se actualiza el sacrificio del Calvario, donde Cristo mostró su amor “hasta el extremo” (Jn 13, 1) y de cuyo costado abierto, traspasado por la lanza, brotaron sangre y agua. Romero, que tantas veces había ofrecido ese sacrificio y se había consagrado al Corazón de Cristo prometiendo “darme todo por tu gloria y por las almas”, cumplió su ofrenda del modo más pleno posible: no junto al altar, sino sobre él, no ofreciendo solamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sino uniendo a esa oblación la propia sangre derramada. Su muerte coincidió con el acto mismo en que la Iglesia hace memoria del amor extremo del Señor, de modo que su sacrificio quedó misteriosamente fundido con el de Cristo en la Eucaristía.
Si la espiritualidad de la reparación enseña a unir los propios sufrimientos a la Pasión, completando “en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1, 24), Romero llevó esta unión hasta su consumación. Que la bala alcanzara precisamente su corazón mientras ofrecía el sacrificio eucarístico es, para los ojos de la fe, el sello visible de una vida entera dedicada a hacer latir su corazón al unísono con el Corazón traspasado del Redentor. En aquel instante supremo se cumplió plenamente su cristificación: amando con el mismo amor del Corazón de Jesús, en el momento en que Cristo manifestó su amor hasta el extremo, el obispo del Corazón de Jesús se entregó hasta el extremo.
Conclusión
San Óscar Romero fue, en el sentido más hondo, lo que él mismo anheló ser: un obispo del Corazón de Jesús. No nos dejó un tratado sobre esta espiritualidad, pero nos dejó algo más elocuente: una vida vivida según ese ideal y una muerte que lo selló. En sus escritos y en su martirio vemos reunidos todos los elementos de una auténtica espiritualidad del Sagrado Corazón: la confianza y el santo abandono que destierran el temor, la consagración generosa que renueva las promesas bautismales, la reparación que ama por los que no aman, la caridad pastoral que se desgasta por el rebaño —especialmente por los pobres, en quienes se revela el mismo Corazón de Cristo—, y la conformidad con la voluntad divina que conduce a la plena cristificación.
Su martirio no fue sino el último latido de un corazón que había aprendido a latir al unísono con el de Cristo, entregándose sobre el altar en la hora misma del sacrificio eucarístico, de modo que su vida entera vino a ser un homenaje de amor a Aquel que primero le amó. En él se cumple aquello de que el amor hace semejantes a los que se aman. Podríamos decir que amando con el mismo amor del Corazón de Jesús, colaboró con Él en la obra de la salvación hasta entregar la vida. Quien aspiró a ser el obispo del Corazón de Jesús lo fue en definitiva por el modo en que amó.