La mies es abundante

Fecha: 10/06/2026

Frase:  “Predicando el Evangelio, la Iglesia atrae a los oyentes a la fe y a la confesión de la fe, los prepara al bautismo, los libra de la servidumbre del error y los incorpora a Cristo para que por la caridad crezcan en El hasta la plenitud. Con su trabajo consigue que todo lo bueno que se encuentra sembrado en el corazón y en la mente de los hombres y en los ritos y culturas de estos pueblos, no sólo no desaparezca, sino que se purifique, se eleve y perfeccione para la gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre. La responsabilidad de diseminar la fe incumbe a todo discípulo de Cristo en su parte. Pero, aunque cualquiera puede bautizar a los creyentes, es, sin embargo, propio del sacerdote el llevar a su complemento la edificación del Cuerpo mediante el sacrificio eucarístico, cumpliendo las palabras de Dios dichas por el profeta: «Desde el orto del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes y en todo lugar se ofrece a mi nombre una oblación pura» (Ml ,1, 11). Así, pues, la Iglesia ora y trabaja para que la totalidad del mundo se integre en el Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y templo del Espíritu Santo, y en Cristo, Cabeza de todos, se rinda al Creador universal y Padre todo honor y gloria.” (LG 17)

1. Celebración de la Palabra (Ver)

Éx 19, 2-6a.  Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación consagrada.

Sal 99, 2.3.5.  El Señor es nuestro Dios y nosotros su pueblo.

Rm 5, 6-11.  Cristo murió por nosotros cuando aún éramos pecadores.

Mt 9, 36 – 10, 8.  Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente.

Para comenzar el diálogo: Pensemos en nuestra colonia, ¿quiénes son las personas más solas, más perdidas, más desamparadas? ¿Quiénes son los que andan como ovejas sin pastor?

2. Catequesis (Juzgar)

El evangelio de este domingo (XI Tiempo Ordinario Ciclo A) nos muestra el momento en que la obra de Jesús empieza a prolongarse en otros. Hasta aquí, en el relato de Mateo, la misión se concentraba en la sola persona del Señor: era Él quien enseñaba, quien sanaba, quien anunciaba el Reino. Ahora, sin embargo, contempla a las muchedumbres, se conmueve hasta lo más hondo y, en lugar de reservarse esa misión, llama a doce hombres y los envía a continuar lo que Él venía haciendo. Estamos ante la puerta de entrada del Discurso de la Misión Apostólica (Mt 10, 1-42), el segundo de los cinco grandes discursos del Evangelio de Mateo. El pasaje describe, paso a paso, el nacimiento mismo de la Iglesia misionera, y lo hace en tres tiempos inseparables: una mirada que se compadece, una oración que pide trabajadores y un envío que comunica la propia autoridad del Maestro. Todo culmina en una frase que define para siempre el estilo del Reino: «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis» (Mt 10, 8).

Para entender bien este pasaje conviene saber dónde se ubica dentro del Evangelio de Mateo. Los capítulos ocho y nueve forman una especie de galería de milagros: diez signos del poder de Jesús sobre la enfermedad, los demonios, la naturaleza y la muerte. Todo ese cuadro se cierra en con una frase que resume la vida de Jesús en aquellos días: “recorría las ciudades y las aldeas enseñando, anunciando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia” (Mt 9, 35). Las tres acciones que allí lo definen —enseñar, anunciar, sanar— son exactamente las que pronto confiará a los Doce. La Iglesia nace como prolongación de lo que Jesús hace.

 Se compadeció de ellos

El evangelio comienza con una mirada: «Al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor» (Mt 9, 36). Esta frase merece que nos detengamos. La gente no estaba agotada de haberlo seguido a lugares apartados. Languideció sin darse cuenta, porque nadie le ofrecía el único alimento capaz de saciarla. El texto dice que estaban «extenuadas y decaídas», como un rebaño que nadie cuida.

Esa imagen tiene raíces muy antiguas. Siglos antes, el profeta Ezequiel había denunciado a los pastores de Israel que no cuidaban a su pueblo: «Se han dispersado mis ovejas por falta de pastor» (cf. Ez 34, 5). Y el mismo Dios había prometido entonces: «Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y las apacentaré». Jesús, al contemplar esa multitud con esa mirada llena de dolor interior, es el cumplimiento personal de esa promesa. No se trata solo de un hombre bueno que se preocupa: se trata de Dios que viene a buscar a su pueblo, como lo había prometido.

Y la compasión de Jesús no es un sentimiento superficial. Es una emoción que viene de lo más hondo del ser, la palabra quiere transmitir un dolor “entrañable” en su sentido más auténtico, un movimiento visceral, algo parecido al dolor que siente una madre al ver a su hijo sufrir, o al amor del padre que corre a abrazar al hijo pródigo (cf. Lc 15, 20). En Jesús, esa compasión es el corazón de Dios que se revela.

 La iniciativa de Dios

Ante ese panorama, Jesús no reacciona con un plan de acción ni con una campaña organizada. Su primera respuesta es llamar a la oración: «Rueguen al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos» (Mt 9, 38). La imagen de la mies —el campo listo para la cosecha— expresa urgencia: cuando el trigo está maduro, no puede esperar. Las muchedumbres que languidecen son esa mies: están maduras para el Reino. El problema no es la disposición de la gente; el problema son los trabajadores que faltan.

Pero la respuesta de Jesús llama la atención: antes de llamar a los Doce, manda orar. Esta oración no es un añadido piadoso al final de la reunión pastoral. Es la verdadera introducción al envío de los apóstoles. Con ello Jesús dice algo fundamental: el campo es de Dios, los trabajadores son don suyo. Con esto recordamos en primer lugar las vocaciones al sacerdocio por ejemplo se fraguan en la oración, pero no sólo eso la solicitud pastoral de toda la Iglesia, es decir el anhelo por el cuidado del rebaño del Señor se trabaja primero en la oración. Esto sería bueno considerarlo siempre ante toda jornada de misión o vocacional, es el Señor quien llama, y nosotros con nuestra oración disponemos nuestro corazón para corresponder al don de Dios.

 Llamado de los doce apóstoles

Inmediatamente después de esa oración, Jesús llama a sus doce discípulos y les da autoridad para expulsar demonios y curar toda enfermedad (Mt 10, 1). El número doce no es casualidad: evoca las doce tribus de Israel y presenta a estos hombres como la cabeza del nuevo pueblo de Dios que Jesús está inaugurando.

Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como «el Hijo no puede hacer nada por su cuenta» (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él (cf Jn 15, 5) de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como «ministros de una nueva alianza» (2Co 3, 6), «ministros de Dios» (2Co 6, 4), «embajadores de Cristo» (2Co 5, 20), «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1Co 4, 1).

En el encargo dado a los apóstoles hay un aspecto intransmisible: ser los testigos elegidos de la Resurrección del Señor y los fundamentos de la Iglesia. Pero hay también un aspecto permanente de su misión. Cristo les ha prometido permanecer con ellos hasta el fin de los tiempos (cf Mt 28, 20). «Esta misión divina confiada por Cristo a los apóstoles tiene que durar hasta el fin del mundo, pues el Evangelio que tienen que transmitir es el principio de toda la vida de la Iglesia. Por eso los apóstoles se preocuparon de instituir… sucesores» (LG 20)

(Catecismo de la Iglesia Católica nn. 859-860)

La palabra «apóstol» significa «enviado». El cargo no era desconocido en Israel, pues el sumo sacerdote usaba enviados para comunicarse con las comunidades lejanas. Lo nuevo no es el nombre, sino el oficio: Jesús instituye con los Doce un ministerio permanente y único, que viene a prolongar su propia misión.

Los nombres de la lista también encierran enseñanza. Simón significa «el que escucha, el obediente», y a él Jesús añade el sobrenombre de Pedro, «roca», señalando una primacía real dentro del grupo. Y destaca la humildad de Mateo, el propio evangelista, que se presenta a sí mismo como «el publicano» —un oficio despreciado en su tiempo—, reconociendo de dónde lo levantó la gracia, aunque su mismo nombre signifique «don de Dios». La lista siempre termina con Judas Iscariote, «el que lo entregó», porque el Evangelio no oculta ni lo doloroso.

 

La lógica de la gratuidad

Las instrucciones del envío culminan con una frase que define para siempre el estilo del Reino: «Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente» (Mt 10, 8b). Jesús alude probablemente a la costumbre de algunos maestros de cobrar por enseñar la Ley. Lo que se recibe como puro don de Dios no puede convertirse en negocio ni en instrumento de poder.

¿Qué hemos recibido gratuitamente? Todo: la vida, la fe, el bautismo, el perdón de los pecados, la presencia de Dios en nuestra vida. San Pablo lo dice con claridad en la segunda lectura: «Cristo murió por nosotros cuando aún éramos pecadores» (Rm 5, 8). Nadie puede presumir de haberse ganado la salvación. Es puro don. Y lo que se recibe como don, se comparte como don.

Esta gratuidad no niega el derecho del misionero a su sustento —«el obrero merece su sustento» (Mt 10, 10)—, pero sí define el espíritu con que se trabaja: libre de todo apego a lo superfluo, confiado en la Providencia, entregado sin reservas. Quien cree que debe ganarse el amor de Dios vive esclavo del temor; quien descubre que ya es amado gratuitamente queda libre para darse sin medida.

 La misión hoy

Si la mirada compasiva de Jesús se posó sobre aquellas muchedumbres de Galilea, esa misma mirada se posa hoy sobre el hombre y la mujer de nuestro tiempo. Las ovejas sin pastor de hoy no andan perdidas por falta de información —vivimos saturados de ella— sino por falta de sentido. Vemos por ejemplo cómo muchos jóvenes disponen de instrumentos cada vez más sofisticados, pero les cuesta encontrar un sentido por el que vivir, esperar, amar e incluso sufrir. La oveja moderna está muy conectada y, al mismo tiempo, sin pastor.

Donde falta el pastor verdadero, el corazón busca sustitutos. Uno de los más llamativos de nuestra época es el uso que muchas personas hacen de la inteligencia artificial como confidente o consejero. En el fondo late una sed legítima de ser escuchadas, pero orientada hacia un interlocutor sin rostro y sin entrañas. La respuesta de Cristo sigue siendo la misma de siempre: no envía un instrumento más eficaz, sino personas conmovidas que sepan quedarse junto al que sufre, que ofrezcan lo que ninguna pantalla podrá dar: presencia gratuita, escucha verdadera y un rostro digno de confianza.

Esta invitación alcanza a todos. El adulto de mediana edad que sostiene a la vez a los hijos y a los padres ancianos bajo el peso del trabajo y la incertidumbre. El joven que busca un sentido para su vida. Y también el anciano, a quien la cultura actual vuelve invisible: no debe contarse solo entre las ovejas necesitadas, sino también entre los obreros de la mies que la sostienen con su oración y su testimonio. En muchas familias los abuelos han sido los últimos transmisores de la fe. Este domingo cae en el mes del Sagrado Corazón de Jesús. El Corazón abierto de Cristo en la cruz es la expresión más plena de un amor que se entrega sin condiciones y sin reservarse nada. De ese Corazón recibe el obrero, gratis, todo lo que tiene; y en él encuentra el modelo según el cual debe darlo. Por eso la frase «dadlo gratis» no es solo una norma: es una invitación a amar igual que ama aquel Corazón, sin llevar cuentas y sin usar a las personas, con la libertad serena de quien sabe que todo lo ha recibido como regalo.

3. Edificación espiritual (Actuar)

  • ¿Somos capaces de imitar la mirada compasiva de Jesús ante quienes se dejan llevar por los falsos pastores del mundo?
  • ¿Tienes un momento de oración en el que le pides a Dios por las personas de tu entorno que no lo conocen o que se han alejado de Él?
  • Mateo se nombra a sí mismo «el publicano», reconociendo de dónde lo levantó la gracia. ¿Puedes identificar en tu propia historia un momento en que Dios te levantó, te buscó, te dio una segunda oportunidad? ¿Eso cambia la manera en que te relacionas con los demás?
  • «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis.» ¿Qué puedes compartir gratuitamente hoy con otros?