El Trabajo Humano como Vocación

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La reflexión cristiana sobre el trabajo parte de una afirmación antropológica fundamental: trabajar es una actividad constitutiva del ser humano. No se trata de una actividad accidental o meramente instrumental, sino de una dimensión estructural de la existencia humana que expresa la racionalidad, la libertad y la capacidad creativa del hombre y la mujer. El trabajo pertenece, por tanto, al orden de la naturaleza humana tal como Dios la concibió y la creó.

El relato bíblico del Génesis ofrece el marco interpretativo primario. En Gn 2,15, Dios encomienda al ser humano cultivar y custodiar el jardín, antes de cualquier ruptura con el orden original. Esta encomienda revela que el trabajo forma parte del designio creador de Dios sobre la humanidad. Mediante el trabajo el ser humano participa en la obra del Creador y contribuye al desarrollo del plan divino en la historia, ejerciendo así el dominio responsable sobre la creación que le ha sido confiado.

“Los Padres de la Iglesia jamás consideran el trabajo como « opus servile », —como era considerado, en cambio, en la cultura de su tiempo—, sino siempre como « opus humanum », y tratan de honrarlo en todas sus expresiones. Mediante el trabajo, el hombre gobierna el mundo colaborando con Dios; junto a Él, es señor y realiza obras buenas para sí mismo y para los demás. El ocio perjudica el ser del hombre, mientras que la actividad es provechosa para su cuerpo y su espíritu.577 El cristiano está obligado a trabajar no sólo para ganarse el pan, sino también para atender al prójimo más pobre, a quien el Señor manda dar de comer, de beber, vestirlo, acogerlo, cuidarlo y acompañarlo (cf. Mt 25,35-36). Cada trabajador, afirma San Ambrosio, es la mano de Cristo que continúa creando y haciendo el bien.”. (n. 265)

La encíclica Laborem Exercens (n.6) del papa Juan Pablo II aporta la distinción decisiva entre la dimensión objetiva y la dimensión subjetiva del trabajo. La dimensión objetiva refiere al conjunto de actividades, técnicas y productos que el trabajo genera. La dimensión subjetiva, en cambio, designa el hecho de que quien trabaja es siempre una persona humana, sujeto dotado de dignidad inalienable. Esta dimensión subjetiva es ontológicamente superior a la objetiva, porque el ser del trabajador precede y fundamenta el valor de lo producido. De aquí se deriva que ninguna lógica productiva, económica o técnica puede legítimamente instrumentalizar al trabajador reduciéndolo a su función.

La Encarnación del Verbo ilumina adicionalmente el valor teológico del trabajo. Jesucristo, al vivir durante años en Nazaret ejerciendo el oficio de carpintero, incorporó el trabajo manual a su experiencia humana y lo santificó desde adentro. Este dato no es anecdótico: revela que el trabajo ordinario, realizado con rectitud y competencia, es un ámbito genuino de santificación y de encuentro con Dios. La espiritualidad cristiana del trabajo no es ajena a la vida activa, sino que la penetra y la eleva.

El trabajo, comprendido desde esta perspectiva integral, posee también una orientación escatológica. No constituye el fin último del ser humano, sino un medio ordenado al desarrollo de la persona y al bien de la comunidad. El mandamiento del descanso dominical expresa institucionalmente esta verdad: la existencia humana trasciende la producción y está orientada hacia Dios, fin último de toda actividad temporal.

Para reflexionar: ¿Qué hago de trabajo? ¿Qué valoración hago de ello?