Introducción
Cuando se estudia a santo Tomás de Aquino, no se trata de exponer un sistema abstracto, desprendido de la tierra que lo produjo, sino de acercarse a un pensador concreto, nacido en un lugar concreto y formado por una cultura concreta, cuya obra sigue siendo la síntesis más lograda del pensamiento cristiano. Antes de preguntar qué enseñó santo Tomás sobre Dios, sobre la creación o sobre la felicidad del hombre, conviene preguntar quién fue y en qué mundo vivió.
Este primer capítulo se ocupa, por tanto, de tres cosas. En primer lugar, del siglo que lo vio nacer, un siglo que cierta historiografía ha calumniado llamándolo oscuro y que fue, en realidad, uno de los más luminosos de Occidente. En segundo lugar, de su itinerario personal: el castillo, la abadía, la universidad, el hábito que la familia quiso arrancarle. Y en tercer lugar, del oficio que ejerció durante toda su vida adulta, el de maestro de teología, porque la forma misma de sus libros nace de las costumbres académicas de su tiempo y no se entiende sin ellas.
Acercarse a un pensador de esta talla exige paciencia. Conviene, pues, conocerlo antes de escucharlo, en la seguridad de que cuanto mejor se lo conozca, mejor se comprenderá después lo que quiso enseñar. Estas notas se han recogido en base al curso «Santo Tomás de Aquino» que enseño Mons. Robert Barron en la Peterson Academy.
El siglo que no fue oscuro
Conviene empezar desmontando un relato heredado de la historiografía del siglo XIX, porque quien lo da por bueno se acerca a santo Tomás con un prejuicio ya formado. Según ese relato, hubo un gran estallido de luz en el mundo antiguo —Babilonia, Egipto, Grecia, Roma—, luego cayó Roma y Europa se hundió en unos siglos oscuros de superstición e ignorancia, y por fin volvió la claridad con el Renacimiento, la Reforma y el nacimiento de las ciencias modernas. El esquema es sencillamente falso en cada uno de sus tramos. Chesterton lo formuló con precisión: si hubo una edad oscura tras la caída de Roma, la única luz de aquella noche vino de la Iglesia. En los monasterios benedictinos esparcidos por Europa se conservaron la agricultura, la técnica y el saber; de muchos de ellos nacieron las aldeas, después los pueblos y finalmente las ciudades. Cualquier texto antiguo que hoy se admire —Sófocles, Eurípides, Platón, Cicerón— ha llegado hasta nosotros porque algún monje medieval lo copió pacientemente con las manos agrietadas por el frío. Sin aquellos hombres no se conservaría ni una línea del mundo clásico.
Más aún: la oscuridad, tal como suele imaginarse, no terminó en el siglo XV. Hubo un renacimiento anterior, tan importante como aquel, que despunta a fines del siglo XII y florece a lo largo del XIII. Es el siglo de las catedrales góticas: Notre Dame de París comienza en 1163, Chartres en la década de 1180, y después se levantan por toda Europa esas construcciones de piedra y luz que todavía hoy dejan mudo al visitante. Es el siglo de Dante, de quien T. S. Eliot llegó a decir que la literatura occidental se reparte entre él y Shakespeare, sin que quepa un tercero. Es el siglo en que nacen las universidades, surgidas —como recordaba el Papa Juan Pablo II— del corazón mismo de la Iglesia: de aquellas escuelas catedralicias que, al crecer, se convirtieron en Bolonia, París, Oxford, Cambridge, Praga. Y es el siglo de Francisco de Asís, el hombre que más ha conmovido la imaginación religiosa de Occidente. Una cultura capaz de producir a Francisco, la universidad, la Divina comedia y el arte gótico podrá calificarse de muchos modos, pero jamás de oscura.
De hecho, las ciencias modernas nacerán siglos después precisamente de esas universidades cristianas, y no de una lucha crepuscular contra la religión. La imagen de una razón que despierta peleando contra la fe es una construcción polémica muy posterior, sin apoyo en los hechos. Lo que ocurrió fue más bien lo contrario: una civilización convencida de que el mundo es obra de una inteligencia ordenadora se atrevió a buscar en él un orden inteligible, y esa confianza está en el origen de toda la ciencia posterior. Ahora bien, si aquel siglo fue tan fecundo, resulta natural preguntar quién lo representa mejor, y la respuesta no admite mucha discusión: el mayor pensador que produjo aquel mundo, el que resume en su persona lo más alto de aquella cultura, es santo Tomás de Aquino. A su vida, y no todavía a su doctrina, se dedican los apartados siguientes, porque solo situándolo en su tiempo y en su casa se comprenderá después la anchura de su pensamiento. No se entiende una síntesis sin conocer los materiales que sintetiza, ni a un maestro sin conocer la escuela que lo hizo.
De Roccasecca a Nápoles
Santo Tomás nació hacia 1224 o 1225 —no hay certeza sobre la fecha— en el castillo de Roccasecca, cerca del pueblo de Aquino, a mitad de camino entre Roma y Nápoles, sobre una altura desde la que se domina el campo italiano. Francisco de Asís muere en 1226, apenas un año después de su nacimiento, dato que basta para situarlo en el mapa espiritual de su siglo. Su familia pertenecía a la pequeña nobleza y estaba atrapada, como tantas otras, en el largo pulso entre el Emperador y el Papado. No era el primogénito, y eso decidió su destino: la herencia pasaba al mayor por simple azar del orden de nacimiento, mientras que a los hijos siguientes se los destinaba con frecuencia a la Iglesia, donde además se ascendía por mérito propio, cosa que no ocurría en la sociedad civil. Con siete u ocho años fue enviado, pues, a la abadía benedictina de Montecassino, fundada por san Benito en el siglo VI y todavía hoy casa madre de la orden. El plan familiar era transparente: que se formara allí, profesara como benedictino y llegara con el tiempo a abad, una de las posiciones más altas de la sociedad medieval.
Pasó nueve años en Montecassino, dato que suele omitirse con demasiada ligereza. ¿Qué respiró aquel niño durante nueve años? Silencio, oración, meditación, canto de los salmos, inmersión diaria en la Escritura. No llegó a ser benedictino, pero su formación lo fue del todo, y de ahí procede esa dimensión hondamente contemplativa que late bajo la superficie técnica de sus escritos. Hacia los dieciséis años, por razones políticas, tuvo que abandonar la abadía y fue a dar a Nápoles, ciudad entonces —como ahora— vibrante, mestiza y un poco peligrosa, donde se matriculó en su joven universidad. Allí, aquel muchacho salido de un claustro se volvió doblemente revolucionario. En primer lugar, se hizo aristotélico. Durante mil años la teología cristiana había respirado en Platón, y justamente entonces los textos de Aristóteles sobre el alma, la física y la metafísica empezaban a entrar en Europa. La Iglesia desconfiaba, porque lo que aquellos libros decían del alma, de Dios y del mundo parecía chocar con la fe, y algunos papas llegaron a prohibir su lectura en las escuelas; había, sin embargo, maestros que los enseñaban en privado, y uno de ellos, Pedro de Irlanda, fue su profesor en Nápoles.
Con él comenzó la tarea a la que santo Tomás dedicaría la vida entera: reconciliar a Aristóteles con el cristianismo. En segundo lugar se hizo dominico, lo cual resultaba entonces mucho más escandaloso. Domingo de Guzmán acababa de fundar la Orden de Predicadores, y en la Nápoles de aquellos años sus hijos parecían extrañísimos: hombres consagrados que no vivían enclaustrados, sino en la calle, predicando en las esquinas y mendigando su comida, porque tanto Francisco como Domingo habían querido que sus frailes confiaran del todo en la providencia. A ojos de sus contemporáneos aquello parecía poco menos que una secta. Y con ellos se marchó el joven Tomás. La familia reaccionó con violencia: se aceptaba un abad de Montecassino, no un mendicante callejero. Su madre envió a los hermanos, soldados de oficio, a interceptarlo cuando ya viajaba hacia el norte con el hábito blanco puesto; uno intentó arrancárselo, y él se aferró a la tela sin soltarla. Lo encerraron cerca de un año en un castillo familiar esperando que recobrara el juicio. No lo recobró: aprovechó aquel tiempo para memorizar la Escritura, y cuando un hermano introdujo a una prostituta en su habitación, la echó blandiendo un tizón encendido. Al cabo del año, la familia se rindió.
El maestro y su método
De Italia subió a París, capital intelectual de la cristiandad durante siglos. Su prestigio venía de Pedro Abelardo, maestro tan popular en la escuela catedralicia de la isla de la Cité que atrajo estudiantes de toda Europa; cuando ya no cabían allí se derramaron a la orilla izquierda del Sena, que aún hoy se llama Barrio Latino por la lengua que en ella se hablaba. De esa escuela nació la Universidad de París, y santo Tomás llegó en su mejor momento. Allí conoció a otro dominico, Alberto, a quien la posteridad llamaría Magno: fue uno de los primeros grandes científicos de Occidente y uno de los aristotélicos más audaces de Europa, y Tomás lo siguió como asistente a Colonia. Sus compañeros, viéndolo corpulento y callado, lo apodaron «el buey mudo de Sicilia», mudo por taciturno y no por torpe. Alberto, que sí advertía lo que tenía delante, sentenció: «El mugido de ese buey llenará un día el mundo». De regreso en París alcanzó el grado de maestro, es decir, de catedrático de teología, y conviene detenerse en lo que aquel oficio significaba, porque explica la forma misma de sus obras.
La primera obligación del maestro era la predicación, y quien predica debe conocer la Escritura, de modo que la segunda tarea era comentar el texto sagrado: santo Tomás escribió comentarios magníficos a Isaías, a Job, a las cartas de san Pablo y al evangelio de san Juan, hoy muy poco leídos. Y quien comenta la Escritura tropieza con dificultades y aparentes contradicciones: de ahí nacían las cuestiones disputadas, corazón de la enseñanza medieval. Se anunciaba públicamente un tema, acudían estudiantes y curiosos, un bachiller (así les llamaban) moderaba el debate y el maestro escuchaba en silencio; al día siguiente ofrecía su resolución y respondía una por una a las mejores objeciones. Esa dinámica se conserva intacta en la estructura de la Suma teológica, dividida en tres partes —Dios y la creación, el retorno del hombre a Dios, Cristo y los sacramentos—, división que no es capricho: la catedral gótica tiene tres portales y la Divina comedia tres cánticos de treinta y tres cantos en tercetos, porque se buscaba imprimir la Trinidad en la piedra, en el verso y en la teología. Cada parte se divide en cuestiones y cada cuestión en artículos, que es donde saltan las chispas.
El artículo empieza siempre con un «si acaso»: si Dios existe, si Dios es cuerpo, si el fin del hombre es la bienaventuranza. Siguen las objeciones, formuladas en su versión más fuerte y nunca en la más débil; viene después un breve «por el contrario», casi siempre una cita bíblica o patrística; y llega entonces el «respondo», donde el maestro resuelve, para volver por último, una a una, sobre las objeciones, mostrando qué hay de verdadero en ellas y dónde deben corregirse. Ese respeto por el adversario intelectual constituye una de las lecciones más valiosas del método escolástico. Santo Tomás sostuvo ese ritmo con una disciplina asombrosa: dictaba a tres o cuatro secretarios a la vez, como el ajedrecista que juega partidas simultáneas, y hasta durante la siesta seguía formulando argumentos. Nada de su ardor interior se adivina en sus páginas, secas y académicas; pero al celebrar la misa lloraba copiosamente, y su secretario declaró en el proceso de canonización que Tomás debía más a la oración que al estudio, pues cuando una cuestión se le resistía iba a la capilla y apoyaba la cabeza contra el sagrario.
Conclusión
Queda así recorrido el marco entero: un siglo mal comprendido, una vida arrancada a la fuerza de los planes familiares y un oficio académico que dio forma a los libros más influyentes de la teología cristiana. Los tres elementos se sostienen mutuamente. Sin aquel renacimiento del siglo XIII no habría existido la universidad que lo formó; sin Montecassino no habría existido el contemplativo que late bajo el técnico; sin la cuestión disputada no existiría la Suma tal como hoy se lee.
El final de su vida ilumina retrospectivamente todo lo anterior. El 6 de diciembre de 1273, después de la misa, se negó a seguir escribiendo, y a su secretario Reginaldo le confesó que cuanto había escrito le parecía paja comparado con lo que le había sido revelado. Añadió que esperaba que el Señor, así como había puesto fin a su escritura, pusiera pronto fin a su vida. Murió el 7 de marzo de 1274 en la abadía cisterciense de Fossanova, camino del Concilio de Lyon.
Poco antes había llevado ante el crucifijo su tratado sobre la Eucaristía, y cuenta la tradición que una voz respondió desde la cruz: «Has escrito bien de mí, Tomás. ¿Qué quieres como recompensa?». Su respuesta fue: «Nada sino a ti, Señor». En esa frase cabe entera la vida del santo, y en ella se anuncia ya el camino que recorrerán los capítulos siguientes: el ascenso de la razón hacia el Dios que es la única felicidad del hombre.
📘 Curso Santo Tomás de Aquino — Peterson Academy
✍️ Notas elaboradas con el apoyo de inteligencia artificial (IA) bajo supervisión académica.