El acceso a Dios

Introducción

En el capítulo anterior quedaron establecidos quien fue santo Tomás y el mundo en el que vivió, el siglo que lo formó, la abadía donde aprendió a orar antes que a discutir, la universidad donde encontró a Aristóteles y la orden mendicante que escandalizó a su familia. Se examinó también el oficio que ejerció toda su vida, el de maestro de teología, y la forma que ese oficio imprimió a sus libros: la objeción presentada en su versión más fuerte, la resolución serena, la respuesta paciente a cada dificultad. Aquel método no era un adorno académico, sino el modo concreto en que santo Tomás entendía el trabajo de la teología

Corresponde ahora dar el primer paso del contenido propiamente dicho, y se da por donde el mismo autor lo dio: la pregunta por Dios. Este capítulo trata del acceso racional a la existencia divina. Se examinará primero si esa existencia es evidente por sí misma, discutiendo el célebre argumento de san Anselmo de Canterburry y las razones por las que el Aquinate no lo acepta. Se estudiará después qué son exactamente las llamadas vías, y se recorrerán tres de ellas: la que parte del movimiento, la que parte de la contingencia de las cosas y la que parte de la inteligibilidad del mundo.

Conviene entrar en esta materia con la disposición que el propio santo Tomás pedía: no la de quien pretende atrapar a Dios en una fórmula, sino la de quien se deja llevar de la mano hacia donde debe mirar. A partir de este capítulo, incluíremos algunas nociones de la obra «Dios y su creación» para enriquecer el curso de Mons. Barron

¿Es evidente que Dios existe?

Cuenta la tradición dominica que, siendo Tomás un niño de siete años en clase de catecismo, interrumpió al maestro con una pregunta: «Pero, maestro, ¿qué es Dios?». Nunca dejó de hacerla. Para él la teología consiste precisamente en eso: hablar de Dios y hablar de todo lo demás en relación con Dios. El físico habla del mundo físico y el historiador de los hechos humanos; el teólogo habla de Dios y del modo en que cada cosa se refiere a Él. Esa pregunta atraviesa cada página que escribió. Ahora bien, la primera cuestión que se plantea puede sonar extraña: ¿acaso la existencia de Dios es evidente por sí misma? Hay una larga tradición que así lo sostuvo. Se ha hablado de un consenso de los pueblos, pues a lo largo del espacio y del tiempo prácticamente todas las culturas han creído en Dios. Charles Taylor, en La era secular, muestra que en el año 1500 habría resultado impensable en Europa no creer: podía existir algún ateo aislado, pero la cultura entera estaba habitada por lo trascendente. Si casi todos han creído siempre, cabría pensar que la existencia de Dios se impone por sí sola.

La formulación más célebre de esa vía es la de san Anselmo de Canterbury, benedictino y arzobispo, muerto en 1109. Su argumento, llamado «»ontológico, procede así: se define a Dios como «aquello mayor que lo cual nada puede pensarse»; ahora bien, es mayor existir en la realidad y en la mente que existir solamente en la mente; luego Dios existe. Es uno de esos razonamientos que suscitan dos reacciones opuestas: o parece lo más brillante que se ha oído, o lo más endeble. Descartes lo aceptó, y también san Buenaventura, contemporáneo de santo Tomás. Su fuerza está en que negar a Dios implicaría, según Anselmo, una contradicción formal, pues se estaría diciendo que aquello que debe existir no existe. El argumento ha reaparecido en versiones modernas de notable sofisticación. Alvin Plantinga lo reformula con lógica modal: si Dios es el ser máximamente perfecto, debe existir en todos los mundos posibles, y el mundo real es al menos uno de ellos. El matemático Kurt Gödel elaboró la suya: Dios posee toda cualidad positiva, la existencia necesaria es una cualidad positiva, luego Dios existe necesariamente.

Frente a todas esas formulaciones se alza la objeción de Kant: el argumento trata al ser como si fuera un predicado. Si se describe una casa —roja, de ladrillo, siete cuartos, techo de pizarra— y se añade «y existe», nada se ha añadido a la idea de la casa, porque la existencia no enriquece el concepto, solo señala que la cosa está ahí fuera. Santo Tomás, en este punto, se aproxima a Kant: sostiene que el argumento incurre en un tránsito ilegítimo del orden de la idea al orden de la realidad. El padre Antonio Royo Marín lo resume con exactitud al advertir que, partiendo de una idea, no se llega sino a otra idea, la existencia ideal de Dios, y que para demostrar la existencia real es preciso partir de las cosas reales y ascender por vía de rigurosa causalidad hasta su causa. Esa es justamente la diferencia entre las dos tradiciones: la de Anselmo procede antes de la experiencia, la de Tomás después de ella. En el fresco de Rafael, Platón señala hacia arriba, a las formas, y Aristóteles extiende la mano hacia el mundo; santo Tomás pertenece a los segundos, y todo su acceso a Dios arranca de las cosas visibles.

Caminos que conducen de la mano

Antes de entrar en las famosas pruebas conviene notar cómo las denomina santo Tomás, porque el nombre revela la actitud entera con que las propone. No las llama demostraciones ni razones concluyentes, sino vías, es decir, caminos. La razón de esa cautela es teológica antes que metodológica. ¿Puede Dios quedar atrapado en la red de la mente humana, ser la conclusión de un silogismo pulcro y quedar así a disposición de quien lo formula? Hay algo profundamente inadecuado en esa pretensión. San Agustín lo dijo de una vez para siempre: si lo comprendes, no es Dios. Y el propio Tomás escribe que todo cuanto puede ser conocido o comprendido es siempre menos que Dios mismo. Conviene tener presente esa advertencia antes de dar el primer paso, porque quien la olvida convierte la teología natural en un juego de ingenio y acaba adorando una conclusión en lugar de adorar al Señor.

La primera vía es la que parte del movimiento, y santo Tomás la llama la primera y más manifiesta. Su esqueleto es sencillo: las cosas cambian; nada se cambia a sí mismo; no cabe una serie infinita de cambiadores cambiados; luego debe haber un primer motor inmóvil. Conviene entender bien la palabra movimiento, que aquí no significa solo desplazamiento, sino cualquier cambio: de lugar, de velocidad, de temperatura, de conocimiento. Por eso es la vía más manifiesta, pues nadie negaría que las cosas cambian. El segundo paso exige recordar a Aristóteles: el cambio es el paso de la potencia al acto, como cuando alguien no sabe ruso pero puede saberlo. Y nada puede pasarse a sí mismo de la potencia al acto, porque lo que cambia está en potencia y lo que hace cambiar ha de estar ya en acto: nadie da lo que no tiene; quien enseña ruso ha de saber ruso, y lo que calienta ha de estar caliente. El padre Royo Marín lo ilustra con el universo entero: la materia es inerte, incapaz de moverse por sí misma, y por mucho que se multipliquen los motores intermedios no queda más remedio que llegar a un Primer Motor inmóvil, incomparablemente más poderoso que el universo al que gobierna.

Conviene despejar aquí el malentendido más común: santo Tomás no habla de una cadena que retrocede en el tiempo, como si dijera que uno fue causado por su padre y él por el suyo, sino de una dependencia que se da aquí y ahora. En una serie de ese tipo, si se quita el primer elemento se quitan todos los demás, y con ellos el movimiento que se tiene delante de los ojos. Puede pensarse en una taza de café muy caliente que se enfría entre las manos durante media hora de oración: el café no se enfría a sí mismo, sino que lo enfría el aire del cuarto, que depende de la calefacción, que depende de la red eléctrica de la ciudad, y así sucesivamente. Como en una muñeca rusa, todo el conjunto actúa ahora, y cada causa es extrínseca a la anterior. También puede pensarse en una lámpara colgada de una cadena: no cabe decir que la cadena se prolongue infinitamente hacia arriba, porque entonces la lámpara estaría en el suelo, y no lo está. Hay que llegar, pues, a algo que no sea un eslabón más: un motor inmóvil, sin potencialidad alguna, acto puro.

De lo contingente a lo necesario

El mismo procedimiento, aplicado a otra observación igual de común, conduce todavía más lejos. La tercera vía parte de un hecho elemental: las cosas vienen al ser y dejan de ser. Las plantas no existían, existen un tiempo y desaparecen; el propio observador tampoco existía. La inestabilidad de las cosas anima a casi toda la poesía y a casi toda la filosofía. Recordemos que el padre Teilhard de Chardin contaba que, siendo niño, mientras su madre le cortaba los rizos junto a la chimenea, uno de ellos cayó al fuego y se consumió en un instante; aquello lo estremeció, porque eso era él y ya no estaba, y dedicó la vida a buscar lo que no pasa. De esa misma herida arranca esta vía, que resulta persuasiva porque no exige erudición alguna, sino mirar de frente lo que todos hemos visto. ¿Qué se sigue de esa observación? Algo decisivo, que en el fondo es la raíz de toda ciencia: tales cosas no contienen en sí mismas la razón de su propia existencia, porque si la contuvieran existirían necesariamente y no dejarían de existir. Son, pero no tienen que ser.

Si la causa hallada es a su vez contingente, hay que seguir buscando, y no cabe retroceder indefinidamente apelando a lo contingente para explicar lo contingente, porque entonces nada quedaría explicado. Hay que llegar a una realidad que no dependa de otra, cuya naturaleza misma sea existir. Ningún ser del mundo es así: si la naturaleza de algo fuera existir, existiría siempre y no habría conocido comienzo. A esa realidad necesaria, fuente no contingente de todo lo contingente, todos la llaman Dios. El razonamiento de la segunda vía, emparentado con este, aparece formulado por el propio santo Tomás con toda nitidez: como no es posible prolongar hasta el infinito la serie de las causas eficientes, y suprimida la primera se suprimen todas las demás, «es necesario que exista una Causa Eficiente Primera, a la que llamamos Dios» (I 2,3). El padre Royo Marín lo aplica al origen de la vida: los vivientes actuales comenzaron a existir y recibieron la vida de sus padres, y estos de los suyos, sin que quepa remontar la serie hasta el infinito, de modo que es forzoso admitir un primer Viviente principio y origen de todos.

Queda la quinta vía, la más intuitiva y quizá la más discutida, que abre sin embargo una perspectiva magnífica. Aristóteles distinguía cuatro causas: la material, de qué está hecho algo; la formal, su estructura; la eficiente, lo que lo empuja al ser; la final, aquello hacia lo que tiende. Las vías anteriores trabajaban con la causa eficiente; esta trabaja con la final. Santo Tomás observa que hay en el mundo cosas carentes de inteligencia que obran con regularidad hacia un fin, y que eso solo es posible si algo inteligente las ordena a él, como la flecha es dirigida al blanco por el arquero. La causalidad final se apoya además en la formal, pues el árbol echa raíces, ramas y hojas de manera predecible porque posee una estructura inteligible que gobierna su despliegue. Y entonces la pregunta se vuelve más honda: ¿de dónde viene la inteligibilidad? Toda ciencia presupone que el mundo es comprensible. El Papa Benedicto XVI lo formuló diciendo que la inteligibilidad objetiva solo se explica recurriendo a una inteligencia subjetiva; y el físico Eugene Wigner, judío no creyente, en su célebre artículo sobre la irrazonable eficacia de la matemática en las ciencias, no hablaba de Dios, pero repetía una y otra vez las palabras «milagro» y «milagroso».

Conclusión

Tres caminos, entonces, y tres nombres para lo mismo: Dios como motor inmóvil que sostiene aquí y ahora el cambio del mundo; Dios como fuente necesaria de todo lo que existe sin tener que existir; Dios como inteligencia primordial que hace creíble un universo marcado en cada rincón por el orden y la forma. Los tres parten de la experiencia más ordinaria —una taza que se enfría, una flor que se marchita, una ley física que se cumple— y desembocan en una afirmación que excede infinitamente esa experiencia.

¿Bastan estas vías para convencer a cualquiera? No, y santo Tomás nunca pretendió tal cosa. ¿Son puertas que se abren, senderos que apuntan con firmeza en dirección a Dios? Eso sí, y es exactamente lo que su autor quiso que fueran. De ahí la insistencia en llamarlas caminos: un camino no encierra la meta, la señala.

Con esto queda establecido que Dios existe. Resta por saber qué es Dios, y ese será el asunto del capítulo siguiente, donde se comprobará que el propio Aquinate advierte, con desconcertante humildad, que de Dios se sabe más bien lo que no es que lo que es. Conviene terminar reteniendo la advertencia con que se abrió el capítulo y que ha de acompañar todo el recorrido: aquello que se llega a comprender es siempre menos que Dios mismo.

📘 Curso Santo Tomás de Aquino — Peterson Academy complementado con notas del libro «Dios y su creación del P. Antonio Royo Marín.

✍️ Notas elaboradas con el apoyo de inteligencia artificial (IA) bajo supervisión académica.