Fecha: 10/09/2026
Frase: “Recuerda la alianza, ¿qué es? Es el pacto que Dios hizo con el pueblo. Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo. Esto lleva a que todos los que forman el pueblo, se amen. No se destruyan en el odio, en la violencia. Recordemos este pacto que yo les voy a recordar dentro de poco con el cáliz consagrado en mis manos. Esta es la sangre de la alianza, del pacto, entre Dios con los hombres. Ustedes pueblo de Dios que le vienen a ofrecer a Dios ratificando su alianza de fe, prometan también que se van a amar, que se van a perdonar. Y la gran medida que nos da el evangelio, en la parábola del Señor que perdonó a un gran deudor y ese deudor que no supo perdonar a su pequeño deudor. Frente a Dios, somos deudores imposibles de salir en la deuda. Quien ha ofendido a Dios, no merece más que el castigo eterno. Y si Dios me perdona esa deuda eterna, infinita, ¿por qué yo no voy a perdonar a quien no me ha cometido una ofensa eterna, por más grave que sea?” (San Óscar Romero, 17 de septiembre de 1978)
1. Celebración de la Palabra (Ver)
• Si 27, 30-28, 7. Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.
• Sal 102. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.
• Rm 14, 7-9. Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor.
• Mt 18, 21-35. No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
¿Cómo se concibe el perdón en nuestros tiempos?
2. Catequesis (Juzgar)
La vez pasada caminamos la primera parte del discurso eclesial de Jesús: cómo corregir con amor al hermano que se equivoca, y cómo la comunidad entera queda comprometida en ese cuidado mutuo, con la autoridad de atar y desatar que Cristo le entrega. Hoy llegamos al final de ese mismo discurso, y el Señor nos lleva un paso más adentro: no basta con corregir, hay que perdonar. Y no de cualquier manera, sino sin medida. Vamos a ver qué dice el texto, de dónde le nace a la Iglesia esta capacidad de perdonar, y qué significa esto, muy concretamente, para nuestra vida de cada día.
I. El sentido literal del texto
Estamos en Mt 18, 21-35, al cierre del cuarto gran discurso de Jesús en el Evangelio de Mateo, el discurso sobre la vida de la Iglesia. Recordemos el recorrido: Jesús habla primero de los pequeños, luego del escándalo, luego de la oveja perdida que se busca hasta encontrarla, después de la corrección fraterna —lo que vimos la vez anterior— y, por último, de este perdón sin medida. No es casualidad este orden. La oveja que se busca y la deuda que se perdona enmarcan, por delante y por detrás, la corrección fraterna: para que nadie piense que corregir al hermano es alejarlo, sino todo lo contrario, buscarlo y, si hace falta, perdonarlo setenta veces siete.
El texto se dirige, de manera directa, a Pedro, y a través de él a toda la comunidad. Pedro pregunta: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Y aquí conviene detenerse, porque Pedro no está siendo tacaño. En su tiempo se discutía perdonar hasta tres veces; Pedro más que duplica esa cifra. Cree que está siendo generoso. Y lo era, según los criterios de su época.
Jesús le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Fíjense bien en lo que hace el Señor: no le da a Pedro un número más grande para que siga contando. Le quita las cuentas de las manos. Setenta veces siete son cuatrocientas noventa, y nadie lleva la cuenta hasta cuatrocientas noventa; en el momento en que uno empieza a contar así, ya dejó de perdonar. El número tan enorme no es una meta a alcanzar: es una manera de decir «no cuentes más».
Para que esto quede grabado, Jesús cuenta una historia. Un rey quiere ajustar cuentas con sus siervos, y le presentan a uno que le debe diez mil talentos: una cifra tan desproporcionada que un jornalero, trabajando toda su vida, no la habría podido pagar ni en varias generaciones. El siervo suplica: «Ten paciencia, y te lo pagaré todo». Y el rey, dice el texto, «se compadeció» —el mismo verbo con que Mateo describe siempre las entrañas de Jesús ante el hambriento, el enfermo, la multitud sin pastor— y no solo le da plazo: le perdona la deuda entera. Sin condición. Ese mismo siervo, apenas sale, encuentra a un compañero que le debe cien denarios, una suma real pero mínima al lado de lo que a él se le acababa de perdonar, y lo agarra del cuello: «Págame lo que debes». El compañero le suplica, palabra por palabra, la misma frase que él acababa de usar con el rey. Y no tiene compasión. Lo manda a la cárcel.
Cuando el rey se entera, lo llama y le dice algo que hay que escuchar bien: «¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?». Y entonces sí lo entrega a los verdugos, hasta que pague todo lo que debía —es decir, para siempre, porque esa deuda nunca se podía pagar. Y Jesús cierra con la aplicación directa: «Esto mismo hará con ustedes mi Padre celestial, si no perdonan de corazón cada uno a su hermano».
Este relato es, de hecho, la parábola de una petición que ya rezamos todos los días sin siempre pensarla: «perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores». La parábola le pone imagen y le pone rostro a esa palabra del Padrenuestro.
II. La raíz teologal del perdón cristiano
Ahora bien, ¿de dónde nos nace a los cristianos esta capacidad de perdonar sin medida? No nos nace de un esfuerzo de voluntad, ni de una técnica de buena convivencia. Nos nace de más adentro: de la comunión misma de Dios.
Recordemos el fundamento: la comunión de los hermanos en la Iglesia tiene su raíz en la comunión trinitaria y en nuestra comunión con la Trinidad. Dios no es un Dios solitario. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, comunión eterna de amor que se entrega, se recibe y se corresponde sin reserva. Y nosotros, incorporados a Cristo por el bautismo, quedamos introducidos en esa misma vida de comunión. De ahí que perdonar no sea, para el cristiano, una opción moral entre otras: es dejar que la vida trinitaria que llevamos dentro se manifieste hacia el hermano.
Fíjense en el «como» de la oración que Jesús nos enseñó: «perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos». Ese «como» aparece también en otros lugares del Evangelio: «Sean perfectos, como es perfecto su Padre celestial»; «Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso»; «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado». No es un «como» de comparación, como si tuviéramos que imitar desde afuera un modelo lejano. Es un «como» de participación: el mismo amor con que Dios ama, ese amor vive ya en nosotros por el Espíritu, y desde ahí perdonamos. Perdonar, entonces, no es copiar a Dios. Es dejar que Dios ame en nosotros.
«Mirad nuevamente el exceso de benignidad. El siervo no había pedido más que un plazo y dilación de pago, y el rey le concedió más de lo que pidió: el perdón y el saldo de la deuda entera. Sin duda desde el principio quería hacer esa gracia; pero quería que no fuera sólo don suyo, sino también de la súplica del siervo, a fin de que éste no se fuera sin corona. Porque, en realidad, que era todo gracia suya, bien lo pone de manifiesto la causa del perdón: «Compadecido —dice el evangelista—, se lo perdonó todo». Y, sin embargo, aun quiso que el otro pusiera, aparentemente al menos, algo de su parte, a fin de que no se fuera del todo avergonzado, y, enseñado en sus propias desgracias, estuviera también dispuesto a perdonar a su compañero.» (San Juan Crisótomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 61, 3)
Este es el corazón de todo lo que venimos diciendo: el rey no perdona porque se lo exigen, ni siquiera solo porque se lo piden; perdona porque ya quería perdonar desde antes, y la súplica del siervo es apenas la ocasión para que ese don, que ya estaba en su corazón, se vuelva encuentro. Así es la misericordia de Dios con nosotros: siempre nos adelanta.
De ahí que el perdón cristiano sea, en su raíz más honda, un acto de la virtud de la caridad. No es simpatía, no es buen carácter, no es olvido conveniente. Es amor teologal, el mismo amor con que amamos a Dios, ejercido ahora hacia el hermano que nos ofendió. Y precisamente porque es virtud, el perdón no se mide. Recordemos que virtud, en el sentido más clásico, es un hábito, una disposición estable del alma que nos inclina hacia el bien con facilidad y con gozo. No es un acto aislado que se cuenta —una, dos, setenta veces siete—, sino una manera de ser que, una vez arraigada, ya no necesita contar, porque perdona por naturaleza, como quien respira.
«Nos enseña a imitar en todo su humildad y su bondad y, mediante el debilitamiento y la ruptura de los impulsos de nuestras pasiones, nos fortalece con el ejemplo de su clemencia. […] Cuánto más, nos enseña, debemos nosotros conceder el perdón sin peso ni medida, y no debemos pensar cuántas veces hay que perdonar, incluso no enojarnos contra los que pecan contra nosotros, siempre que exista motivo de enojo. En todo caso, esta constancia en perdonar nos enseña que no debe existir en nosotros ocasión de resentimiento, puesto que Dios nos perdona por completo todos nuestros pecados, por su don más que por nuestro mérito. Tampoco es conveniente limitar con un número, como prescribía la Ley, el perdón que hemos de conceder, ya que Dios nos ha concedido un perdón sin medida mediante la gracia del Evangelio.» (San Hilario de Poitiers, Sobre el Evangelio de Mateo, 18, 10)
Considerémoslo bien: «sin peso ni medida». No es que Dios nos pida perdonar mucho; nos pide dejar de pesar y de medir. Esa es, exactamente, la diferencia entre cumplir un mandamiento y vivir una virtud.
Ahora bien, esto es hermoso de decir, pero no siempre fácil de vivir. Por eso conviene detenerse en algunas consideraciones muy concretas para aprender a perdonar de verdad, sin engañarnos.
— Perdonar es, ante todo, soltar la deuda que el otro tiene conmigo. Es un acto de la voluntad, no del sentimiento: decido, delante de Dios, dejar de reclamar y dejar de reprochar lo que ya pasó. Ese «ya» es importante: perdonar de verdad significa cerrar la cuenta, no reabrirla cada vez que discutimos otra cosa.
— Hay que distinguir con claridad entre esa decisión de la voluntad y el sentimiento que queda después. Uno puede haber perdonado de veras —ya no reclama, ya no reprocha— y, sin embargo, seguir sintiendo el dolor de la herida cuando la memoria vuelve a ella. Eso no significa que el perdón no sea real. Significa que el perdón, como toda obra de gracia en nosotros, tiene un tiempo de maduración.
— Ese sentimiento se trabaja, no se reprime. Se trabaja con oración, llevando concretamente a esa persona ante Dios y pidiendo por ella; se trabaja con el tiempo, sin exigirnos sanar de golpe; y se trabaja, sobre todo, purificando la memoria: en vez de repasar la ofensa cada vez que el recuerdo aparece, ofrecerle a Dios algo bueno en ese mismo instante —una oración, un gesto de caridad, un recuerdo agradecido de lo bueno que también hubo—. Poco a poco, la memoria deja de ser una herida abierta y se convierte, como dice el Catecismo, en intercesión.
Este es el punto donde el perdón deja de ser un ideal abstracto y se vuelve camino real: no exige que uno deje de sentir de un día para otro, exige que uno decida, hoy, no cobrar la deuda, y que confíe a Dios el resto.
III. Aplicaciones pastorales para la comunión de la Iglesia
Si el fundamento de todo esto es la comunión trinitaria, entonces el perdón no es un asunto privado entre dos personas: es constructor de comunión eclesial y de comunión social. Veamos algunas aplicaciones concretas.
— En la familia: es ahí donde más se repite la escena de la parábola —perdonamos con solemnidad una falta grande y luego exigimos, sin margen, puntualidad en lo pequeño—. La familia cristiana está llamada a ser el lugar donde se vive, cada día y sin ceremonia, un perdón que no lleva cuentas.
— En la vida social: vivimos una cultura que archiva agravios, que cancela sin dar plazo y que convierte cada desacuerdo en deuda impagable. La comunión trinitaria, vivida entre nosotros, es el mejor antídoto contra esa cultura del rencor permanente.
— Con los jóvenes: crecen bajo la lógica de lo que se dice una vez y queda archivado para siempre. Mostrarles que ellos mismos ya recibieron una misericordia mayor que cualquier condena en redes sociales les da autoridad moral para no replicar, entre pares, esa misma dureza.
— Con los niños: el lenguaje de deudas que la parábola usa es, providencialmente, un lenguaje que ellos entienden bien. Enseñarles desde pequeños a perdonar sin llevar la cuenta es sembrar, temprano, el hábito, no solo el gesto.
— Con los ancianos: en la vejez reaparecen, con fuerza, agravios de décadas. Nunca es tarde para desatar lo que quedó atado; acompañarlos a soltar cuentas viejas es prepararlos con paz para el encuentro final con el Rey que también a ellos les perdonó una deuda impagable.
— En nuestra cultura terapéutica: hoy se presenta el perdón como técnica para «sentirse mejor». Y trae paz, es verdad. Pero el motivo del cristiano no es sentirse mejor: es la gratitud por haber sido perdonado primero. La paz es fruto del perdón, nunca su motivo.
— En la comunidad parroquial: la misma comunidad que corrige fraternalmente —lo que vimos la vez anterior— es la que ahora aprende a perdonar sin medida. Atar y desatar no son dos potestades distintas: son la misma comunión eclesial ejercida en sus dos movimientos.
Conclusión
Al final, todo se reduce a esto: no se nos pide perdonar porque la ofensa sea pequeña, sino porque ya fuimos perdonados en una escala que ninguna ofensa alcanza. Y ese perdón que recibimos no se queda guardado dentro de nosotros: nace de la comunión de la Trinidad, nos incorpora a esa misma comunión, y solo tiene un camino de salida, que es el hermano. Cada vez que soltamos una deuda, cada vez que dejamos de reclamar y de reprochar, la Iglesia se hace un poco más lo que ya es por gracia: comunión de los hermanos, imagen viva de la comunión de Dios.
3. Edificación espiritual (Actuar)
¿Hay alguna deuda que todavía estoy cobrando, aunque diga que ya perdoné? ¿Qué señales me lo muestran —un reproche que se repite, un silencio que castiga, un recuerdo que uso como arma?
Cuando pienso en lo mucho que Dios me ha perdonado a mí, ¿logro sentir esa desproporción, o me he acostumbrado a recibir su misericordia sin asombro?
¿Distingo, en mi propia experiencia, entre haber decidido perdonar y seguir sintiendo el dolor de la herida? ¿Qué le puedo ofrecer hoy a Dios cuando ese dolor regresa?
En mi familia o en mi comunidad, ¿dónde se parece más mi actitud a la del siervo despiadado que a la del rey compasivo?