La providencia y el problema del mal

En el capítulo anterior se estudió la doctrina de la creación. Se vio que Dios crea por pura generosidad, porque el bien es difusivo de sí mismo y no porque necesite algo que la criatura pudiera darle; se precisó que su poder es absoluto y que, por lo mismo, coincide con su inteligencia y jamás se ejerce de manera arbitraria; y se llegó a la fórmula técnica de la creación de la nada, con su consecuencia más honda, la creación continua, según la cual la criatura no es una sustancia colocada frente a Dios, sino una relación a Dios que recibe el ser momento a momento.

Establecido eso, surge de inmediato la pregunta siguiente: una vez que Dios da origen a un mundo distinto de sí, ¿cómo lo gobierna? A eso responde la doctrina de la providencia, asunto de este capítulo. Se comenzará fijando una imagen maestra, la del autor y su obra, porque casi todos los problemas de esta materia nacen de imaginarla mal, y se verá hasta dónde llega el cuidado divino. Se abordará después la objeción más natural: si Dios lo dispone todo, ¿qué queda de la libertad humana? Y se llegará por último a la cuestión que ha dado origen a casi toda la teología: si Dios es bueno, ¿por qué existe el mal?

Se trata del capítulo más doloroso del curso, y por eso mismo del más necesario.

El autor y su obra

Conviene fijar antes que nada una imagen maestra. Pensemos en la relación de Tolkien con El Señor de los Anillos: una narración vastísima, con una trama principal y decenas de tramas menores. ¿De qué es responsable Tolkien en ese mundo? De todo: de cada personaje, de cada subtrama, de cada línea; su providencia sobre esa historia es total. Y ahora la otra pregunta, que es la decisiva: ¿dónde aparece Tolkien dentro del relato? En ninguna parte. Están Gandalf, Frodo, Sarumán, pero el autor no es uno más entre ellos, ni interviene desde dentro empujando a unos y frenando a otros. Su dominio es completo y deja, sin embargo, que la historia sea plenamente lo que es. Esa es la mejor imagen para pensar la providencia. ¿Es Dios el autor de la totalidad del ser? Sí: creación de la nada, creación continua, ningún rincón del mundo escapa a su orden. ¿Es Dios una causa más entre las causas del mundo, un personaje que aparece de vez en cuando para arreglar lo que se descompuso? De ninguna manera.

La Escritura misma ofrece el ejemplo. En los relatos más antiguos Dios aparece a veces como un personaje que pasea con Adán por el jardín, y corresponden a un nivel más elemental de revelación. Tómese en cambio un texto maduro, como los libros de Samuel: la historia de Saúl, David y Salomón, con sus celos, sus guerras y sus ambiciones. Dios no aparece allí como personaje ni como voz, y el relato puede leerse íntegramente en clave política. Y sin embargo, en cada página se da por supuesto que Dios lleva adelante sus designios, no como uno de los actores, sino como quien escribe la historia entera dejando que cada elemento conserve su propia consistencia. Ahora bien, ¿hasta dónde llega esa providencia? Algunos filósofos han sostenido que Dios se ocupa solo de los grandes principios. Santo Tomás sostiene lo contrario, apoyado en el libro de la Sabiduría, según el cual Dios lo dispone todo con suavidad y su providencia se extiende poderosamente de un extremo a otro. Si Dios es el acto puro de ser y crea de la nada, ha de estar implicado en todos los particulares.

Conviene detenerse ahí, porque es el punto donde suele intentarse una escapatoria: Dios se ocupará de los grandes asuntos, no de cada uno. No hay tal escapatoria, y no se trata de una fuerza impersonal, pues Dios tiene mente, voluntad y amor, de modo que su presencia en todas las cosas es personal y amorosa. Hay aquí, con todo, un rasgo premoderno que conviene apreciar: la mentalidad contemporánea está obsesionada con el individuo, mientras que los antiguos tenían un sentido más agudo de la totalidad. Santo Tomás escribe que lo que Dios más cuida es el orden del universo, como el general que ordena un ejército entero hacia un objetivo común. ¿No lo convierte esto en un dominador? No. Puede ilustrarse con un ejemplo doméstico: para hacer un pastel hacen falta harina, agua, azúcar y el calor del horno, y nadie diría que hacen falta harina, azúcar, Dios y el horno; y sin embargo, al comerlo se da gracias a Dios, no porque sea un ingrediente más, sino porque es la condición de que todos concurran. De ahí la frase del Papa Juan Pablo II: para el hombre de fe no hay casualidades.

La providencia y la libertad

Surge aquí la objeción decisiva: ¿no queda la criatura convertida en marioneta? La analogía cojea justamente en este punto, porque los personajes de Tolkien no tienen entendimiento ni voluntad, y el hombre sí. Lo primero, entonces, es corregir el concepto mismo de libertad, porque el moderno hace imposible la solución. Suele entenderse por libertad la capacidad de elegir sin coacción externa ni interna, esa indiferencia soberana ante las opciones que el dominico Servais Pinckaers llamó libertad de indiferencia. Los antiguos y la Biblia entendían algo muy distinto: la ordenación del deseo de manera que alcanzar el bien se vuelva primero posible y después fácil. Es la libertad para la excelencia. Un ejemplo lo aclara. Se habla la lengua materna con entera libertad; con un idioma apenas estudiado hay cautividad, porque se sabe lo que se quiere decir y no se logra decirlo. Lo mismo ocurre con un instrumento musical: al principio no se puede nada, y al final se toca lo que se desea, por haber interiorizado la música hasta que el bien se alcanza sin esfuerzo.

Por eso, cuando Dios quiere hacer libre a la criatura, no aumenta su repertorio de opciones: retira los apegos y las distracciones que le impiden alcanzar el bien. Y así opera la providencia sobre la libertad, atrayéndola en lugar de forzarla. Supóngase que alguien avisa de que una persona a quien se admira aguarda a la vuelta de la esquina con deseo de conocerse: se acudirá, con toda seguridad, y nadie habrá obligado a ello. Supóngase ahora que quien organizó el encuentro tenía otro propósito y solo quería llevar hasta ese lugar, y que para asegurarlo despejó de antemano los obstáculos. ¿Se acudió libremente? Por supuesto, con la libertad más plena. Y sin embargo, quien lo dispuso consiguió exactamente lo que quería. Dios, que conoce a cada uno mejor que uno mismo y sabe qué bienes lo atraen, puede disponer las circunstancias como le plazca sin quebrantar en nada la libertad: la despierta y la atrae hacia aquello que de verdad busca. No hay competencia entre su acción y la de la criatura, del mismo modo que no la hay entre su ser y el de ella.

El jesuita Luis de Molina propuso para este problema una solución ingeniosa, muy discutida después entre jesuitas y dominicos, que conviene al menos conocer. Dios conoce lo que efectivamente será y conoce también lo que podría ser; entre ambas cosas cabe distinguir una ciencia media, por la cual conoce desde la eternidad qué haría cada uno libremente en cada uno de los mundos posibles. Al contemplarlos todos, ratifica aquel en el que los hombres, obrando libremente, realizan lo que Él quiere. La escuela tomista objetó que ese planteamiento comprometía la primacía de la acción divina; el padre Antonio Royo Marín, fiel a santo Tomás, sostiene que los decretos divinos no destruyen la libertad humana, sino que la causan y la producen, de suerte que la libertad sería imposible si la voluntad creadora de Dios no la produjera en cada acción concreta. Sea cual fuere el juicio que merezca la hipótesis de la ciencia media, el principio de fondo es el ya conocido: Dios no es una causa entre las causas, y por eso su gobierno no compite con la iniciativa de la criatura, sino que la funda.

El problema del mal

Se llega al asunto que ha dado origen a casi toda la teología: si Dios es bueno, ¿por qué el mal? Quien ejerce el ministerio sabe que la gente rara vez pregunta por la distinción entre esencia y existencia; pregunta por esto, y casi siempre así: ¿cómo pudo Dios permitirlo? La objeción tiene una formulación clásica, que John Stuart Mill expresó con elegancia: si el mal existe, Dios no puede ser a la vez omnisciente, omnipotente y sumamente bueno, porque si lo supiera todo lo sabría, si todo lo pudiera podría evitarlo y, siendo bueno, querría evitarlo. Santo Tomás, que nunca presenta a sus adversarios en versión débil, había formulado siglos antes uno equivalente, y su respuesta es esta: siendo Dios el sumo bien, no permitiría mal alguno en sus obras si su omnipotencia y su bondad no fueran tales que pudieran sacar bien incluso del mal. En la misma línea, el padre Royo Marín recuerda, con santo Tomás, que de los justos cuida Dios de tal suerte «que no permite en torno a ellos ningún mal que no lo convierta en un mayor bien».

Antes de desarrollarlo hay que fijar algo capital: el mal no es algo positivo, ni un principio que se oponga al bien en pie de igualdad. El mal es privación de bien, ausencia de una perfección que debería estar. El padre Royo Marín lo define con exactitud escolástica: el mal no es «positiva cualidad o forma de las cosas», sino «la privación de algún bien», la carencia de algo que se debería tener, como la ceguera respecto de la vista. Una caries es la deformación de un diente que en sí es bueno; el cáncer, la corrupción de un órgano bueno; la maldad moral, la torsión de una voluntad y una inteligencia buenas. Por eso nunca debe decirse que Dios crea el mal, ni concebir el universo como duelo entre dos fuerzas equivalentes. Chesterton lo comprobaba con una prueba sencilla: se puede pensar el bien sin pensar el mal, y no el mal sin pensar el bien, porque el mal solo existe parasitariamente.

Queda la pregunta: ¿por qué permite Dios esas privaciones? La tradición distingue dos clases de mal. El moral es el más accesible al razonamiento: Dios lo permite para que exista la libertad, porque si quiere seres que lo amen de verdad y no marionetas ha de permitirla, y decir libertad es decir posibilidad de abusar de ella. San Agustín, comentando el texto de san Pablo según el cual «Dios hace concurrir todas las cosas al bien de los que le aman», llega a escribir etiam peccata, «hasta los pecados», porque, al arrepentirse de ellos, los hombres se vuelven más humildes y confiados en Dios. El mal físico es el que más confunde: el terremoto que sepulta a millares, la enfermedad que mata a un niño. El principio vale también aquí, aunque a veces pueda verse y otras muchas no. El gran texto sobre esto es el libro de Job: cuando Dios habla al fin desde el torbellino, no ofrece teoría alguna, sino que lleva a Job de gira por la creación. El mensaje es claro: el hombre está absorbido por su dolor, y se comprende, pero es parte de una historia infinitamente mayor que su capítulo.

Conclusión

Conviene recoger lo andado. La providencia divina es universal y alcanza lo particular, porque quien da el ser a todas las cosas está implicado en todas ellas; no es la intervención ocasional de un personaje dentro de la trama, sino la acción constante del autor que sostiene la trama entera. Esa providencia no anula la libertad, sino que la despierta y la atrae, porque Dios no compite con la criatura ni ocupa su lugar. Y frente al mal, la respuesta cristiana no consiste en negarlo ni en explicarlo del todo, sino en afirmar que es privación y no principio, y que Dios lo permite únicamente porque puede sacar de él un bien mayor.

Es la doctrina más exigente del curso, y sería deshonesto presentarla como si resolviera todo el dolor del mundo. Ante el sufrimiento del inocente no hay una respuesta que quepa en la mente humana: hay una respuesta, el Padre la tiene, y la criatura es demasiado pequeña para contenerla, como el niño que llora tras una operación necesaria sin poder entender por qué se consintió.

¿Qué queda, entonces? La entrega. Aquel Dios que, según se vio, no puede ser ni atrapado ni evitado, es el mismo que habla desde el torbellino. Aceptar en la fe y en el amor que Dios está perfeccionando el mundo que ha hecho es lo mejor que puede hacerse ante el más doloroso de los problemas. Con esto se cierra el tratado sobre Dios y su obra: en los capítulos siguientes se volverá la mirada al hombre.

📘 Curso Santo Tomás de Aquino — Peterson Academy

✍️ Notas elaboradas con el apoyo de inteligencia artificial (IA) bajo supervisión académica.