La ética y la felicidad

El capítulo anterior mostró qué clase de criatura es el hombre. Se vio que la Escritura lo presenta como barro y aliento, y que esa doble condición debe sostenerse entera sin sacrificar ninguno de sus términos. Se recorrió la larga tradición dualista —Platón, los gnósticos, los albigenses, Descartes y sus herederos— y la respuesta de santo Tomás, para quien el alma es forma del cuerpo y el yo verdadero no es el alma sola. Y se llegó a la inquietud del entendimiento, esa mente que nunca se sacia y que quiere saberlo todo acerca de todo.

Ese último rasgo es precisamente el que abre el capítulo final. Si el hombre está imantado hacia Dios, la pregunta moral no puede formularse en términos de prohibiciones, sino de plenitud. Este capítulo trata, por tanto, de la ética, entendida como el camino de retorno del hombre a Dios. Se explicará primero por qué la ética viene al final y por qué empieza en la felicidad y no en la ley, con el análisis del deseo. Se examinarán después los cuatro candidatos que aspiran al puesto de bien último y las razones por las que todos fracasan. Y se expondrá por último la doctrina de las virtudes y de la ley, que son el camino concreto hacia el fin.

Se cierra así el itinerario emprendido en el primer capítulo, y se cierra donde el propio Aquinate quiso: en la única felicidad capaz de saciar al hombre.

¿Por qué la ética empieza en la felicidad?

Cerrar un curso sobre santo Tomás hablando de ética podría parecer un descenso a lo abstracto después de haber tratado de Dios, de la Trinidad y de la creación. Es exactamente al revés: es el único final posible. Conviene recordar el movimiento que estructura toda su obra, la salida de todas las cosas desde Dios y su retorno a Él. ¿Qué es la ética sino el modo concreto en que el hombre vuelve a Aquel de quien procede? Aquí santo Tomás es otra vez aristotélico, pues su ética está regida por un fin. Ahora bien, esa salida y ese retorno no forman un ritmo sordo y circular, una especie de eterno retorno de lo mismo. Las cosas salen de Dios en toda su bondad, belleza y armonía; el pecado interrumpe ese movimiento, y esa es otra historia; y Dios quiere traerlo todo de vuelta realzado, por el bien de las cosas mismas. No se olvide que Dios no necesita nada y que por eso todo lo que hace lo hace por el bien del mundo. El retorno a Dios no disminuye a la criatura: la engrandece.

Lo previsible bajo prejuicio sería esperar de un teólogo católico que hable de moral en terminos negativos. Un dato de arquitectura interna lo desmiente: la segunda parte de la Suma, dedicada al hombre, aborda la ley por primera vez en la cuestión noventa, es decir, cientos de páginas después del comienzo. De hecho, quien supone que la moral católica consiste en normas y prohibiciones piensa exactamente al revés de como piensa el príncipe de la teología de la Iglesia. ¿Dónde empieza entonces la ética para santo Tomás? En la felicidad. Es lo único que todos quieren, sin excepción de edad, condición, cultura o formación, y el corazón de la moral consiste en averiguar qué es eso y cómo alcanzarlo mejor. Ya se llegará a las cosas que no deben hacerse, porque en toda empresa que valga la pena hay mucho espacio para decir «así no»: quien pretende mejorar su destreza en cualquier arte oye negar a su maestro todo el tiempo. Primero el fin; después las correcciones.

El método para descubrir ese fin es el análisis del deseo hasta el fondo. ¿Por qué se estudia esta materia? Porque interesa santo Tomás. ¿Por qué interesa? Porque es un pensador religioso, y esa parece una dimensión importante de la vida. ¿Por qué se quiere saber de religión? Porque pone en contacto con lo más profundo. ¿Y por qué se quiere eso? Porque ahí se encontraría sentido y felicidad. El ejercicio vale para cualquier deseo, por trivial que sea: se desayuna porque se tiene hambre, y no tenerla hace estar mejor, y se quiere estar bien siempre. Como muñecas rusas, un deseo se abre dentro de otro, y al final de toda cadena aparece invariablemente la misma respuesta: porque hace feliz. De ahí la pregunta decisiva: ¿qué es la felicidad? el corazón humano apetece la plena felicidad con un deseo natural e innato, ese deseo no puede ser vano, y como ningún bien creado lo sacia, «solamente un Bien Infinito puede llenar por completo las aspiraciones inmensas del corazón humano».

Cuatro candidatos que fracasan

Santo Tomás examina, uno por uno, los aspirantes al puesto de bien último. El primero es la riqueza, y basta preguntar a quién admira una sociedad para saber qué valora. Distingue aquí la riqueza natural —alimento, vestido, casa, transporte— de la artificial, que es solo su símbolo, la cifra en el banco. Ninguna de las dos puede ser el fin último: la natural vale únicamente en la medida en que produce cierto bienestar, pues se quiere la casa hermosa porque da sensación de seguridad, y conduce por tanto a algo más elemental que ella misma; la artificial, todavía menos, que ese es el problema de Midas. Aparece aquí un principio que valdrá para los cuatro candidatos: su carácter adictivo. «Si consigo esa casa, seré feliz», y sí, pero por un tiempo; meses después la casa ya no parece gran cosa. Escribe santo Tomás que, una vez poseídos los bienes materiales, se los desprecia y se buscan otros, y que en eso se advierte su insuficiencia. Paul Tillich hablaba del deseo de meterse el mundo entero en la boca: puede uno tragárselo y seguirá hambriento.

El segundo candidato son los honores y la gloria. Hay quienes son indiferentes al dinero y viven pendientes de que se les reconozca; el ritmo es idéntico: se lucha por el título, se obtiene, dura poco y hace falta más. Santo Tomás hace aquí una distinción preciosa: el honor no es malo, es una bandera de la virtud, una señal que se levanta para que otros adviertan que ahí hay algo bueno e imitable; la enfermedad espiritual consiste en volverse adicto a la bandera y olvidar lo que señalaba. Y añade que el verdadero premio de la virtud es la felicidad misma, de suerte que quien obra por el honor ya no ejercita virtud, sino ambición. San Ambrosio observaba que la felicidad no puede consistir en ser alabado, porque los hombres son fugaces y a menudo se equivocan: se recibe gloria de gente tan perdida como uno mismo. Es más, quien vive de la estima ajena ha puesto su felicidad en manos de otros y ha perdido el gobierno de sí. De ahí la despreocupación soberana de los santos, que saben quiénes son y no dependen del aplauso.

El tercer candidato es el poder, cuya seducción retrata mejor que ningún tratado aquella escena en que el propio Gandalf se siente por un instante tentado por el anillo. Ahora bien, el poder está siempre subordinado a un fin que lo excede: nadie lo quiere por sí mismo, sino para hacer algo con él, y por eso es ambiguo, pues sirve al bien de los hombres o al engrandecimiento del propio ego. Solo quien ha descubierto el fin verdadero sabrá qué hacer con él, y con el dinero y la fama, cuando le lleguen. El cuarto candidato es el placer, y es el más interesante, porque la posición hedonista es antigua y sigue siendo buscada. Santo Tomás responde que el placer sentido en el cuerpo es cosa menuda comparado con el bien del alma. No hay aquí retractación alguna de cuanto se dijo en el capítulo anterior sobre la bondad del cuerpo, pues él no desprecia la carne; sostiene solamente que, cuando el alma goza de sus bienes propios —el conocimiento, la virtud, la unión con los demás y con Dios—, los placeres corporales resultan, en comparación, poca cosa.

La caverna infinita, las virtudes y la ley

¿Qué queda, entonces? Santo Tomás analiza la voluntad como antes analizó la inteligencia. La mente no se contenta con verdades particulares: quiere la verdad. Del mismo modo, la voluntad no quiere este o aquel bien —la riqueza, el honor, el poder y el placer son bienes, y por eso atraen—, sino la bondad misma, y no descansa hasta hallarla. Ahí está la raíz de toda adicción: hay hambre de Dios y se pone en su lugar algo que no lo es, de modo que el efecto se agota cada vez más rápido y hace falta cada vez más. San Juan de la Cruz, buen lector de santo Tomás, lo dijo con una imagen que no se olvida: hay en el hombre una caverna infinita, un hambre de Dios que solo Dios sacia, y se pasa la vida arrojando dentro las cosas del mundo con la esperanza de llenarla; caen y desaparecen, porque la caverna es infinita. Escribe santo Tomás que el objeto de la voluntad es el bien universal y que este no se halla en criatura alguna, sino únicamente en Dios.

Sabido el fin, queda el camino, y ese camino son las virtudes, capacidades interiores que ordenan hacia él. La justicia es hacer lo recto, dar a cada quien lo suyo; y para que prevalezca hacen falta otras tres. La templanza contiene las resistencias interiores: se sabe lo que debe hacerse, y los afectos están tan desordenados que no se consigue. La fortaleza contiene las amenazas exteriores: se sabe lo que debe hacerse, y al hacerlo se recibe ataque. Y la prudencia es el saber práctico de lo concreto, la forma exacta que toma aquí y ahora lo justo. Solo al final de todo esto aparece la ley, y su función es servir: disciplina la acción de modo que se inculquen las virtudes, y las virtudes ordenan a la felicidad. Sucede como con un niño, a quien se dan normas que todavía no comprende para habituarlo al bien, con la esperanza de que un día las entienda desde dentro y ya no las necesite como imposición externa.

Santo Tomás distingue tres niveles de ley encajados uno dentro de otro. La ley positiva son las normas escritas que rigen una sociedad, como el límite de velocidad o los impuestos. Esa ley se apoya en la ley natural, es decir, en los principios morales inscritos en la naturaleza humana por los cuales se conocen los bienes que deben buscarse: la vida, el conocimiento, la sociabilidad, la amistad, el arte, la religión. A quien pide que no se legisle sobre moral cabe responderle que no se legisla sobre otra cosa: el límite de velocidad parece arbitrario y existe para proteger la vida. Y la ley natural descansa a su vez en la ley eterna, que es la mente de Dios; y lo que Dios quiere es la felicidad del hombre. El mejor ejemplo moderno de este razonamiento es la carta que Martin Luther King escribió desde la cárcel de Birmingham: a unos pastores que le pedían ir más despacio respondió que no podía esperar, porque las leyes segregacionistas eran contrarias a la ley natural y, por tanto, a la eterna. Y citó a santo Tomás.

Conclusión

Todo esto apunta a un solo objetivo, que las catedrales góticas representaron en piedra: la rueda de la fortuna. Arriba, el rey que reina; al girar, quien perdió la corona y dice «he reinado»; abajo, el mendigo que dice «estoy sin reino»; y subiendo, el que dice «reinaré». Es la vida entera respecto de la riqueza, el placer, el poder y la fama. Por famoso que se sea, llegará el día en que no se lo sea; por poderoso, se será despojado. La rueda gira inexorablemente, y los maestros espirituales aconsejan lo mismo: no vivir en el borde de la rueda.

Casi todos viven ahí, subiendo y bajando, deseando sin descanso. En el centro de esas ruedas esculpidas está Cristo, el mismo ayer, hoy y siempre; y el centro no se mueve. Ahí está la felicidad, y conviene morar en él dejando que la rueda gire.

Con esto se cierra el recorrido entero. Partimos de Dios y se examinó su ser, sus atributos, su vida trinitaria, su acto creador y su providencia; se volvió después al hombre, a su composición de barro y aliento, y ahora a su camino de regreso. De poco serviría saber tanto como santo Tomás acerca de Dios si se sigue aferrado al borde de la rueda. Lo que él quiere, al cabo, es que por este camino —esa palabra suya, camino— se vuelva al Dios que dio el ser. Conviene terminar con su última palabra: cuando el Señor le preguntó desde un crucifijo qué quería como recompensa por su labor, él respondió: «Nada sino a ti, Señor».

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✍️ Notas elaboradas con el apoyo de inteligencia artificial (IA) bajo supervisión académica.