Aristóteles I: vida, obras y lógica

Aristóteles (384-322 a.C.) es el filósofo de mayor influencia en la historia de la filosofía occidental. Discípulo de Platón durante veinte años y fundador del Liceo, su pensamiento abarca todos los campos del saber: lógica, física, metafísica, biología, psicología, ética, política, retórica y poética. A diferencia de Platón, que expuso su filosofía en la forma literaria del diálogo, Aristóteles escribió tratados densos y sistemáticos destinados a la actividad didáctica. Este capítulo presenta su vida y obras, su relación con Platón y su lógica, que constituye el instrumento metodológico de todo el resto de su filosofía.

Rasgos biográficos y relación con Platón

Aristóteles nació en Estagira en el año 384 a.C. en el seno de una familia aristocrática. Huérfano muy joven, ingresó en la Academia de Platón hacia el 366 y permaneció en ella durante veinte años, hasta la muerte del maestro en el 347. A la muerte de Platón abandonó Atenas —quizá porque la dirección de la Academia fue tomada por Espeusipo, representante de la corriente más contraria a sus convicciones— y se dirigió a Asia Menor, donde con otros platónicos fundó una escuela en Asos. En el 343 fue llamado por Felipe de Macedonia para confiarle la educación de su hijo Alejandro, el futuro Alejandro Magno. Finalmente, en el 335 volvió a Atenas y fundó el Liceo, también llamado Peripato porque Aristóteles daba sus lecciones paseando por los jardines.

La relación de Aristóteles con Platón es un tema clásico de la historia de la filosofía. Tradicionalmente se los ha presentado como opuestos: el platonismo mirando hacia arriba, al mundo de las Ideas trascendentes; el aristotelismo mirando hacia lo sensible. Pero esta presentación simplifica la realidad. Aristóteles se separa efectivamente de Platón en puntos fundamentales —rechaza la subsistencia independiente de las Ideas— pero son muchas también las coincidencias: la primacía de la forma sobre la materia, la existencia de realidades inmateriales, la estructura teleológica de la naturaleza. «Aristóteles, más que oponerse al platonismo, lo corrige y desarrolla; su filosofía sólo se comprende desde el platonismo» (Yarza, p. 117).

Los escritos de Aristóteles se dividen en exotéricos —compuestos en forma de diálogo para el gran público, hoy prácticamente perdidos— y esotéricos —tratados densos de gran profundidad doctrinal, destinados a los discípulos. Estos últimos, ordenados por Andrónico de Rodas en el siglo I a.C., incluyen el Organon (lógica), los tratados de filosofía natural (Física, El Cielo, La Generación y la Corrupción), el tratado sobre el alma (El alma), los tratados de filosofía primera (Metafísica, catorce libros), los de filosofía moral y política (Ética a Nicómaco, Política) y los de retórica y poética. Esta distribución del saber es en sí misma una de las aportaciones filosóficas de Aristóteles: la clasificación de las ciencias.

El Organon: lógica y teoría de la ciencia

El Organon —nombre que significa «instrumento»— reúne los escritos lógicos de Aristóteles y manifiesta su propósito: exponer los instrumentos y medios de cualquier quehacer científico. La lógica de Aristóteles no es una ciencia autónoma sino una propedéutica al saber filosófico y científico en general. Sus seis libros corresponden a las tres operaciones fundamentales del conocimiento: la simple aprehensión (Categorías), el juicio (Sobre la interpretación) y el raciocinio (Primeros Analíticos, Segundos Analíticos, Tópicos y Argumentaciones sofísticas).

Las Categorías estudian los modos supremos de ser a los que se reduce toda realidad. Aristóteles enumera diez: sustancia, cantidad, cualidad, relación, lugar, tiempo, posición, posesión, acción y pasión. Estas no son solo categorías del lenguaje sino modos fundamentales de ser: lo que las palabras expresan refleja la estructura de la realidad. El lenguaje es expresión adecuada del intelecto, y el intelecto lo es de la realidad. De todas las categorías, la sustancia tiene la primacía: es la que subsiste por sí misma y de la que todo lo demás depende.

Los Primeros Analíticos elaboran la doctrina del silogismo con una precisión que no ha sido superada hasta la lógica matemática del siglo XIX. Un silogismo válido enlaza dos premisas para deducir una conclusión necesaria. Los Segundos Analíticos desarrollan la teoría de la demostración científica: la ciencia es conocimiento cierto por las causas, que procede de premisas verdaderas, primeras, inmediatas, más conocidas y anteriores que la conclusión. Los principios de la ciencia —el principio de no contradicción, el todo es mayor que la parte— no pueden demostrarse sino que son conocidos por intuición intelectual a partir de la experiencia inducida: «Ninguna forma de saber es más exacta que el conocimiento intuitivo de los principios» (Analíticos Posteriores II, 19).

Los predicables y la clasificación de las ciencias

En los Tópicos, Aristóteles elabora la teoría de los predicables: los modos en que un concepto universal puede relacionarse con un sujeto. El predicado o es convertible con el sujeto o no lo es. Si es convertible y expresa la esencia, tenemos la definición —»el hombre es animal racional»—; si siendo convertible no expresa la esencia sino un aspecto parcial, tenemos la propiedad —»el hombre es risible»—. Si no es convertible con el sujeto, puede ser parte de la definición —el género— o un accidente lógico —»el hombre es blanco»—. Esta clasificación de los predicables, después modificada por Porfirio añadiendo la especie, fue uno de los instrumentos más influyentes de la lógica medieval.

La distinción entre sustancia primera y sustancia segunda es fundamental en el aristotelismo. La sustancia primera es el individuo concreto, singular —Sócrates, este caballo—, de quien todo se predica sin que ella se predique de nadie. La sustancia segunda es el universal que expresa la esencia o naturaleza común a muchos individuos —hombre, caballo—. Para Aristóteles, contra Platón, la sustancia propiamente dicha es la primera: los universales en sí mismos son abstracciones, no realidades subsistentes.

Aristóteles divide las ciencias en tres grupos: teóricas, que buscan el saber por sí mismo —física, matemáticas y metafísica—; prácticas, que buscan el saber en función del perfeccionamiento moral —ética y política—; y productivas, que buscan el saber para hacer cosas —retórica, poética. Las ciencias teóricas se distinguen por el grado de inmaterialidad de su objeto: la física estudia los entes sensibles en cuanto se mueven; las matemáticas estudian los entes cuantitativos prescindiendo de la materia sensible; la metafísica estudia las realidades inmateriales o el ente en cuanto ente. La metafísica es la más elevada de las ciencias: «la que Dios posee en grado sumo, o que tiene como objeto las cosas divinas» (Metafísica I, 2, 983a).

Conclusión

La lógica de Aristóteles es el primer sistema formal del pensamiento humano y sigue siendo en sus líneas esenciales válido. Pero más allá de sus logros técnicos, la lógica aristotélica expresa una convicción filosófica de fondo: el lenguaje refleja la estructura de la realidad, y la realidad tiene una estructura inteligible que la razón puede captar. La clasificación de las ciencias organiza el saber humano de manera que todavía hoy puede reconocerse. El siguiente capítulo estudia la física y la metafísica de Aristóteles, dos de sus grandes construcciones especulativas: el hilemorfismo y la doctrina del ser en cuanto ser.

Apuntes de Historia de la Filosofía en base a los Manuales de EUNSA y Herder, formateados con asistencia de IA