Aristóteles III: la causa primera, el viviente y la ética

La teología, la psicología y la ética de Aristóteles forman el vértice de su sistema filosófico. La teología natural culmina la metafísica con el descubrimiento del Acto Puro como principio y fin de todo movimiento. La psicología, expuesta en el tratado «El alma», aplica el hilemorfismo a los seres vivos y ofrece una explicación del conocimiento sensible e intelectual. La ética, desplegada en la «Ética a Nicómaco», desarrolla una teoría de la felicidad, las virtudes y el acto voluntario que sigue siendo una de las más completas y equilibradas de la historia del pensamiento moral.

La existencia y naturaleza del Acto Puro

La argumentación aristotélica hacia la existencia de Dios parte del movimiento. Todo lo que está en movimiento es movido por otro; ese otro, si a su vez está en movimiento, es movido por un tercero, y así sucesivamente. Para explicar cualquier movimiento es necesario llegar a un principio absolutamente inmóvil: «todo lo que está en movimiento es movido por otro» (Física VII, 1, 241b). La regresión al infinito de motores movidos no explicaría nada. Debe haber un Primer Motor Inmóvil, eterno, que cause el movimiento de todo el universo. La argumentación de la Metafísica parte de la sustancia: si todas las sustancias fueran corruptibles, nada existiría permanentemente; pero existe el movimiento eterno del cosmos, lo que exige un principio incorruptible, sin potencia, que sea solo acto: el Acto Puro.

La naturaleza del Acto Puro es descrita por Aristóteles con rasgos de gran densidad. El Acto Puro no tiene materia —pues la materia es potencia—, ni extensión ni tamaño. Es vida, y la vida más excelente: la vida del entendimiento. Su objeto de contemplación no puede ser sino lo más excelente, que es él mismo: «Dios es entendimiento que se entiende a sí mismo, entender de su propio entender» (Metafísica XII, 7, 1072b). Mueve todo el universo como objeto del deseo y del amor sin moverse él mismo: igual que el objeto amado atrae al amante sin moverse, el Acto Puro atrae el movimiento cósmico siendo él mismo inmóvil. «De tal Principio dependen el cielo y la naturaleza» (XII, 7).

El Dios de Aristóteles no es creador —la materia es eterna junto con él— ni ejerce providencia sobre los individuos con claridad. Aristóteles no da una respuesta neta a si Dios conoce el mundo; parece tender a la negativa, pues un conocimiento de realidades corruptibles e inferiores sería incompatible con la dignidad del Acto Puro. Sin embargo, en sus tratados éticos afirma que «todo está movido por Dios» y que hay algo divino en el alma humana que es causa de sus mociones. La teología aristotélica, brillante en su formulación del principio absoluto e inmóvil, deja abiertas preguntas que el pensamiento cristiano tendrá que abordar: la creación, la providencia, la relación personal entre Dios y el hombre.

La psicología: alma, sentidos e intelecto

El tratado El alma aplica el hilemorfismo al estudio de los seres vivos. Si toda sustancia sensible está compuesta de materia y forma, el cuerpo viviente es la materia y el alma es la forma que lo actualiza. El alma es «acto primero de un cuerpo natural que tiene la vida en potencia» (De anima II, 1, 412a). Esta definición sitúa a Aristóteles entre los presocráticos, que identificaban el alma con algún principio físico, y Platón, que la concebía como contrapuesta al cuerpo. Para Aristóteles, el alma no es una sustancia separada sino la forma del cuerpo: intrínsecamente unida a él, siendo su principio vital. Con esta doctrina, Aristóteles salva la unidad del ser vivo que el dualismo platónico ponía en peligro.

Las funciones del alma son vegetativa, sensitiva e intelectiva. Las plantas poseen solo alma vegetativa; los animales añaden el alma sensitiva; los hombres tienen alma racional que integra las dos anteriores. El conocimiento sensitivo se explica por asimilación intencional: la sensación es el acto común del sensible y del que siente. El órgano sensorial recibe la forma del objeto sensible sin su materia, «como la cera respecto a la marca del anillo sin el hierro o el oro» (De anima II, 12, 424a). Los sentidos externos —vista, oído, olfato, gusto, tacto— captan cada uno sus sensibles propios; el sentido común los integra y permite la captación unitaria del objeto; la imaginación conserva las impresiones cuando el objeto está ausente; la memoria reconoce el carácter pretérito de las imágenes.

El conocimiento intelectivo es análogo al sensible pero profundamente diferente. El intelecto puede conocer las formas inteligibles de todos los objetos porque no está «mezclado» con el cuerpo —es intrínsecamente independiente de él—. Aristóteles distingue dos aspectos del intelecto: el posible, que «tiene la potencialidad de ser todos los objetos», y el agente, que «los produce como si fuera la luz». El intelecto agente abstrae las formas inteligibles de las imágenes sensoriales y las pone en acto para que el intelecto posible las capte. Aristóteles sugiere que el intelecto agente es inmortal —»separado, es solo aquello que es inmortal y eterno» (De anima III, 5, 430a)— pero sin explicar claramente su relación con la personalidad individual, punto que dejó abierto a la interpretación de sus comentadores.

La ética: bien, virtudes y acto voluntario

La ética aristotélica, expuesta principalmente en la «Ética a Nicómaco», tiene como pregunta fundamental: ¿qué es el bien? Toda acción y toda elección tienden a algún bien; el bien supremo es aquel que se quiere por sí mismo y no en función de otro. Para Aristóteles ese bien es la felicidad (eudaimonía-εὐδαιμονία), entendida no como un estado pasivo sino como una actividad: «actividad del alma conforme a la virtud, y si las virtudes son varias, conforme a la mejor y más perfecta, y además en una vida entera» (Ética a Nicómaco I, 7, 1098a). La contemplación intelectual es la forma más alta de felicidad, pues corresponde a la parte más excelente del hombre; pero la vida conforme a las virtudes morales es también fuente de felicidad, en cuanto actividad propiamente humana.

Las virtudes éticas son hábitos adquiridos voluntariamente mediante la repetición de actos: «practicando la justicia nos hacemos justos, practicando la templanza, templados» (1103b). No son ni efectos innatos de la naturaleza —que solo nos da las inclinaciones y potencias— ni contrarios a ella. Su estructura característica es el justo medio relativo a nosotros, entre el exceso y el defecto: la fortaleza es el justo medio entre la cobardía y la temeridad; la templanza, entre la insensibilidad y la intemperancia. Este medio no es aritmético sino cualitativo: lo virtuoso, visto desde el ángulo de la bondad, es un extremo, lo más excelente. La prudencia —virtud intelectual práctica— es la que determina el justo medio en cada situación concreta.

El acto voluntario es el fundamento de la responsabilidad moral. Aristóteles introduce el concepto de elección (prohairesis-προαίρεσις) —»inteligencia deseosa o deseo inteligente» (VI, 2, 1139b)— como el acto en que están presentes simultáneamente la deliberación racional y el deseo. La voluntad, apetito iluminado por el entendimiento, es movida por el bien; el intelecto delibera sobre los medios para alcanzarlo; la elección une los dos en el acto concreto. Cada uno es causa de sus propios hábitos y, por ellos, de su carácter; y el carácter determina el fin que uno se propone. Así, sin negar la influencia de la razón en el obrar humano, Aristóteles da espacio al elemento volitivo y abre el camino a una doctrina de la libertad más equilibrada que el intelectualismo socrático.

Conclusión

La teología, la psicología y la ética de Aristóteles forman un conjunto de admirable coherencia. El Acto Puro como fundamento de todo movimiento, el alma como forma del cuerpo, la felicidad como actividad conforme a la virtud: son respuestas que integran la dimensión inteligible de la realidad sin despreciar la sensible, que toman en serio la razón sin eliminar el deseo, que buscan la contemplación sin huir de la vida práctica. Las limitaciones también son reales: el Dios de Aristóteles no crea ni provee; la inmortalidad personal del alma queda en sombras; la voluntad solo está esbozada. La filosofía griega alcanza con Aristóteles su plena madurez. El siguiente capítulo inicia el estudio del helenismo, que representará un cambio profundo de orientación.

Apuntes de Historia de la Filosofía en base a los Manuales de EUNSA y Herder, formateados con asistencia de IA