Los primeros momentos de la filosofía cristiana: apologistas, gnosticismo y san Ireneo

El cristianismo no se presentó a los hombres, en sus orígenes, como una especulación filosófica, sino como una religión revelada por Dios en orden a la salvación de todos los hombres. Sin embargo, muy pronto los cristianos sintieron la necesidad de acudir a la especulación racional: para precisar las fórmulas dogmáticas, para deshacer los argumentos heréticos y para defenderse ante las autoridades romanas. Este capítulo estudia los primeros pasos de esa andadura: los apologistas del siglo II, el desafío del gnosticismo y la primera gran síntesis antignóstica, la de san Ireneo de Lyón.

«El que algunos según su inteligencia puedan saber más o menos, no justifica que puedan cambiar el objeto de la fe, excogitando otro Dios distinto del artífice y creador y mantenedor del Universo, como si Éste no bastara.» (San Ireneo de Lyón, Adversus haereses I, 10, 3)

Los apologistas griegos y latinos

Durante el siglo II, a medida que arreciaban las calumnias contra la primitiva Iglesia, los creyentes sintieron la necesidad de defenderse con escritos apologéticos, redactados según las reglas de la retórica griega y dirigidos frecuentemente a los propios emperadores romanos. Entre los apologistas griegos destacó Justino, filósofo de profesión antes de su conversión y mártir, quien enseñó que Dios había conducido al pueblo de Israel por la Revelación sobrenatural, y a los demás hombres por la luz de la razón natural, preparándolos para recibir a Cristo: «Todo lo que se ha dicho de verdadero, por quien quiera que haya sido, nos pertenece a los cristianos». San Justino dio así cabida para siempre a la filosofía dentro del cristianismo.

Más benévola aún fue la actitud de Atenágoras, filósofo cristiano en Atenas, quien escribió que los cristianos «obedecen a la razón y no le hacen violencia», e intentó probar el carácter razonable de la resurrección de los cuerpos frente a la opinión platónica de que el cuerpo es una carga para el alma. Entre los apologistas latinos, florecidos entre 170 y 250, destacó Tertuliano, quien insistió en la crítica de la filosofía pagana con su célebre pregunta «¿Qué tienen en común Atenas y Jerusalén?», aunque él mismo empleó frecuentemente argumentaciones filosóficas de raíz estoica en su exégesis bíblica, y fue inspirador de muchas fórmulas trinitarias que pasarían al Símbolo de Nicea.

Minucio Félix, en cambio, mantuvo una actitud más conciliadora que su contemporáneo Tertuliano, al extremo de afirmar que todos los cristianos son de hecho filósofos, o que los filósofos son cristianos por el puro hecho de serlo verdaderamente. Esta diversidad de actitudes —desde el entusiasmo de Justino hasta el recelo de Tertuliano— muestra que, ya en el siglo II, la relación entre fe y razón era objeto de reflexión consciente y no de ingenuidad, como reconocerá siglos después la encíclica Fides et ratio.

El desafío del gnosticismo

El cristianismo tuvo que enfrentarse, casi desde primera hora, con la expansión del gnosticismo, movimiento filosófico-religioso de carácter aristocrático que combinaba la filosofía con un turbio fondo de aspiraciones religiosas centradas en el problema del mal. No fue una helenización del cristianismo ni la primera tentativa de filosofía cristiana, sino más bien un esfuerzo por confiscar el cristianismo en provecho propio, ofreciendo una explicación de totalidad que resultaba atractiva para las primeras generaciones cristianas.

Las líneas generales del gnosticismo pueden resumirse así: una concepción de Dios sumamente alejado del universo, esencialmente bueno e incapaz de ser causa del mal; una complicadísima serie de seres intermedios entre Dios y el mundo, al gusto del platonismo medio; la producción del mundo sensible por algún ser intermedio pecador, dada la maldad de la materia; y un hombre compuesto de un elemento malo —la materia— y otro bueno —el alma, procedente del mundo superior y aprisionada en el cuerpo—, capaz de salvación mediante un esfuerzo ascético.

Entre las sectas gnósticas que incorporaron elementos cristianos cabe citar la gnosis samaritana, atribuida a Simón el Mago; la gnosis siríaca de Cerdón y Marción; la gnosis alejandrina de Basílides; la gnosis itálica de Valentín; y la gnosis persa o maniqueísmo, fundada por Mani, que influiría más tarde en la propia juventud de san Agustín. El hostigamiento gnóstico fue particularmente importante a mediados del siglo II, momento en que desplegó su actividad literaria el principal contradictor del gnosticismo: san Ireneo de Lyón.

San Ireneo de Lyón y la subordinación de la razón a la fe

San Ireneo, nacido en Asia Menor poco antes del 140, estaba ya en las Galias en 177. Su obra principal, Adversus haereses, redactada originalmente en griego, refuta los errores gnósticos —principalmente los de Marción y Valentín— y expone positivamente la doctrina cristiana. En ella declaró también su punto de vista sobre las relaciones entre razón y fe revelada, sosteniendo que la diferencia entre quienes saben más y quienes saben menos no está en el objeto de la fe, sino en la capacidad de investigar lo dicho en parábolas relacionándolo con el contenido de esa misma fe.

La actitud de Ireneo fue contraria al desarrollo de un saber racional autónomo: el lugar que concedió a la razón fue importante, pero siempre en segundo plano, con la misión subsidiaria de establecer la inverosimilitud del error. Esta posición restrictiva no debe interpretarse como un precedente de las reacciones antidialécticas del siglo XI, sino que debe enmarcarse en el contexto histórico del gnosticismo, que aplicaba la razón a elucubrar sobre lo divino y lo humano al margen de toda regla, con la pretensión de alcanzar un saber superior a la Revelación misma.

Ireneo no tenía otra salida, en la cuestión fe-razón, que limitar cuidadosamente el ámbito de aplicación de la razón: por todas partes el gnosticismo amenazaba con perderse en los mares de la pura fantasía especulativa. La razón, por consiguiente, debía plegarse a la fe y ser su servidora. Esta cautela ireneana marcará el tono de buena parte de la reflexión patrística de los siglos siguientes, hasta que la Escuela de Alejandría —con Clemente y Orígenes— dé un paso decisivo hacia una valoración más positiva del saber filosófico.

Conclusión

Los apologistas del siglo II y san Ireneo de Lyón representan el primer esfuerzo cristiano por situarse ante la filosofía griega: unos, como Justino, con entusiasmo integrador; otros, como Tertuliano, con recelo; Ireneo, con una subordinación prudente de la razón a la fe, justificada por la amenaza gnóstica. Estas primeras posturas, todavía tentativas, prepararon el terreno para el paso decisivo que dará la Escuela de Alejandría. El siguiente capítulo estudia esa escuela, fundada en un ambiente de extraordinaria riqueza cultural, y sus dos grandes figuras: Clemente y Orígenes.

Apuntes de Historia de la Filosofía en base a los Manuales de EUNSA y Herder, formateados con asistencia de IA