La parábola de los viñadores perversos

Fecha: 04/10/2026

Frase: “En primer lugar, pues, el Señor plantó la Iglesia como una viña. Cierto que en los tiempos de Isaías todavía no existía la Iglesia de Cristo, pero acabamos de decir en el salmo responsorial que la viña es el pueblo de Israel, pueblo predilecto en el cual Dios va presagiando, anunciando, perfeccionando la pedagogía hasta llegar el día en que Cristo funda una Iglesia; la Iglesia nuestra, esta muchedumbre de Catedral, todos aquellos bautizados que se reúnen hoy en torno de sus altares, es el Israel de Dios, es el nuevo pueblo que el Señor plantó. En esta Israel que se traduce al Nuevo Testamento la Iglesia de Cristo, hay dos elementos que es de mucha utilidad tenerlos muy en cuenta. El elemento humano, diríamos la tierra en que se planta la viña y segundo, como en toda viña, una cepa cristiana. La tierra en que se planta esta viña es el hombre, somos nosotros, fueron nuestros antepasados, fue Israel el descendiente de Abraham, son todos los pueblos. Dios ha creado el mundo y en el mundo ha creado al género humano, con una capacidad maravillosa para que en él se siembre esa cepa cristiana.” (San Óscar Romero, 8 de octubre de 1978)

1.   Celebración de la Palabra (Ver)

• Is 5, 1-7. La viña del Señor del universo es la casa de Israel.

• Sal 79. La viña del Señor es la casa de Israel.

• Flp 4, 6-9. Ponedlo por obra, y el Dios de la paz estará con vosotros.

• Mt 21, 33-43. Arrendará la viña a otros labradores.

¿Cómo se valora la paciencia en nuestras relaciones humanas?

2.   Catequesis (Juzgar)

I. Una parábola para una comunidad herida

Para entender esta parábola conviene mirar primero a quienes la leyeron por primera vez. San Mateo escribe, probablemente en la década de los ochenta, para una comunidad formada sobre todo por judíos que habían creído en Jesús. Jerusalén había sido destruida, la sinagoga se había reorganizado en torno a los maestros fariseos y muchas familias estaban divididas entre quienes seguían a Jesús y quienes lo rechazaban. Era una comunidad herida, que se preguntaba por su lugar en la historia de Israel. Mateo escribe para sostener su fe en medio de la prueba.

La pregunta era dolorosa: si Jesús es el Mesías prometido, ¿por qué lo rechazaron las autoridades de su propio pueblo? ¿Somos traidores a la fe de nuestros padres o sus legítimos herederos? Mateo responde con la misma Escritura que todos amaban. Recuerda el canto de la viña de Isaías (Is 5,1-7), la suerte de los profetas perseguidos (2 Cro 24,19-22) y el salmo de la piedra desechada (Sal 118,22). El rechazo no era una novedad: ya estaba en la historia de Dios con su pueblo.

Por eso Mateo sitúa la parábola en el Templo, justo después de que los sumos sacerdotes cuestionan la autoridad de Jesús (Mt 21,23). Los oyentes son los responsables religiosos de Israel, y el evangelista anota que «comprendieron que hablaba de ellos» (Mt 21,45). La viña, a diferencia de Isaías, da fruto; los culpables son los arrendatarios que quisieron quedársela. El juicio no recae sobre el pueblo sencillo, sino sobre quienes debían cuidarlo. La parábola, en sus manos, se convierte en una lectura creyente de su propia historia.

Una sentencia pronunciada por los mismos culpables

El evangelista cuida cada detalle. Los siervos llegan en grupos cada vez más numerosos, como los profetas a lo largo de los siglos. El hijo es enviado «por último», como palabra definitiva del Padre. Y los viñadores primero lo echan fuera de la viña y después lo matan (Mt 21,39), evocando al Crucificado fuera de las murallas de Jerusalén (Heb 13,12). La comunidad que leía estas líneas reconocía en ellas la pasión de su Señor. Nada de lo que sucede escapa al designio del Padre.

Luego Jesús pregunta qué hará el dueño, y los oyentes responden sin darse cuenta de que se juzgan a sí mismos (Mt 21,41). San Juan Crisóstomo percibió con agudeza esta pedagogía: «si les propuso una parábola fue porque quería que ellos mismos pronunciaran su sentencia» (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo 68, 2). Es el método de Natán con David (2 Sm 12,1-7): la Palabra pone al hombre frente al espejo para que se reconozca y se convierta.

El final da consuelo y sirve de advertencia a la vez. El Hijo rechazado es la piedra angular que Dios coloca como fundamento (Mt 21,42). Y el Reino se dará a un pueblo que produzca sus frutos (Mt 21,43). Esta frase no autoriza desprecio alguno hacia Israel, cuyos dones son irrevocables (Rom 11,29). Mateo la escribe también para los responsables de su propia comunidad: tampoco ellos son dueños de la viña. El Reino pertenece a quienes dan frutos de justicia. Así, la parábola es a la vez memoria, consuelo y llamada a la conversión.

II. La paciencia de Dios

Entre los muchos temas de esta página, uno ilumina a todos los demás: la paciencia de Dios. El propietario planta, cerca, cava y edifica; luego se marcha lejos. No vigila cada racimo con desconfianza ni arrebata la libertad de los arrendatarios. Espera el tiempo de la cosecha. Cuando envía a sus siervos y son maltratados, no manda soldados, sino más siervos. Y cuando todo parece perdido, envía a su hijo. La lógica humana se queda sin palabras ante tanta perseverancia. Quien lee con atención descubre que la protagonista secreta de la historia es la misericordia.

La tradición de la Iglesia leyó esa ausencia (el dueño de la viña no aparece actuando a cada momento) como un rasgo del corazón de Dios. San Juan Crisóstomo lo expresó diciendo: «esta ausencia significa la inmensa paciencia de Dios» (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo 68, 1). Dios no calla por indiferencia, sino por respeto. No castiga de inmediato cada pecado, porque quiere dar tiempo a la conversión. Muchas veces pensamos que está lejos, cuando en realidad está esperando. Sus silencios son, muchas veces, la forma más delicada de su amor.

Esta paciencia recorre toda la Escritura. Dios es «lento a la cólera y rico en misericordia» (Éx 34,6); no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 18,23); y san Pedro explica que, si el Señor parece tardar, es porque tiene paciencia con nosotros y no quiere que nadie se pierda (2 Pe 3,9). La historia de la viña es la historia de un amor que no se cansa de volver a llamar.

Una paciencia que nos hace pacientes

Ahora bien, la paciencia de Dios no es debilidad ni permisividad. Tiene un fin: que la viña dé fruto. Por eso no anula la responsabilidad, sino que la hace posible. El tiempo que Dios nos concede es tiempo de gracia, no de impunidad. La parábola advierte con seriedad que el rechazo continuado tiene consecuencias; pero lo hace precisamente para que nadie desprecie la oportunidad que todavía tiene entre las manos.

Cada día que amanece es una nueva ocasión de entregar los frutos. Y hay algo más hermoso todavía. La paciencia de Dios culmina en la cruz. El Hijo enviado «por último» acepta ser echado fuera y muerto, y de ese rechazo nace el edificio nuevo. Dios no responde a la violencia con violencia, sino con una entrega mayor. La piedra desechada se convierte en fundamento, y el amor rechazado se transforma en salvación para todos. Allí se revela hasta dónde llega la paciencia del Padre.

Quien contempla esta paciencia aprende a vivir de otro modo. La paciencia es fruto del Espíritu (Gál 5,22), y nace de sentirse esperado. El que sabe cuánto lo ha aguardado Dios puede aguardar a los demás; el que ha sido perdonado muchas veces puede dar tiempo a quien todavía no cambia. Así, la paciencia de Dios se vuelve en nosotros paciencia con los hermanos. Nadie da lo que no ha recibido.

III. Viñadores pacientes en lo menudo del día

La paciencia se juega primero en la casa. Un padre que quiere ver a su hijo adolescente convertido de golpe en adulto responsable termina gritando o controlando. Educar se parece más a cultivar una viña que a construir una máquina. El Papa Francisco lo dijo con claridad: «se trata de generar procesos más que de dominar espacios» (Papa Francisco, Amoris laetitia 261). Dar tiempo, acompañar, confiar, volver a hablar: así se cultiva un corazón. Los frutos del corazón, como los de la vid, necesitan estaciones.

Lo mismo vale para el matrimonio. Un esposo que no cambia sus hábitos con la rapidez esperada, una esposa que atraviesa una etapa de cansancio, un conflicto que se repite. La tentación es cerrar la puerta y dar por perdida la viña. La paciencia cristiana, en cambio, no se resigna ni se rinde: sigue enviando mensajeros de paz, busca el momento adecuado y cree que el amor todavía puede dar fruto. Una familia paciente se convierte en tierra buena para todos.

Hay gestos sencillos que ayudan. Contar hasta diez antes de responder con enojo. Esperar a la noche para hablar de un tema delicado, cuando los ánimos están tranquilos. Agradecer un pequeño avance en lugar de reprochar lo que falta. Pedir perdón por la impaciencia del día antes de dormir. Son maneras humildes de imitar al Dueño que sabe esperar. Lo pequeño, repetido con amor, termina transformando el clima de una casa.

En el trabajo, en la parroquia y con uno mismo

En el trabajo, la paciencia se vuelve respeto por los procesos de los demás: el compañero que aprende despacio, el cliente difícil, el jefe exigente. En la parroquia, significa no desanimarse con los frutos lentos de la catequesis, acompañar al que llega con muchas heridas, dar tiempo a los grupos para crecer. La viña del Señor no se cultiva con prisas ni con resultados inmediatos. Los frutos del Reino maduran a su tiempo, casi siempre en silencio.

También hay que ser paciente con uno mismo. Muchos cristianos se desaniman al confesarse siempre de los mismos pecados y terminan pensando que no tienen remedio. El Evangelio de hoy les recuerda que Dios los sigue esperando. Volver a empezar cada día, sin dramatismo y sin resignación, es la forma más concreta de acoger su paciencia. La humildad de recomenzar vale más que la ilusión de no caer nunca.

Imaginemos, para terminar, a un viñador que al amanecer recorre su viña. Algunas cepas crecen con fuerza; otras apenas brotan. No arranca las débiles ni se impacienta con las lentas: las riega, las poda, las espera. Así nos mira Dios cada mañana. Y así estamos llamados a mirar a los nuestros: con la paciencia de quien sabe que la viña es del Señor y que el fruto llegará a su tiempo.

3.   Edificación espiritual (Actuar)

¿Qué lugar ocupan en mi vida los «mensajeros» que Dios me envía para que dé fruto?

¿En qué momentos he experimentado la paciencia de Dios conmigo?

¿Con quién de mi familia o de mi comunidad necesito ser más paciente esta semana?

¿Qué gesto concreto puedo hacer para no desesperar de mí mismo cuando vuelvo a caer?

Img: Parábola de los Viñadores Perversos de Andrei N. Mironov.