Alejandría, fundada por Alejandro Magno en el delta del Nilo, fue la ciudad helénica en que se dieron cita todas las culturas del Mediterráneo: egipcias, griegas y hebreas. En ese ambiente se desarrolló una comunidad cristiana que dio como fruto el centro más floreciente del pensamiento cristiano durante el siglo III: la Escuela de Alejandría, cuyas dos grandes figuras —Clemente y Orígenes— dieron un paso decisivo, más allá de los apologistas, en la valoración positiva de la filosofía griega como preparación para el Evangelio.
«La filosofía es una preparación que pone en camino al hombre que ha de recibir la perfección por medio de Cristo.»
Clemente de Alejandría, Stromata I, 5, 28 (citado en Saranyana, p. 50)
Clemente de Alejandría: la filosofía como preparación evangélica
Tito Flavio Clemente nació hacia el año 150 de padres paganos, probablemente en Atenas. Una vez convertido, viajó por el sur de Italia, Siria y Palestina hasta conocer en Alejandría a Panteno, a quien sucedió en la dirección de la Escuela. Sus tres obras principales son el Protréptico o Exhortación a los griegos, invitación a la conversión; el Pedagogo, en el que el Logos aparece como preceptor de los conversos; y los Stromata, dedicados a las relaciones entre la religión cristiana y la ciencia secular, sobre todo la filosofía griega.
Clemente merece, según Quasten (especialista en Patrología), el título de «pionero» de la ciencia eclesiástica: se dio cuenta de que la Iglesia debía dialogar necesariamente con la filosofía y la literatura paganas si quería estar a la altura de su misión educadora. Su planteamiento fue mucho más allá que el de san Justino: mientras este había hablado de la presencia de semillas del Logos en la filosofía griega, Clemente comparó directamente esa filosofía con el Antiguo Testamento, pues había preparado a la humanidad para la venida de Cristo. Estimaba que los gérmenes de verdad divina hallables en las filosofías griegas se debían a que los griegos tomaron muchas de sus ideas de los profetas del Antiguo Testamento.
Sin embargo, Clemente tuvo sumo interés en recalcar que la filosofía nunca podría reemplazar a la Revelación divina. Los cristianos no deben temer a la filosofía, como Ulises temió a las sirenas atándose al mástil; aunque la filosofía no produce el acto de fe ni revela los misterios sobrenaturales, motiva el asentimiento fiducial y profundiza en las verdades de la fe. Con esta formulación equilibrada, Clemente demostró que la fe y la filosofía, el Evangelio y el saber profano, no se oponen sino que se complementan mutuamente.
Orígenes: exégesis, apologética e inculturación
La figura alejandrina más relevante fue Orígenes, quien a los dieciocho años estaba ya al frente de la Escuela catequética de Alejandría. A diferencia de Justino y Clemente, no había llegado al cristianismo a través de la filosofía, pues su familia ya era cristiana; comenzó a estudiar filosofía para responder a un auditorio no cristiano cada vez más numeroso, asistiendo, según Porfirio, a las clases de Amonio Sacas, el mismo maestro que formaría después a Plotino. Su obra Contra Celso es la obra maestra de la apologética cristiana antes del De civitate Dei agustiniano, una refutación sistemática del ataque pagano contra los cristianos formulado por el filósofo Celso.
Lo más importante de su producción literaria, sin embargo, está consagrado a la exégesis bíblica: puede ser justamente llamado el fundador de la ciencia escriturística, y sus Hexaplas constituyen el primer intento de establecer un texto crítico del Antiguo Testamento. Orígenes se propuso extraer todo cuanto le pareció útil de los sistemas filosóficos que conocía —estaba muy al tanto del platonismo medio y del neoplatonismo— y así, al mismo tiempo que legó al cristianismo medieval su poderosa exégesis alegórica, transmitió con ella una buena parte de las tesis de esas filosofías. Fue, por tanto, un maestro en el arte que hoy llamaríamos «inculturación».
Algunos autores posteriores, basándose en obras primerizas e inacabadas como el De principiis, le acusaron póstumamente de haber sostenido la preexistencia de las almas, la apocatástasis —la reconciliación final de todos los seres con Dios— y cierto subordinacionismo trinitario. La crítica reciente ha probado que casi todas esas acusaciones carecen de fundamento si se acude a sus obras de madurez. Como recuerda la encíclica Fides et ratio, «contra los ataques lanzados por el filósofo Celso, Orígenes asume la filosofía platónica para argumentar y responderle», siendo un ejemplo temprano y significativo de recepción crítica del pensamiento filosófico por parte de un pensador cristiano.
El legado alejandrino ante Nicea
La Escuela de Alejandría se caracterizó por sus preferencias filosóficas —optó decididamente por el sistema platónico— y por el método alegórico en la interpretación de las Sagradas Escrituras, heredado en último término de Filón de Alejandría, quien a su vez lo había recibido de la tradición judía helenizada. Este método, que Clemente y Orígenes cultivaron con gran finura literaria, tiene el riesgo de sustituir el significado histórico de la Revelación por categorías filosóficas griegas, pero también permitió a la Iglesia dialogar con altura intelectual con el mundo culto de su tiempo.
El legado de Alejandría no se limitó a sus dos grandes maestros. La breve estancia de Orígenes en Cesarea de Capadocia, donde ya había enseñado antes Clemente, habría de influir un siglo más tarde en los tres Padres Capadocios —Basilio, Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa—, defensores de la supremacía de la fe frente al racionalismo arriano que estallaría en el siglo IV. La cadena de transmisión intelectual que va de Alejandría a Capadocia ilustra bien cómo la filosofía patrística se fue construyendo por acumulación de aportaciones sucesivas, más que por rupturas.
Con Clemente y Orígenes, la filosofía patrística alcanzó su primera madurez: ya no se trataba solo de defenderse de las acusaciones paganas, como en los apologistas, ni solo de refutar el gnosticismo, como en Ireneo, sino de construir positivamente un puente entre la sabiduría griega y la Revelación cristiana. Ese puente sería decisivo para el esplendor patrístico que siguió al Concilio de Nicea, con figuras como san Gregorio de Nisa y, sobre todo, san Agustín.
Conclusión
Clemente y Orígenes representan el momento en que la filosofía patrística deja de estar meramente a la defensiva y comienza a integrar de manera constructiva el legado filosófico griego al servicio de la inteligencia de la fe. Su convicción de que la filosofía prepara para Cristo, lejos de diluir la novedad de la Revelación, permitió a la Iglesia dialogar con el mundo culto sin renunciar a su identidad. El siguiente capítulo estudia el esplendor de la patrística tras el Concilio de Nicea, centrándose en san Gregorio de Nisa, el más especulativo de los Padres Capadocios.
Apuntes de Historia de la Filosofía en base a los Manuales de EUNSA y Herder, formateados con asistencia de IA