Los Padres griegos tras Nicea: san Gregorio de Nisa y la metafísica en el dogma

A partir del Concilio Ecuménico de Nicea (325), que sancionó el dogma de la consubstancialidad del Padre y el Hijo, y en un clima de paz propiciado por Constantino, el pensamiento cristiano se orientó cada vez más hacia la fundamentación positiva y especulativa de la Revelación. Se inaugura así la Edad de Oro de la Patrística, cuyas principales figuras orientales fueron los tres Padres Capadocios y san Atanasio. Este capítulo se centra en el más especulativo de ellos, san Gregorio de Nisa, y en el desafío teológico-filosófico que supuso el arrianismo.

«Hay algo en la filosofía pagana que no debe rechazarse y que merece que nos lo apropiemos con el propósito de engendrar la virtud. En efecto, la filosofía ética y natural puede convertirse en esposa, amiga y compañera de la vida superior, con tal de que sus partos no traigan una mancha extraña.»

San Gregorio de Nisa, De vita Moysis 2 (citado en Saranyana, p. 57)

El arrianismo como racionalismo tardío

La herejía arriana debe su nombre al presbítero Arrio, con cura pastoral en Alejandría, cuyos escritos fueron condenados en el Concilio de Nicea. Sostuvo que el Verbo de Dios es un intermediario entre Dios y el mundo, anterior al tiempo pero no eterno, creado —porque todo lo que no es Dios es creado ex nihilo (de la nada)—, aunque la criatura más perfecta. Santo Tomás de Aquino resumiría siglos después la doctrina arriana en tres afirmaciones: que el Hijo de Dios es criatura, que no existe desde toda la eternidad sino que fue creado en el tiempo, y que no es de la misma naturaleza que el Padre.

Desde una perspectiva más técnica, puede afirmarse que para Arrio el Verbo se encarna asumiendo, en un hombre, la función de la razón superior o noûs, de modo que el resultante no sería ni estrictamente humano ni estrictamente divino. Arrio habría así trasladado las tesis medioplatónicas del tricotomismo antropológico a la exposición del misterio de la Encarnación, en lo que constituye una nueva forma de reducir la fe a la pura filosofía: una forma tardía del racionalismo gnóstico contra el que ya había combatido san Ireneo.

El arrianismo tuvo diversas vicisitudes durante todo el siglo IV, prolongándose en formas más o menos solapadas como el eunomianismo, que negaba la consubstancialidad entre el Padre y el Hijo apelando al concepto platónico de esencia como innascible e ingénita. Frente a este racionalismo, la generación de los Padres Capadocios —san Basilio, san Gregorio Nacianceno y san Gregorio de Nisa— desplegó todo el rigor de la especulación filosófica al servicio de la ortodoxia del concilio Niceno-constantinopolitano.

San Gregorio de Nisa: razón, fe y argumentos de conveniencia

San Gregorio de Nisa, hermano menor de san Basilio, nació hacia el 333 en una familia de sólida piedad cristiana. Fue consagrado obispo de Nisa por su hermano, tuvo una actuación destacada en el primer Concilio de Constantinopla (381), donde fue aclamado como «columna de la ortodoxia», y murió hacia el 395. Fue el temperamento más especulativo de la Escuela de Capadocia, especialmente en cuestiones de antropología y escatología, aunque siempre subordinó su cultura filosófica a su tarea de hombre de Iglesia empeñado en enseñar y conservar la fe del pueblo.

Gregorio advirtió con claridad la distinción entre el ámbito de la fe y el campo propio de la razón natural: los datos de la Revelación son aceptados por la fe y no son, por tanto, el resultado de un proceso lógico-discursivo. Sin embargo, comprendió también la importancia de la razón en la explicitación del dogma revelado: la filosofía, iluminada por la fe, podía servir para refutar errores, conmover el corazón de los indecisos y mostrar la verosimilitud de las verdades reveladas, aunque quedara reducida a una condición ancilar respecto a la Revelación.

Al aplicar la razón al misterio trinitario, Gregorio intentó ilustrar la Trinidad mediante argumentos de conveniencia tomados de las operaciones inmanentes del alma humana: si en el hombre hay un verbo o palabra interior, lo que es accidental en el hombre debe ser substancial en Dios, porque en Él no hay nada accidental; luego el Verbo de Dios debe ser uno en naturaleza con el Padre. Esta metodología de las «razones de conveniencia» adelantó en varios siglos el proceso dialéctico de las «razones necesarias» que popularizaría san Anselmo a finales del siglo XI, aunque en Gregorio se orientaba todavía fundamentalmente hacia la catequesis.

Antropología nisena y el enigma del alma

La influencia de Orígenes fue muy notable en la antropología de Gregorio, quien sostuvo, siguiendo al alejandrino, la doctrina de la apocatástasis, sin poder sustraerse por completo al influjo del neoplatonismo, que postula una forma radical del exitus-reditus de todo cuanto existe hacia el Uno. Al reflexionar sobre el origen del hombre apeló a la curiosa doctrina del «hombre ideal», previo a la diferenciación sexual, asegurando que tal distinción fue añadida por Dios en previsión del pecado original, apoyándose en el pasaje paulino: «no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús».

En el diálogo Sobre el alma y la resurrección, redactado con ocasión de la muerte de su hermana Macrina, Gregorio afronta sistemáticamente la naturaleza del alma humana. Para él está claro que el alma no es algo material: «Si se piensa que no es lo que es perceptible por los sentidos, ni color, ni figura, ni la dureza, ni la gravedad, ni la cantidad […], conoces que es algo distinto de todas estas cosas». Pero esta descripción negativa dejaba sin resolver la cuestión de su naturaleza exacta, salvo compararla a las substancias intelectuales simples, es decir, a los ángeles.

Gregorio ofreció finalmente una definición positiva: «El alma es una substancia producida, viviente, intelectual, que comunica por sí a un cuerpo orgánico y sensible, mientras sea capaz de ello la naturaleza de tal cuerpo». Aquí se detuvo, sin embargo, la especulación nicena sobre la exacta naturaleza de lo espiritual, cuestión que retomarían tantos pensadores posteriores hasta que Tomás de Aquino pudiera ofrecer, ya en pleno siglo XIII, un análisis convincente de la noción positiva de «espíritu».

Conclusión

San Gregorio de Nisa representa la cumbre especulativa de la patrística griega tras Nicea: supo aplicar con audacia la razón filosófica a la ilustración del dogma trinitario, aunque sus dudas sobre la naturaleza exacta del alma —compartidas, como veremos, por el propio san Agustín— muestran los límites de la herramienta filosófica disponible en el siglo IV. El arrianismo, por su parte, quedó definitivamente superado como una forma tardía de racionalismo gnóstico. El siguiente capítulo estudia la figura que llevaría la síntesis entre filosofía y fe a su primera gran culminación en Occidente: san Agustín de Hipona.

Apuntes de Historia de la Filosofía en base a los Manuales de EUNSA y Herder, formateados con asistencia de IA