San Agustín I: la verdad, la duda antiescéptica y la iluminación

Con san Agustín queda superada toda vacilación sobre las relaciones entre filosofía y fe, y establecidos los fundamentos de lo que se conocería como «filosofía cristiana». Nacido en Tagaste en el año 354, su itinerario intelectual —del maniqueísmo al escepticismo, del escepticismo al neoplatonismo, y de este a la fe católica— dejó una huella indeleble en toda su especulación posterior. Este capítulo estudia su formación, su teoría de la verdad, su refutación del escepticismo y su célebre doctrina de la iluminación divina.

«Tú que deseas conocerte, ¿sabes que existes? —No lo sé. —¿Eres un ser simple o compuesto? —No lo sé. —¿Sabes que te mueves? —No lo sé. —¿Sabes que piensas? —Lo sé. —Luego es verdad que piensas. —Ciertamente.»

San Agustín de Hipona, Soliloquia II, 1, I (citado en Saranyana, p. 67)

De Tagaste a Milán: un itinerario intelectual

Nació en la ciudad africana de Tagaste en el 354, de padre pagano y madre cristiana, santa Mónica. En el 373, siendo estudiante de retórica en Cartago, cayó en sus manos el Hortensius de Cicerón, hoy perdido, que despertó en él la pasión por la verdad que ya nunca le abandonaría. En ese mismo período abrazó la interpretación maniquea del mundo —forma de gnosticismo persa que postulaba dos principios supremos, uno de bien y otro de mal—, que le ofrecía una explicación tranquilizadora de la presencia del mal, eximiéndole de responsabilidad por sus propios excesos.

La mejora de su formación filosófica le llevó a abandonar el maniqueísmo, aunque cayó entonces en una especie de escepticismo similar al de los estoicos y eclécticos del Alto Imperio. Trasladado a Milán como catedrático de retórica, tuvo en sus manos las Enéadas de Plotino en versión latina de Mario Victorino, que le sacaron del escepticismo y le hicieron asimilar rápidamente el neoplatonismo. Atraído por la fama de san Ambrosio, entonces obispo de Milán, descubrió en sus sermones la interpretación católica del Antiguo Testamento y la explicación de la causa del mal en el uso depravado de la libertad.

La lectura de las epístolas de san Pablo le hizo comprender que el hombre es presa del pecado y solo puede liberarse de él por la gracia. San Agustín se convirtió a la fe cristiana tras una experiencia «mística» en Milán (386) y fue bautizado el Sábado Santo del 387, a los treinta y tres años. La mayor parte de sus obras propiamente filosóficas —Contra academicos, De vita beata, De ordine, Soliloquia— corresponden precisamente a este período de catecumenado, redactadas sobre el caudal neoplatónico que había acumulado en los años 385-386.

La búsqueda de la verdad y la refutación del escepticismo

Desde la lectura del Hortensius, san Agustín nunca abandonó su tema favorito: la búsqueda de la verdad. Pero esa verdad no se le presentaba como algo abstracto, sino realizada en el encuentro con Dios, que es la Verdad por esencia: «Buscarte no con la inteligencia […] sino con los sentidos de la carne, porque Tú estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío». El tema epistemológico fue así, para él, una cuestión a la vez intelectual y religiosa: salir en busca de la verdad era partir hacia el descubrimiento de Dios.

En su opúsculo Contra academicos, redactado en noviembre del 386, reduce el problema a dos cuestiones: si la verdad existe, y si es posible encontrarla. Contra la evidencia de la realidad del universo sensible, no hay escepticismo que valga: los sentidos pueden engañarnos sobre la naturaleza de las cosas que vemos, pero no sobre la existencia de ellas. Pero, en última instancia, aunque se dudase de la existencia del mundo exterior, no podría negarse la propia existencia sin atentar contra el principio de no contradicción, como expone en los célebres Soliloquia citados al inicio de este capítulo.

La expresión más acabada de esta duda antiescéptica es el si fallor, sum: «si soy capaz de equivocarme, si me equivoco, es que existo» —«si non esses, falli omnino non posses». Conviene notar que, a diferencia de Descartes, que cuestiona la existencia del mundo para recuperarla por la vía del pensamiento (cogito, ergo sum), Agustín parte de la realidad extramental para mostrar que su negación, llevada al extremo del yo pensante, sería un absurdo (podría formularse como sum, ergo cogito). Hay coincidencia de método, pero los propósitos y puntos de partida son radicalmente distintos.

La doctrina de la iluminación

San Agustín distinguió tres niveles de conocimiento: en el más bajo se sitúa la sensación, común al hombre y a los animales; en el más alto, propio del hombre, la contemplación de las cosas eternas —la «sabiduría»— por la sola mente; y entre ambos, una especie intermedia en que la mente juzga los objetos corpóreos de acuerdo con modelos eternos e incorpóreos. Las verdades eternas —como las matemáticas, o las ideas de bien, justicia y belleza— se hacen «visibles» a la inteligencia por medio de una luz divina que, procediendo de Dios, capacita a la mente para ver la inmutabilidad y necesidad de esas ideas.

Esta luz no es, como se ha dicho a veces erróneamente, el intelecto agente aristotélico —lo que habría convertido a Agustín en precursor de la doctrina árabe del intelecto agente separado—; tampoco es el concurso ordinario de Dios ni la gracia sobrenatural; ni consiste en ver las ideas en la esencia divina, pues Agustín era consciente de que esta no puede contemplarse en el estado de viador. Se trata de una luz incorpórea especial que proviene de Dios y que hace visibles las realidades incorpóreas en las que se conocen las corpóreas, tal como el sol ilumina las cosas visibles.

La dificultad principal de esta doctrina, como ha señalado Gilson, está en que esa luz divina increada entra en contacto con un alma creada y produce en ella un conocimiento creado, sin que las relaciones entre lo increado y lo creado queden claramente resueltas. Pero para un teólogo que parte de la fe como Agustín, la iluminación no abre la puerta al escepticismo, sino todo lo contrario: es la garantía misma de la verdad de nuestro conocimiento, pues no tiene sentido pensar que Dios, que nos creó necesitados de su luz para conocer, nos vaya a engañar.

Conclusión

La teoría de la verdad agustiniana constituye la primera gran síntesis occidental entre la búsqueda filosófica y la experiencia religiosa: el itinerario intelectual del propio Agustín —del escepticismo a la certeza, de la duda a la iluminación— se convierte en el paradigma de toda una tradición de pensamiento cristiano. El siguiente capítulo completa el estudio de san Agustín con su teología natural, su cosmología de las razones seminales, su antropología y su gran síntesis histórica: la doctrina de las dos ciudades.Apuntes de Historia de la Filosofía en base a los Manuales de EUNSA y Herder, formateados con asistencia de