Entre el esplendor de la patrística y el nacimiento de la Edad Media propiamente dicha se extiende un período de transición, caracterizado por el derrumbamiento del Imperio Romano de Occidente y la necesidad de transmitir, en condiciones cada vez más precarias, el legado clásico y patrístico a los pueblos germánicos. Este capítulo estudia a los grandes transmisores de ese legado: el misterioso Pseudo-Dionisio Areopagita, Severino Boecio —«nuestro sumo filósofo», como lo llamarían los medievales—, Casiodoro, Isidoro de Sevilla y Juan Damasceno.
«Amar y buscar a Dios requiere conocer unos entes y practicar unos actos. Así, pues, habrá que distinguir entre el estudio teórico de los seres, propio de la filosofía teorética o especulativa, y la consideración del obrar humano, objeto de la filosofía práctica o activa.»
Severino Boecio, In Porphyrium dialogi I (citado en Saranyana, p. 98)
El Pseudo-Dionisio Areopagita: las tres vías y la jerarquía de los seres
A comienzos del siglo VI aparece un corpus de escritos —De divinis nominibus, De coelesti hierarchia, De ecclesiastica hierarchia, De mystica theologia y diez cartas— atribuido a Dionisio Areopagita, el ateniense convertido por san Pablo según los Hechos de los Apóstoles. La crítica moderna ha establecido que se trata de un autor de finales del siglo V o comienzos del VI, profundamente influido por el neoplatonismo de Proclo, que ocultó su identidad bajo ese nombre venerable, ganando con ello una autoridad casi apostólica que marcaría toda la teología mística medieval, tanto oriental como occidental.
Su doctrina del conocimiento de Dios distingue tres vías: la vía afirmativa o catafática, que atribuye a Dios las perfecciones creadas elevándolas a su grado supremo; la vía negativa o apofática, que niega de Dios toda determinación creada por ser Él superior a cualquier concepto humano; y la vía eminente, que corona las dos anteriores afirmando que Dios posee esas perfecciones de un modo que trasciende infinitamente nuestra comprensión. Esta triple vía, de raíz neoplatónica pero reelaborada cristianamente, ejercería una influencia inmensa sobre toda la teología negativa medieval, desde Escoto Eriúgena hasta los místicos renanos del siglo XIV.
El Pseudo-Dionisio desarrolló también una detallada jerarquía de los seres, celestiales y eclesiásticos, organizados en tríadas concéntricas que descienden desde Dios hasta el último de los seres creados, cada uno recibiendo la iluminación divina y transmitiéndola al inferior. Esta visión jerárquica y emanatista del universo, aunque corregida por la doctrina cristiana de la creación libre a partir de la nada, proporcionó a la Edad Media un vocabulario y una imaginación cosmológica de honda raíz neoplatónica que perduraría, con distintas modulaciones, hasta el final del período medieval.
Severino Boecio: el último romano y el primer medieval
Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio, de la antigua familia romana de los Anicios, nació hacia el 475. Ocupó altas magistraturas bajo el reinado del ostrogodo Teodorico, siendo cónsul en 510-511, hasta que el rey, dando crédito a ciertas intrigas políticas, le hizo decapitar tras un largo cautiverio en Pavía, en el 524. Concibió el plan de verter al latín los escritos de Platón y Aristóteles y demostrar su concordancia esencial, pero solo pudo completar una parte mínima del proyecto: una traducción comentada de las Categorías, dos comentarios al Peri hermeneias, y su traducción del Isagogé de Porfirio.
Su clasificación de las ciencias, expuesta en el In Porphyrium dialogi, distinguía la filosofía teórica —que a su vez comprende la teología, dedicada a los entes sin materia como Dios y los ángeles; la psicología, dedicada a las almas caídas en los cuerpos; y la física o fisiología, dedicada a los cuerpos naturales, estudiados en las cuatro disciplinas del quadrivium— de la filosofía práctica, dividida en ética individual, política social y economía doméstica. Esta jerarquización de las ciencias se haría universal en la Alta Escolástica.
Boecio dejó planteado, al traducir el Isagogé de Porfirio, el problema de los universales que ocuparía a toda la filosofía medieval: si los géneros y las especies subsisten en sí mismos o son solo concepciones del espíritu; si son corpóreos o incorpóreos; y si existen separados de los sensibles o en ellos. En su período aristotélico se inclinó por la solución de que los universales solo subsisten en las cosas sensibles, aunque al final de su vida, en la Consolación de la filosofía —escrita en prisión mientras esperaba la muerte—, se decantó hacia el más puro platonismo, contribuyendo así a oscurecer la discusión posterior sobre este problema capital.
Casiodoro, Isidoro de Sevilla y Juan Damasceno
Flavio Aurelio Casiodoro, contemporáneo y colega de Boecio en la corte ostrogoda, tuvo el mérito de fundar, tras retirarse de la vida política, el monasterio de Vivarium, en el sur de Italia, donde organizó un ambicioso programa de copia y conservación de manuscritos antiguos, tanto sagrados como profanos. Sus Institutiones divinarum et saecularium litterarum sistematizaron el programa educativo del trivium y el quadrivium que Boecio había teorizado, convirtiéndose en el manual de referencia para la instrucción monástica durante siglos.
San Isidoro de Sevilla, obispo entre 600 y 636, compuso las Etymologiae, una vasta enciclopedia del saber antiguo organizada según la etimología de los términos, que se convirtió en el libro de consulta más difundido de toda la Alta Edad Media. Aunque su valor filosófico propiamente dicho es modesto —se trata más bien de una compilación erudita que de una especulación original—, su función histórica fue decisiva: gracias a Isidoro, buena parte del vocabulario técnico de la filosofía y las ciencias antiguas llegó, aunque simplificado, hasta los siglos posteriores, cuando ya se habían perdido muchas de las fuentes originales.
En el extremo oriental del antiguo Imperio, san Juan Damasceno (ca. 650-749) compuso su Fuente del conocimiento, cuya primera parte, los Capítulos filosóficos o Dialéctica, ofrece un compendio de la lógica aristotélica al servicio de la exposición sistemática de la fe que desarrollará en la segunda parte, la Exposición exacta de la fe ortodoxa. Esta obra, verdadera «suma teológica» avant la lettre, sería traducida al latín en el siglo XII y ejercería una influencia notable sobre los grandes sistematizadores escolásticos del siglo XIII, entre ellos el propio santo Tomás de Aquino.
Conclusión
Estos transmisores del período de transición —el Pseudo-Dionisio con su teología mística y su triple vía, Boecio con su clasificación de las ciencias y el legado del problema de los universales, Casiodoro e Isidoro con su labor compiladora, Juan Damasceno con su síntesis dialéctico-teológica en Oriente— hicieron posible que el legado clásico y patrístico sobreviviera a la desaparición del mundo romano de Occidente. Sin su trabajo, en condiciones frecuentemente adversas, el renacimiento carolingio que estudia el siguiente capítulo no habría tenido materiales sobre los que edificar.
Apuntes de Historia de la Filosofía en base a los Manuales de EUNSA y Herder, formateados con asistencia de IA