Festín de bodas

Catequesis Pequeñas Comunidades y Comunidades Eclesiales de Base

Fecha: 11/10/2026

Frase: “Queridos hermanos, esta es la lección preciosa del festín de Dios con los hombres. ¿Quiénes son los llamados?, nos termina diciendo el Evangelio. ¡muchos son los llamados! Todos, todos los pueblos. Para Dios no hay categorías ni para la Iglesia hay distinciones. Por eso choca la Iglesia, porque es el mundo el que quiere mantener distinciones. Y la iglesia sabe que no hay más que una categoría: los justos. Los que cumplen el Evangelio. Los que entran al festín de Dios con vestido de fiesta, con conversión de corazón, por eso son llamados al festín de Dios muchos que no pueden entrar todavía.” (San Óscar Romero, 15 de octubre de 1978)

1.   Celebración de la Palabra (Ver)

• Is 25, 6-10a. Preparará el Señor un festín, y enjugará las lágrimas de todos los rostros.

• Sal 22. Habitaré en la casa del Señor por años sin término.

• Flp 4, 12-14. 19-20. Todo lo puedo en aquel que me conforta.

• Mt 22, 1-14. A todos los que encontréis, llamadlos a la boda.

¿Cómo se ve en nuestro entorno el hecho de que alguien invite a otro a la parroquia/comunidad/Misa?

2.   Catequesis (Juzgar)

I. Una boda, cuando la sala se llena de desconocidos

La comunidad para la que escribe san Mateo tenía raíces judías, pero veía entrar cada vez más paganos (Mt 8,11; 28,19). Para muchos judeocristianos no era fácil compartir la mesa con quienes no guardaban la Ley ni tenían un pasado religioso. Se preguntaban con qué derecho se sentaban en el banquete del Mesías los que llegaban otros caminos. A esa inquietud responde esta parábola, la tercera que Jesús dirige en el Templo a los sumos sacerdotes y a los ancianos. La Palabra ilumina así una tensión muy real de la Iglesia primitiva.

San Lucas narra una historia parecida, en la que un hombre ofrece una gran cena (Lc 14,16-24). San Mateo la transforma: el anfitrión es un rey y la cena es el banquete de bodas de su hijo. Así el relato se vuelve mesiánico. El Rey es el Padre, el Esposo es Cristo y la fiesta es el Reino anunciado por los profetas (Is 25,6-8). San Gregorio Magno notó la diferencia con precisión: «aquí en las bodas está significada la Iglesia presente, y allí en la cena está significado el último y eterno banquete» (San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios 38, 1). San Mateo quiere que se vea en la parábola la historia de la salvación completa.

Los primeros invitados rechazan la llamada. Unos se van «a su campo» y otros «a su negocio» (Mt 22,5); otros maltratan y matan a los mensajeros, y el rey incendia su ciudad (Mt 22,7). La comunidad de Mateo leía en este detalle la tragedia del año 70. Entonces el rey envía a sus siervos a los cruces de los caminos, y la sala se llena de «malos y buenos» (Mt 22,10). Los recién llegados no son intrusos: son invitados del Rey. Dios no tiene invitados de segunda categoría.

Entrar no basta

Pero la comunidad tenía otro problema: algunos bautizados se sentían seguros por el solo hecho de estar dentro. Mateo, que insiste en hacer la voluntad del Padre (Mt 7,21) y en una justicia mayor que la de los fariseos (Mt 5,20), añade la escena del traje de fiesta. El rey entra y encuentra a un hombre sin él. Si todos venían de la calle, el traje no depende del dinero, sino de una disposición del corazón. La salvación es un regalo, pero no una licencia para la indiferencia.

El rey lo llama «amigo» (Mt 22,12), la misma palabra que Jesús dirige a Judas en Getsemaní (Mt 26,50). No quiere humillarlo; le ofrece la ocasión de responder. Pero el hombre «se quedó callado». Es expulsado a las tinieblas, lejos de la sala iluminada, porque había entrado sin dejarse transformar por la invitación. Todavía podía hablar, pero eligió el silencio.

La frase final —«muchos son los llamados, pero pocos los escogidos» (Mt 22,14)— no es una estadística. En el lenguaje semítico, «muchos» equivale a «todos»: la llamada es universal. Así, Mateo dice dos cosas a su comunidad. A los judeocristianos: no cierren la puerta a nadie, porque el Rey llama a todos. Y a todos los que ya están dentro: no se duerman, porque la invitación pide una respuesta. Estar en la sala es una gracia; permanecer en la fiesta es una respuesta.

II. La caridad, traje de fiesta

El vestido que nadie puede comprar

Esta parábola abre muchos temas: la gratuidad del Reino, la Iglesia en salida, la Eucaristía. Uno, sin embargo, está en su centro: el traje de fiesta. ¿Qué es? Los Padres de la Iglesia respondieron con una sola palabra: la caridad. No puede ser el bautismo ni la fe, porque sin ellos nadie entra en la sala. Lo que falta al hombre de la parábola es el amor que da vida a la fe y la hace fecunda. Sin él, todo lo demás pierde su sentido.

San Agustín, comentando el himno de la caridad de san Pablo (1 Co 13,1-3), explicó que la profecía, la ciencia y los milagros no bastan sin amor, y lo resumió con una frase precisa: «No es que estas cosas sean nada; soy yo quien, aunque tenga tales cosas, si no tengo amor, nada soy» (San Agustín, Sermón 90, 6). El traje no es un adorno exterior. Es el amor que transforma a la persona desde dentro. Esta es la verdad que Mateo quería grabar en el corazón de su comunidad.

Por eso el traje nupcial es la caridad. Con amor vino el Hijo a desposarse con la humanidad, y con amor se participa de su boda. San Pablo lo confirma: la fe que salva es la fe que actúa por la caridad (Gál 5,6), y por encima de todo hay que revestirse del amor, que es el vínculo de la perfección (Col 3,14). La caridad es, en definitiva, la forma de todas las virtudes.

Primero el regalo, después la respuesta

Ahora bien, la caridad no es un mérito que se compra para entrar. Primero está la invitación gratuita; después, la respuesta. En el bautismo fuimos revestidos de Cristo (Gál 3,27), y ese amor recibido pide crecer. La exigencia del traje no es moralismo, sino la consecuencia natural de haber comprendido que fuimos invitados por amor. Quien se sabe amado se viste de fiesta. Dios no pide lo que antes no ha dado.

De ahí que la caridad sea, a la vez, don y tarea. Es don, porque la derrama el Espíritu Santo en nuestros corazones (Rom 5,5). Es tarea, porque se cuida, se ejercita y se renueva cada día. Un amor que no se cultiva se desgasta como una prenda olvidada. Un amor que se entrega se vuelve cada vez más luminoso. Así el traje de fiesta se vuelve cada vez más semejante al de Cristo.

Se puede estar en la sala sin estar en la fiesta. Se puede frecuentar la parroquia sin dejarse tocar, ocupar un cargo durante años sin que el corazón se vista de amor. La antigüedad en la Iglesia no sustituye la caridad. La pregunta del rey, sin embargo, es una oportunidad: todavía es posible pedir el traje y dejarse vestir por Cristo. Basta pedirlo con humildad para volver a entrar en la alegría.

III. Vestirse de fiesta en lo cotidiano

El amor que se viste en casa

La caridad se viste primero en casa. Muchos matrimonios no se rompen por grandes traiciones, sino porque un día dejaron de vestirse de fiesta el uno para el otro. Vestirse de fiesta es saludar con alegría al llegar, agradecer la comida preparada, preguntar cómo fue el día y escuchar la respuesta, pedir perdón a tiempo. Son gestos pequeños que mantienen viva la boda. Una casa donde se ama así es ya una pequeña sala de bodas.

Con los hijos, la caridad toma la forma de la paciencia y la presencia. Dejar el celular cuando el niño quiere contar algo, acompañar una tarea escolar sin prisa, corregir sin humillar. Con los padres ancianos, se viste de ternura: una visita frecuente, una llamada, escuchar por enésima vez la misma historia. Nadie ve estos gestos, pero el Rey sí los ve. La caridad crece en lo escondido.

Un antiguo comentarista, Apolinar de Laodicea, recordaba que la gracia llega también a los marginados, a condición de que respondan, «si es que, verdaderamente, escuchan la llamada a hacer el bien y se han revestido del hombre nuevo» (Apolinar de Laodicea, Fragmentos sobre el Evangelio de Mateo 111). Revestirse del hombre nuevo es, en casa, elegir cada día el bien del otro antes que la propia comodidad. Esa es la caridad que convierte lo cotidiano en fiesta.

El amor que sale a los caminos

En el trabajo, la caridad se viste de honradez y amabilidad: saludar al vigilante, no hablar mal del compañero ausente, ayudar al que se equivoca. En la parroquia, significa acoger al que llega por primera vez, no mirar con sospecha al que viene de lejos, sentarse junto al que está solo. Así la comunidad se parece a la sala de bodas y no a un club cerrado. La Iglesia se reconoce por el amor, no por la etiqueta.

Casi todas las familias tienen a alguien en los cruces de los caminos: el hijo alejado de la fe, la hermana que se siente juzgada, el viudo que dejó de ir a Misa. Vestirse de caridad es invitarlos sin presionar, con una llamada, una visita o una silla preparada en la mesa del domingo. Una invitación hecha con cariño puede ser el comienzo de un regreso.

Imaginemos, para terminar, la sala de la parábola llena de gente sencilla, con historias difíciles y rostros cansados, que se reconoce por un solo detalle: todos van vestidos del amor que recibieron. Así puede ser cada hogar y cada comunidad cristiana. No una casa de perfectos, sino una mesa abierta donde cada uno aprende a amar. Esa es la fiesta que Dios nunca cancela.

3. Edificación espiritual (Actuar)

¿Me siento seguro solo por «estar dentro» de la Iglesia, o dejo que la invitación de Dios me transforme?

¿Qué gestos concretos de caridad he descuidado en mi casa?

¿Cómo puedo vestirme de fiesta para mi esposo, mi esposa, mis hijos o mis padres esta semana?

¿A quién que está en los cruces de los caminos puedo invitar a la mesa del Señor?

Img: Detalle de un fresco que representa la parábola del Banquete de Bodas en la abadía de Aldersbach en Baviera