Los sofistas y Sócrates: el giro antropológico

A mediados del siglo V a.C., la filosofía griega experimenta un cambio de orientación fundamental. El problema del cosmos pasa a un segundo plano y el hombre se convierte en el centro de la especulación. Este giro es obra en primer lugar de los sofistas y, en una dirección muy diferente, de Sócrates. Ambos comparten el nuevo interés por la ética, la política y la educación; difieren radicalmente en sus premisas y sus conclusiones. Comprender la sofística y el pensamiento de Sócrates es comprender el punto de partida de la filosofía de Platón.

Los sofistas: Protágoras y Gorgias

El término sofista tuvo originalmente un sentido positivo: significaba sabio, representante de una ciencia o arte. Es en Atenas donde la palabra adquiere el significado negativo que perdura, desde Sócrates y especialmente con Platón y Aristóteles, que caracterizarán la sofística como «una sabiduría aparente». Sin embargo, la sofística fue un fenómeno positivo: sin ella serían impensables Sócrates y Platón. Los sofistas inauguraron la época humanista de la filosofía griega, centraron el interés en el hombre y todo lo que le atañe —ética, religión, política, retórica— y crearon las condiciones culturales para la aparición de la gran filosofía clásica.

Protágoras de Abdera (ca. 484 – ca. 411 a.C.), el más famoso de los sofistas, formuló el principio que resume mejor la orientación de toda la corriente: «El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son, de las que no son en cuanto no son» (DK 80 B 1). Este relativismo gnoseológico —cada hombre tiene su propia verdad según sus percepciones— descansa en la aceptación del movilismo heraclíteo. Si todo cambia, si los sentidos perciben las cosas de modo diferente según las circunstancias, no puede haber una verdad objetiva igual para todos. El resultado es que el sabio no es quien conoce la verdad, sino quien sabe hacer prevalecer la opinión más útil. Consecuencias inevitables: un relativismo ético y un agnosticismo teológico —»de los dioses no tengo posibilidad de afirmar ni que existan ni que no existan».

Gorgias de Sicilia (ca. 483 – ca. 375 a.C.) llevó el escepticismo sofístico a sus últimas consecuencias con tres tesis radicales: nada existe; si algo existe, no puede ser conocido; si puede ser conocido, no puede ser comunicado. La destrucción ontológica que Gorgias opera libera a la palabra de toda obligación con la realidad: si las palabras no expresan una verdad objetiva, pueden usarse libremente para persuadir. La retórica —el arte de persuadir con la palabra— se convierte así en la ciencia suprema. Esta conclusión tendrá consecuencias políticas: en la democracia ateniense, quien domina la palabra domina la ciudad.

La cuestión socrática y la ética socrática

Sócrates (470-399 a.C.) comparte con los sofistas el rechazo de la investigación naturalista y el interés por el hombre, pero se opone a ellos en todo lo demás. No escribió nada; la reconstrucción de su pensamiento depende de testimonios diversos y parcialmente contradictorios —Aristófanes, Platón, Jenofonte, Aristóteles, los socráticos menores— que deben confrontarse con prudencia crítica. Esta es la «cuestión socrática»: determinar qué hay de históricamente auténtico en la figura de Sócrates más allá de sus interpretaciones.

La novedad principal de Sócrates, según los estudios modernos, está en su concepción del alma como centro de la personalidad moral. Esta es la respuesta socrática a los sofistas: si el hombre es la medida de todas las cosas, la medida del hombre es su alma, y el alma tiene una naturaleza objetiva que puede y debe conocerse. De ahí su incansable actividad educadora: no pretendía enseñar conocimientos sino llevar a sus interlocutores al autoconocimiento, al cuidado del alma. «Hombre de Atenas, ¿no te avergüenzas de afanarte por aumentar tus riquezas y tu fama, y en cambio no cuidarte ni inquietarte por la sabiduría y la verdad, y por que tu alma sea lo mejor posible?» (Platón, Apología 29d).

La virtud socrática se identifica con la ciencia: la virtud es conocimiento del bien y la ignorancia es la causa del mal moral. Este intelectualismo ha sido objeto de criticas desde la antigüedad. Sin embargo, puede suavizarse: cuando Sócrates habla de ciencia como virtud no entiende cualquier tipo de conocimiento sino el más alto, el de lo que el hombre es en sí mismo y de lo que le es verdaderamente bueno. Conocer el bien no es simplemente saber su definición sino poseerlo de un modo que transforma la vida entera. En su religiosidad, Sócrates reconocía la presencia de un daimónion (δαιμόνιον) —una voz divina que lo apartaba de ciertas acciones— y concebía a Dios como Inteligencia ordenadora del universo, capaz de providencia.

El método socrático: ironía y mayéutica

El método de Sócrates se distingue radicalmente del de los sofistas. Donde los sofistas pronunciaban largos discursos poniendo en juego toda la técnica retórica, Sócrates se vale del diálogo: preguntas y respuestas en una búsqueda común de la verdad. El interlocutor es llevado, inevitablemente, a dar razón de sí mismo y de su vida. «Cualquiera que esté cercano a él y se ponga con él a razonar, sea cual sea el tema que uno quiera tratar, se ve forzado a dejarse llevar por el hilo de la conversación a una serie de explicaciones sobre sí mismo, y a decir en qué modo vive y ha vivido» (Platón, Laques 187d).

La ironía es la parte negativa del método socrático: el «solo sé que no sé nada» que Sócrates proclama no es solo modestia fingida sino convicción profunda de que toda sabiduría humana es pequeña en comparación con el saber divino. La ironía le permite desenmascarar la aparente sabiduría de sus interlocutores, mostrar que lo que creían saber no lo saben realmente. A ella sigue la mayéutica (μαιευτική), el arte que Sócrates compara con el oficio de su madre comadrona: no engendrar la verdad —pues él afirma carecer de sabiduría propia— sino ayudar a que el otro dé a luz las verdades que el alma ya encierra en sí misma.

La muerte de Sócrates, condenado por impiedad y corrupción de la juventud en el año 399 a.C., fue el evento que marcó decisivamente la vida y el pensamiento de Platón. Lo que Sócrates no consiguió demostrar —la naturaleza del alma, el fundamento metafísico de la virtud, la existencia de un Dios providente— Platón lo intentará con toda la fuerza de su genio filosófico. Los discípulos menores de Sócrates —Antístenes, Aristipo, Euclides de Megara, Fedón— fundaron escuelas que desarrollaron de modo parcial algún aspecto del pensamiento del maestro. Platón fue el único que lo asumió en toda su profundidad y lo elevó a una síntesis filosófica de alcance universal.

Conclusión

Los sofistas y Sócrates plantean el problema del hombre con radicalidad nueva: ¿qué es el hombre? ¿qué es el bien? ¿qué debe hacer el hombre para ser feliz? Los sofistas respondieron con el relativismo: el hombre es la medida de todas las cosas, no hay verdad objetiva, la virtud es poder. Sócrates respondió con la certeza de que el alma tiene una naturaleza objetiva que puede y debe conocerse, y que el bien es uno aunque su conocimiento sea difícil. Esta confrontación, resuelta filosóficamente por Platón y Aristóteles, es el nudo de toda la ética filosófica occidental. El siguiente capítulo inicia el estudio del platonismo con el itinerario intelectual de Platón y su gran descubrimiento: la realidad de las Ideas.

Apuntes de Historia de la Filosofía en base a los Manuales de EUNSA y Herder, formateados con asistencia de IA