Después de Plotino, el neoplatonismo se diversificó en varias escuelas con orientaciones distintas. Porfirio y Proclo son sus representantes más significativos. El capítulo estudia ambos pensadores, presenta el cierre histórico de la filosofía antigua con el edicto de Justiniano del año 529, y ofrece un balance final de la filosofía griega: sus grandes logros, sus limitaciones constitutivas y su herencia para el pensamiento cristiano medieval y moderno. Este balance no es un juicio externo sino la síntesis de lo que los propios manuales de Yarza y Grenet ofrecen como conclusión.
Porfirio y Proclo: dos tendencias del neoplatonismo tardío
Porfirio de Tiro (ca. 233-305 d.C.) fue discípulo y biógrafo de Plotino, y editó sus tratados en las Enéadas. Su filosofía sigue las líneas del maestro pero con una doble originalidad. En metafísica, introdujo en cada hipóstasis tres elementos —subsistencia, vida e inteligencia— que solo se distinguen por el predominio de uno de ellos: el Uno es sobre todo subsistencia, el Nous es sobre todo inteligencia, el Alma es sobre todo vida. Este esquema triádico dentro de cada hipóstasis amplía y complejiza la arquitectura plotiniana.
El escrito más influyente de Porfirio no es, sin embargo, un tratado metafísico sino el «Isagogé» —introducción a las Categorías de Aristóteles— en el que plantea la cuestión de los universales con una formulación que marcará toda la filosofía medieval: «Por lo que respecta a los géneros y las especies, sobre la cuestión si son entidades existentes en sí o si son simples concepciones puestas en la mente, y, admitido que sean entidades existentes, si son corpóreas o incorpóreas, y si por último son separadas o existen en las cosas sensibles… me abstendré de hablar» (Isagogé I). La abstención de Porfirio fue el punto de partida de la querella de los universales, uno de los debates más fecundos de la escolástica medieval.
Proclo de Licia (ca. 410-485 d.C.) fue el principal filósofo de la escuela platónica de Atenas, la última gran escuela del paganismo. Su Elementatio Theologica y su Teología platónica son las obras más sistemáticas del neoplatonismo. Proclo multiplicó las hipóstasis plotinianas introduciendo las Enadas —realidades que participan del Uno pero son anteriores al Ser, la Vida y el Pensamiento— y elaboró con gran precisión las leyes de la procesión: permanencia del principio superior en sí mismo, procesión de lo inferior desde él, y conversión o retorno de lo inferior hacia la causa. Este esquema triádico —permanencia, procesión, conversión— fue recogido por el pensamiento cristiano medieval, especialmente a través del Liber de Causis, resumen de la Elementatio que santo Tomás de Aquino comentó.
El cierre de la filosofía antigua
La fecha oficial que marca el final de la filosofía griega pagana es el año 529 d.C., en que el emperador Justiniano prohibió a los paganos todo oficio público y, en consecuencia, las escuelas de enseñanza pagana. La escuela platónica de Atenas —heredera directa de la Academia de Platón— fue cerrada. Sus últimos miembros —entre ellos Damascio y Simplicio— emigraron a Persia, donde encontraron la protección del rey sasánida Cosroes I. Más tarde pudieron regresar al Imperio, pero ya sin escuela y sin influencia pública.
El edicto de Justiniano no hizo sino acelerar jurídicamente una realidad producida por toda una serie de sucesos precedentes. El más importante, sin duda, fue el advenimiento y la difusión del mensaje cristiano. La riqueza y profundidad de la nueva doctrina presentaba ante el mundo pagano la verdadera respuesta a las exigencias de saber y de reforma moral que los griegos habían experimentado sin llegar nunca a resolver con eficacia. El neoplatonismo, con su horizonte de unión con el principio absoluto, respondía a las más profundas necesidades espirituales del hombre tardoantiguo; pero lo hacía con los medios limitados de la sola razón, sin la ayuda de la revelación ni de la gracia.
La filosofía griega, sin embargo, no desapareció en el 529. A través de los neoplatónicos latinos —Calcidio, Mario Victorino, Macrobio, Boecio— tendió el puente de unión entre la Antigüedad y el Medioevo. Boecio (ca. 480-525), pensador cristiano y hombre de estado romano, tradujo y comentó los escritos lógicos de Aristóteles y el Isagogé de Porfirio, transmitiendo a los medievales los instrumentos de la lógica aristotélica. La filosofía medieval tomará de la tradición griega sus conceptos fundamentales —ser, sustancia, forma, materia, causa, bien— y los reelaborará a la luz de la Revelación cristiana, produciendo una síntesis nueva y original de la que la escolástica es el más alto exponente.
Balance final de la filosofía griega
La filosofía antigua de Occidente, en palabras de Grenet, «no debe nada esencial a los romanos. Lo debe todo a los griegos». A los griegos debe la filosofía occidental su estructura fundamental: la distinción entre lógica, física y ética como partes del saber filosófico; los conceptos metafísicos fundamentales de ser, sustancia, forma, materia, potencia y acto; la lógica formal que Aristóteles creó y que domina el pensamiento hasta hoy; la ética fundada en la naturaleza racional del hombre; la pregunta por el principio primero como núcleo de la teología natural. Todo el pensamiento posterior —medieval, moderno, contemporáneo— es impensable sin estos logros.
Las grandes preguntas filosóficas reciben en la tradición griega respuestas de valor permanente. El problema del ser recibe con Aristóteles la doctrina de la analogía del ser y la distinción entre acto y potencia. El problema del conocimiento recibe con Platón la distinción entre opinión y ciencia, y con Aristóteles la doctrina de la abstracción. El problema del bien moral recibe con Sócrates la primacía del alma y la virtud como excelencia del alma; con Aristóteles la teoría de la virtud como justo medio y la felicidad como actividad conforme a la virtud; con los estoicos la ley natural como fundamento del orden moral. Estas respuestas no son dogmas intocables pero sí puntos de referencia de primer orden para toda reflexión ética posterior.
Las limitaciones de la filosofía griega son también constitutivas y reveladoras. La razón griega, aun alcanzando la intuición del Primer Principio y de la trascendencia de lo inteligible, no llegó a la noción de creación ex nihilo —que exige la revelación—; no pudo fundar una doctrina sólida de la inmortalidad personal del alma —siempre amenazada por el dualismo o el materialismo—; y no pudo superar la dificultad de conciliar el determinismo de la necesidad metafísica con la libertad y la responsabilidad morales. La filosofía medieval, en diálogo con la Revelación cristiana, encontrará en la noción de creación ex nihilo, en la doctrina de la persona y en la distinción entre naturaleza y gracia los instrumentos para ir más allá.
Conclusión
El recorrido de diecisiete capítulos traza el arco completo de la filosofía antigua: desde Tales, que preguntó «¿de qué está hecho todo?», hasta Proclo, que preguntó «¿cómo retorna todo a su principio?». Entre estos dos extremos, la filosofía griega desplegó un universo de conceptos, distinciones y argumentos que constituyen el primer gran patrimonio del pensamiento racional de la humanidad. Sus logros son reales y duraderos; sus límites son igualmente reales y prefiguran la necesidad de una palabra que la razón sola no puede pronunciar. La historia de la filosofía antigua termina, así, abierta hacia el horizonte que el pensamiento cristiano medieval comenzará a explorar.
Apuntes de Historia de la Filosofía en base a los Manuales de EUNSA y Herder, formateados con asistencia de IA